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Taller de Lectura

El blog de Mara Malibrán

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Inquietante brevedad

“Alice siguió con los ojos el deslizante camino de su amado hacia el fondo del barranco. Tal vez Paolo da Solo se casara con ella. Podía subirle el sueldo”. Miel del desierto. Edith Pearlman.

En la edad de la dispersión y de las prisas, parecería una obviedad señalar que la gran ventaja del relato es su brevedad, o por decirlo literariamente, en palabras de John Cheever: “Estoy seguro de que en el momento justo de la muerte nos contamos un cuento y no una novela.”. En esa coyuntura tal vez sea así, pero por lo que aquí respecta la narrativa breve, el microrrelato, incluso la novela corta, continúan todavía a la zaga de ventas del tocho decimonónico. Quizás porque, como bien señala Clara Obligado, una de las escritoras que mejor cultivan el cuento -imprescindible su libro ‘La muerte juega a los dados’-: “Lo que sucede es que los relatos son el cada vez más difícil de la prosa. Es un género muy sofisticado que pide un lector culto”. Culto y también sensible.

Este año hemos tenido la fortuna de descubrir voces deslumbrantes de cuentistas americanas. Pienso en Lucia Berlin y su ácido ‘Manual para señoras de la limpieza‘, en Grace Paley o en la argentina Valeria Correa. Y ahora nos llega una fuera de serie, la inquietante Edith Pearlman, que nos atrapa en la red de los 20 relatos que forman Miel del desierto. Comiencen por el que da título al libro y se encontrarán dentro de un internado femenino, junto a una anoréxica superdotada, fascinada con las hormigas, mientras la directora del colegio cambia sobre la marcha un amante por otro. Continúen disfrutando de los efectos benéficos de la brevedad en Bendito Harry y entren en la vida de la peculiar familia Flaxbaum, con una invitada singular, una planta, que se alimenta con café y comida de peces. Cambien de registro en Tenderfoot, donde un profesor de historia espía a su vecina en su salón de pedicura. Y así hasta 20 universos que nos inquietan, agitan y nos invitan a pensar. En este pequeño formato, todo está a la vista porque todo es breve, no hay trampa ni cartón, la exigencia artística es ineludible. Esta es la gran ventaja del relato, que es pura literatura.

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ÚNICA

Mi verdadera historia‘. Juan José Millás. Seix Barral.

Novela de aprendizaje, destinada a un público joven, la agudeza narrativa y la potencia del personaje provocan que trascienda ese territorio.
El adolescente narrador, dispuesto a suicidarse, arroja desde un puente una canica a la carretera y origina un accidente. La angustia, el sentimiento de culpa, el primer amor, la relación con la madre y, sobre todo, la relación con un padre omnipotente que ignora a su hijo -“Si me hubiera leído a mí como a los libros, jamás habría dejado caer aquella canica“, dice el chico- convierten este relato en una joya literaria.

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BRILLANTE

Una isla desierta‘. Cristina Matas Casanova. El pez volador.

De la mano del ingenio y de la imaginación, las dos armas del cuento, entramos en esta isla desierta, donde a lo largo de 95 espléndidos microrrelatos disfrutamos de una prosa que desde la extrañeza y el humor nos cautiva.
A partir de una palmera, de una isla, de una lagartija, también de un lagarto y de la personalidad divertida y cáustica de la narradora, atravesamos el mar, naufragamos y nos enamoramos en esta isla, metáfora de la vida y de sus inconvenientes.

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