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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

El niño que criaron como a un perro

Las infancias rotas de un psiquiatra infantil

“Tina cruzó la habitación, se deslizó hasta que estuvo sobre mi regazo y se acurrucó.
Qué niña tan dulce. Estúpido de mí. Se desplazó ligeramente, llevó su mano a mi entrepierna e intentó bajarme la cremallera.
Pasé de estar nervioso a estar triste. Le agarré la mano, la levanté y con cuidado la saque de mi regazo.”

 

Bruce Perry, jefe de psiquiatría del Hospital de Niños de Texas y neurocientífico, ha escrito un libro conmovedor (‘El chico a quien criaron como perro’, Editorial Capitán Swing), que indaga en lo que sucede en la mente de un niño después de un abuso, maltrato o cualquier tipo de trauma. Uno de los relatos que incluye en el libro es el de Tina, la primera paciente que tuvo el psiquiatra. Tenía siete años cuando la conoció y el encuentro está relatado líneas más arriba. La niña había padecido abusos durante dos años, desde los cuatro a los seis, por parte del hijo de la canguro que la cuidaba, un chico de dieciséis años. La madre de Tina era pobre y soltera, una combinación maléfica que da como resultado el abandono y la precariedad más absoluta. Por esa razón dejaba a sus dos hijos a cargo de su vecina, cuyo hijo ataba a los niños y los violaba, hasta que la madre lo descubrió. Pero el daño ya estaba hecho. El psiquiatra comienza a tratar a la niña. Tras su primer encuentro, relatado líneas más arriba, concluye:

“La experiencia le había enseñado a Tina que lo que los hombres querían era sexo, tanto de ella como de su madre. En buena lógica, desde su perspectiva, había asumido que yo también quería eso.”

El comportamiento de la niña en el colegio comenzó a ser impulsivo y agresivo; en el colegio no se entendía ni con los compañeros ni con los profesores. Cumplía pues con los criterios de diagnóstico del trastorno por déficit de atención (TDA). El entonces joven Doctor Perry se preguntaba,¿qué había sucedido en su cerebro, el cual, en el momento de sufrir aquellos abusos sexuales y anormales cuando era poco mayor que un bebé, se encontraba en una fase de rápido desarrollo?

Fue entonces cuando el psiquiatra comenzó a desarrollar un enfoque terapéutico para explicar los problemas de conducta como síntomas de una disfunción cerebral. En resumidas cuentas, constató que las influencias tempranas pueden dejar literalmente huellas en el cerebro que pueden durar toda una vida. “Si en ese momento -afirma Perry-, hubiera tenido que ponerle una etiqueta a Tina, no habría sido TDA, sino trastorno por estrés post traumático (TEPT). El cerebro nos convierte en quienes somos, y en el caso de Tina, el recuerdo de los abusos sexuales era gran parte de lo que se interponía en su camino”.

 

Niño llorando

 

Además de este desgarrador relato, este libro recoge otros casos, como el de la pequeña Sandy, de tres años, que estuvo sola junto al cadáver de su madre durante once horas, o el que da título al libro. La historia de Justin, cuya madre adolescente lo dejó cuando era un bebé a cargo de un cuidador de perros, el niño pasó cinco años viviendo como uno de ellos, en una jaula. El resultado fue una lesión cerebral parecida a la de una persona con alzheimer. Justin, al contrario que Tina, sí logró curarse. “Pronto reconocí que una de las causas de la rápida respuesta de Justin a nuestra terapia  -cuenta Perry-, había sido el hecho de haber tenido experiencias enriquecedoras durante el primera año de vida antes de que muriera su abuela. Esto significaba que las regiones más bajas y centrales del cerebro habían gozado de un buen comienzo.” La abuela y el afecto de los perros fueron pues determinantes en la salvación de Justin.

Infancias rotas, muchas de las cuales, gracias a la asombrosa recuperación del cerebro, logran rehacerse. Un libro desgarrador que abre una puerta a la esperanza.

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