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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

Naces, creces, te casas…

Pero….¿y si no fuera así?
¿Y si una chica creciera igual que ellos, con el matrimonio como una idea abstracta y de futuro, algo sobre lo que pensar cuando sea adulta, qué podría hacer o no hacer?
¿Qué pasaría?

Esta sucesión de preguntas las formula la periodista americana, Kate Bolick, en el libro ‘Solterona, La construcción de una vida propia’, que la editorial Malpaso ha tenido el acierto de editar. De manera sutil y directa al mismo tiempo, Bolick nos lleva de la mano, mezclando su vida personal con reflexiones teóricas, datos y estadísticas. El resultado es un ensayo muy ameno de leer, en el que la tesis central se desprende de esa pregunta: Naces, creces, te casas, ¿y si no fuera así?.

Pues de eso se trata, de que no sea así, o que al menos no siga siendo como fue.

Lo cierto es que la tendencia a la soltería es creciente. En EEUU, nos recuerda la autora, el 53% de las mujeres están solteras. El libro es una joya del feminismo activo con mucha más solidez de lo que aparenta en un principio. Acostumbrados a la narrativa académica, plúmbea y aburrida, firmada por muchos sociólogos e intelectuales, la prosa fresca y ágil de esta periodista demuestra que se puede escribir un ensayo con una prosa amena y desenfadada y no por eso pecar de frivolidad o de falta de rigor.

“Con quién casarse y cuándo, estas dos preguntas definen la existencia de toda mujer, con independencia de dónde se haya criado o de qué religión practique o deje de practicar” Así leído asusta, pero sí se reflexiona, es cierto. Toda mujer lleva incorporado en su adn, inconscientemente, el hecho de que nacemos para ser, algún día, mujeres casadas, mujeres emparejadas, mujeres madre. Kate Bolick decidió que los 30 era la edad ideal para casarse y que de ahí no debía pasar, porque de hacerlo acabaría convertida en eso tan estigmatizado por la sociedad: acabaría convertida en una solterona. Pero lo hizo, llegó a los 30 soltera. Para entonces ya había tomado conciencia de que el matrimonio no iba con ella”.

Y continuaba: “Tuvo pareja, pero no duró mucho. Rastreando en sí misma, y en esa “extraña” necesidad de bucear en la razón de las cosas, se dio cuenta de que su vocación por la soltería le venía también de la huella que en ella habían dejado cinco mujeres a las que admiraba, cinco escritoras americanas que, de alguna manera, la habían marcado, y que, al menos tres de ellas se acogían a la definición oficial de solteronas; o sea, mujeres marginadas, apartadas de la sociedad por las circunstancias, y menospreciadas por esta; la soltería entendida como una anomalía, una aberración con respecto al orden social. A estas solteronas cultivadas las llamó “Mis despertadoras”. “Me di cuenta, confiesa, de que las únicas características que las cinco mujeres tenían en común eran una relación muy ambivalente con la institución del matrimonio.”

Es un placer leer Solteronas, y de repente saltar del día a día, de las inquietudes existenciales de esta joven americana, que pierde a su madre y con ella una parte de sí misma, a sumergirnos en la vida de estas “despertadoras intelectuales americanas”, hechas a sí mismas; y de aquí, pasar a la estadística que Bolick recopila para respaldar un argumento, o una teoría, o una reflexión, tan clarividente, por ejemplo, como esta:

“He llegado a pensar que, al igual que el abandono en la infancia marca al futuro adulto, nuestras primeras experiencias de soledad placentera nos enseñan a estar cómodos con nosotros mismos y a conformar las condiciones en las que la buscamos”.

Mujeres ambiguas es otro término que la periodista nos descubre. Acuñado por la investigadora Carolyn Heilbrun, describe a esas mujeres que eligen no poner a un hombre en el centro de sus vidas.

Como no podía ser de otra manera, la periodista acaba reivindicando el término solterona. Recuperarlo para darle la vuelta parece una tarea difícil, pero ella propone, “ofrecerlo como palabra clave para designar el hecho de aferrarte a esa parte de ti que es independiente y autosuficiente, estés soltera o en pareja. Si estás soltera, ya sea por no haberte casado nunca, por haberte divorciado o por haber enviudado, puedes llevar la palabra solterona como un talismán, un recordatorio constante de que estás en muy buena compañía; de hecho, formas parte de una larga y noble tradición de mujeres, pasadas y presentes, que vivieron o viven a su manera.”

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