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Comerse el mundo

El blog de Raquel Sánchez Silva

Raquel Sánchez Silva, durante su entrevista en Likes con Roberto Canessa, superviviente de la tragedia de los Andes

Tenía que sobrevivir

Este es el título del nuevo libro que nos cuenta, desde una visión inédita, la experiencia de los supervivientes del accidente aéreo de Los Andes (13 de Octubre de 1972). Un accidente que se convirtió en el más mediático de la historia porque los que soportaron aquellas extremas condiciones durante 70 días perdidos en las montañas, lo hicieron porque tomaron la difícil decisión de alimentarse con los cuerpos de sus amigos muertos. La película ‘Viven’ nos lo mostró hace unas décadas pero este libro de Roberto Canessa es algo más. Lo que ellos llamaron La Muerte Generosa, que fue el pacto que alcanzaron por el cual los supervivientes ofrecían su cuerpo a los demás como alimento en caso de muerte, fue, sin duda, una de las decisiones de mayor sufrimiento de esta tragedia (de la que solo salieron con vida 16 personas de las 45 que despegaron en aquel avión) pero no fue, ni mucho menos, la única. Este libro nos cuenta 45 años después, por qué Roberto Canessa, uno de los dos hombres que atravesaron la cordillera de los Andes para encontrar la salvación de todos sus compañeros una vez los dejaron de buscar, es hoy Cardiólogo Pediátrico. No ha buscado la calma en su vida posterior sino nuevos límites, nuevos precipicios. Cada día, en su trabajo, examina los corazones de los bebés antes de nacer. En las ecografías diagnostica cardiopatías de suma gravedad que, en algunas ocasiones, acaban con el fallecimiento de esos niños después de un largo proceso de operaciones y tratamientos en los que “la esperanza se convierte en vida y al revés”, como apunta Roberto, “al igual que en la montaña”. En este libro, leemos las cartas de muchos padres cuyos hijos enfermos han sobrevivido gracias a la visión del mundo de este hombre que cuando se estrelló el avión tenía 19 años y que 70 días después apareció en Los Maitines, en las faldas de los Andes, con 33 kilos menos y la fortaleza de alguien que ha visto la muerte más de una decena de veces. Era entonces estudiante de segundo año de medicina y fue su labor dentro de aquel fuselaje la de cuidar a los heridos y la de encontrar una fuerza que supera cualquier historia que jamás me hayan contado: La de salir de ese avión de cara a las montañas sabiendo que se iba para no volver. O atravesar las montañas o la nada, por sus compañeros, por los vivos y los muertos, en unas condiciones físicas extremas, sin ningún tipo de ayuda y sin experiencia. Él y su compañero, Nando, (pertenecían a un equipo de Rugby) hicieron cima durmiendo en un saco construido con una tela aislante de la calefacción del avión. Tardaron diez días en dejar atrás la montaña, y tal y como recuerda Roberto, lograron la salvación en el último minuto de sus fuerzas, en un punto indefinido entre la vida y la muerte.

Libro Tenía que sobrevivir

Raquel Sánchez Silva entrevista a Roberto Canessa en Likes

Roberto me mira y extiende los brazos mientras me dice “Y allí, de repente, cerca de la cima, colgando de un precipicio, apareció una enorme luna”. Lo dice sonriendo, emocionado, agradecido, pleno.  Su hijo Roberto también es médico y dice que su padre es un adicto a la vida, un luchador, alguien que siempre camina hacia adelante por muy difícil que sea, alguien que mira a los padres de los niños que trata y les dice “no será fácil pero yo no os abandonaré”. Caminaremos, con metas cortas, como en la montaña. Porque él ve vida en lo imposible, en donde cualquiera de nosotros solo vería finales irremediables y muertes. Lo imposible, está claro, no forma parte de su lenguaje. Me estremece mirarlo de cerca y pensar en lo que vivió. Me parece aún increíble, imposible, difícil de creer. Pero lo más significativo es que en este libro, Roberto Canessa, nos habla de la persona más valiente que ha conocido y, fijaos, no es un superviviente del avión sino un niño llamado Tomás que murió, pero que siempre le miró a los ojos mientras le escuchaba el corazón. Roberto dice que era como un señor pequeño. Un niño profundo de un valor sin igual. Recomiendo esta lectura por la dosis de optimismo y realidad que nos regala Roberto. Ese chico, estudiante de medicina, que cuando volvió a ver a su madre después del accidente y del terrible castigo de la montaña le dijo: –“Mamá. Ha sido horrible. Nos hemos tenido que comer a los muertos”. A lo que ella respondió. “Cariño, ya estás en casa”.

 

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