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El blog de Pilar Ortega

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María Zambrano, pasión por la paz y los gatos

Discípula aventajada de José Ortega y Gasset, María Zambrano (Vélez Málaga, 1904 – Madrid, 1991) vivió, como gran parte de los intelectuales de su tiempo, la zozobra del exilio y la incertidumbre de España. Vivió en México, Estados Unidos, Puerto Rico, Italia, Suiza, Cuba…, pero su memoria estaba aferrada en esos años al viejo limonero bajo el que se cobijaba de niña en su Andalucía natal. Ya de vuelta a nuestro país, quizás algo cansada de vivir, se convirtió en la primera mujer que recibió el Premio Cervantes de Literatura.

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Era el año 1988. Antes había ayudado a muchos jóvenes poetas españoles a abrirse camino, pero, con el paso del tiempo, su nombre se ha ido relegando a los manuales de filosofía del siglo XX. Por eso, es tan bienvenido el montaje que sobre su figura y su obra se representa en Madrid. Porque era necesario reivindicar su vida y su legado.

La autora de ‘La tumba de María Zambrano (pieza poética en un sueño)’ es Nieves Rodríguez. En esta recreación biográfica, se parte de las palabras que figuran en el epitafio de la tumba de la escritora: “Levántate, amiga mía, y ven”. Quien pronuncia esta frase en escena es un niño hambriento, a quien María Zambrano (Aurora Herrero) da de comer, una noche de verano, mientras trata de encontrar una palabra perdida que no es otra que la palabra “paz”.

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“La identidad de María Zambrano aparece escindida en dos tiempos: la infancia y la vejez”, explica Nieves Rodríguez, quien ha querido rescatar sobre las tablas al padre de la escritora y a su hermana Araceli, que fueron esenciales en su vida. “La relación con su hermana fue el mejor regalo que recibió en la vida”, añade reproduciendo una frase de la filósofa.

Sin embargo, desde que acabó la Guerra Civil, las dos hermanas no volvieron a encontrarse hasta que finalizó la Segunda Guerra Mundial. Fue en 1946, en París. Para entonces, Araceli había sufrido la tortura de los nazis, la muerte de su prometido, la desaparición de la madre y se encontraba al borde de la locura. Quizá por eso, María Zambrano no volvió a separarse de ella hasta la muerte de ésta en 1972.

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Su padre, Blas José Zambrano, fue también un modelo a seguir para la autora de ‘Los bienaventurados’. Fue maestro durante la República y compañero de Antonio Machado y de Pablo de Andrés Cobos. Desde Segovia, donde ejercían la docencia, quisieron renovar y arrojar luz sobre la educación.

¿Y quién es el Niño Hambriento que aparece en escena? Nieves Rodríguez lo explica: “Es un niño de hoy, pero también es una alegoría de todas las personas hambrientas de futuro y de alimento. Lo que Zambrano nos puede ofrecer es una palabra que alimente el alma. Porque las palabras alimentan, eso seguro”.

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‘La tumba de María Zambrano’ se fija también en otra de las grandes pasiones de la escritora malagueña: los gatos. Son animales que representaban sus ideales, como la libertad de espíritu, la independencia, el respeto y la integridad. Llegó a tener 24 en su casa de Roma: Rita, Tigra, Blanquita, Lucía, Pelusa…

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Después, viajaron con ella hasta Ginebra. Y, finalmente, a Madrid. Por eso, en el montaje, dos gatos cruzan la escena, uno blanco y otro negro, que vienen a ser los extremos sobre los que gira la pieza: la infancia y la vejez, el hambre y el alimento, la vida y la muerte, el desamparo y la esperanza…

Por su parte, Jana Pacheco, la directora de ”La tumba de María Zambrano”, dice que la filosofía de María Zambrano es un canto a la vida y a la paz, nos enseña que “el sentir entiende y el entender siente” y nos transmite que la poesía es un camino esencial para transitar la vida.

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Madrid. Teatro Valle-Inclán (Plaza de Lavapiés, s/n). Hasta el 11 de febrero.


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