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El blog de Marisol Guisasola

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Sociedades desarrolladas, sociedades obesas

Los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial tenemos dos veces el riesgo genético de obesidad que tenían las personas que nacieron en etapas anteriores. Lo comprobó un estudio de Harvard publicado hace varios años. Recuerdo ese trabajo a menudo, sobre todo cuando veo que las tasas de obesidad no paran de crecer. Según la propia OMS, los casos se han triplicado desde 1975 y la obesidad es ya una pandemia que afecta a casi todos los países occidentales.

Sobra decir que ese aumento se ha visto favorecido por los avances tecnológicos (maquinaria, robots industriales, medios de transporte, nuevos materiales, aparatos electrodomésticos…) que reducen el esfuerzo físico y favorecen el sedentarismo; por la agricultura y ganadería extensivas, que utilizan grandes dosis de productos químicos capaces de alterar la naturaleza de los alimentos; por la invasión de alimentos ultraprocesados que han sustituido a la dieta mínimamente procesada anterior a la Segunda Guerra Mundial.

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Llegadas a este punto, la pregunta es la siguiente: si tienen que pasar muchas generaciones para cambien los genes, ¿por qué se habla de riesgo genético de obesidad y no, simplemente, de riesgo de obesidad? La respuesta está en la epigenética, palabra de origen griego que significa ‘encima de los genes’. “El tipo de alimentación, el grado de actividad física, las propias emociones y factores del entorno en general ponen marcas alrededor de los genes que, sin cambiarlos, hace que éstos actúen y hablen o que permanezcan inactivos y en silencio”, explica Manel Esteller, director del programa de Epigenética del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (Barcelona). Autor del libro ‘Yo no soy mi ADN’ y referente mundial en la especialidad, añade que “si bien los cambios epigenéticos, tanto favorables como no favorables, pueden heredarse, también pueden ser fácilmente reversibles”.

Visto así, el aumento de riesgo genético de obesidad es el precio que estamos pagando por lo que llamamos ‘desarrollo’. Un desarrollo que reniega del tipo de dieta y el estilo de vida con los que se conformaron nuestros genes desde que el mundo tiene memoria.

No hay que darle más vueltas: volver a la naturaleza, a un estilo de vida más activo y a un tipo de alimentación menos procesada y más natural es la mejor receta frente a la obesidad.


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