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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

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Autopsia de un infanticidio

“Niños, venid. Os vais a bañar”. Con esta frase, Leila Slimani termina Canción dulce, desatando en el lector la imagen sobrecogedora de dos niños que corren confiados hacia el baño para ser asesinados por su cuidadora. La estupenda novela, por la que la escritora marroquí ha recibido el prestigioso premio Goncourt, arranca con la muerte de los niños. Así, al desvelar al asesino, el clásico thriller deriva hacia la indagación psicológica de las razones que llevaron a la niñera a cometer el infanticidio. La autora convierte al lector en un observador de la vida de Myriam y Paul, una pareja que, agobiados por el trabajo, deciden un día que necesitan alguien que les ayude. Entonces, aparece Louise -“un mirlo blanco que convirtió la casa desordenada en un perfecto interior burgués”- y conquista inmediatamente a los pequeños.

“Myriam admira en ella la capacidad de jugar”. Pero la niñera, nos iremos enterando, lleva jugando y ocupándose de los demás toda la vida. De niña, comía las sobras de los platos de su familia; tuvo una hija pero no sabe dónde está, también un marido que la dejó endeudada.
Asistiremos a las distintas reacciones de la pareja con ella, tan imprescindible ya que hasta se la llevan de vacaciones, aunque en realidad desconocen quién es, qué siente, qué le sucede: “Ni se habían molestado en observarla, pues ella pertenece al mundo de los niños o al del servicio“. Myriam sigue los consejos de su marido: “Es nuestra empleada, no nuestra amiga”. Con un estilo tan seco y punzante como la depresión que avanza sobre Louise, quien al final deja de sentir consuelo con los niños, la novelista nos enfrenta a este desolador personaje que, como concluye la investigadora del crimen: “Se parece a esas madres esquizofrénicas que en los cuentos abandonan a sus hijos en las tinieblas de un bosque”.

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“Atormentada por la impresión de haber visto y oído demasiado de la intimidad de los demás, de una intimidad a la que ella nunca tuvo derecho”. Canción dulce.

INQUIETANTE

‘Los peligros de fumar en la cama’, Mariana Enríquez, editorial Anagrama.

Si en ‘Las cosas que perdimos en el fuego’ esta escritora argentina nos dejó sobrecogidos con una selección de cuentos macabros soberbiamente narrados, en esta docena de relatos el miedo a lo desconocido se reviste con una carga de modernidad. Con la excepción de Rambla triste, que tiene por escenario el Raval de Barcelona, tanto las perversas adolescentes de ‘La virgen de la toquera’, como la acumulación de desgracias en ‘El carrito’ confluyen en una narrativa clásica de terror cargados de un erotismo punzante que convierte estos relatos en piezas deslumbrantes.

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DE CULTO

‘El hombre que se creía Vicente Rojo’. Sònia Hernández, editorial Acantilado.

La narradora es una periodista que mantiene una relación compleja con una hija adolescente. La madre busca la aceptación social, mientras la hija se sume en la depresión. En esta incomunicación, irrumpe de repente un personaje enigmático que asegura ser el artista mexicano Vicente Rojo. La autora atrapa al lector en una novela intensa, de corte psicológico, pero original, plagada de reflexiones y de símbolos. Una novela culta, muy interesante, de una narradora con un registro muy personal.
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