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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

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Si yo hubiera estado allí…

Ah, ¿estás ahí? Ven, hay algo que te quiero decir desde hace mucho tiempo.

A ti, sí. Ven. Venid. A vuestro alrededor pasan constantemente cosas hermosas, cosas conmovedoras, cosas inolvidables: pero no os fijáis en ellas. Sois demasiado grandes, camináis demasiado deprisa, os ocupan la mente demasiados problemas como para deteneros a comprobar que estáis rodeados de belleza, de emociones, de mil gestos pequeños y delicados. Todos los días hay buenas noticias, hay una esperanza que se recupera y una mala temporada que se acaba.

Pero no os puedo echar la culpa del todo: al fin y al cabo, solo sois seres humanos. No habéis tenido la suerte, como yo, de haber nacido con estos ojazos verdes que me permiten ver en la claridad más deslumbrante y en la oscuridad más absoluta. No tenéis mis orejas, que giran independientemente del resto de mis movimientos si un alfiler cae en el otro lado de la casa. No tenéis mis preciosas vibrisas (eso que llamáis bigotes… ¡bigotes, yo!) que os permiten un séptimo sentido. Y sobre todo, no sois una bolita peluda, cálida, achuchable y zalamera, con una antena para los mimos siempre encendida. En resumen, no sois una gatita. Ni mucho menos os llamáis Lady Macbeth, como yo.

Cuando todas esas cosas está ocurriendo, mientras pasáis la siguiente página del periódico, o movéis sin pausa el dedo sobre el móvil, yo tengo tiempo para mirar y pensar. A veces ronroneo. Otras empujo sutilmente a mis hermanas o a mamá para colocarme entre ella y la pantalla, ella y el papel, y leer lo que me interesa. Los gatos tenemos nuestro propio sistema telepático; a veces, cuando nos sorprendéis mirando al vacío, disimulamos, para que no descubráis que leemos las ondas del pensamiento. Ese es el momento de tirar algo al sueño, afilar las uñas en un sofá o pedir mimos (personalmente, me dan poquísimos). Es el momento de disimular y lamernos una patita con aire aristocrático.

Pero no os preocupéis. Estoy aquí, como el resto de los gatos, para enseñaros todo eso en lo que no os fijáis. Somos los señores del placer y del disfrute, los que encontramos el rayo de sol en el invierno, la vista mejor, el sitio más cómodo en el sofá. Nos hemos especializado en cambiar el humor de los humanos, y en caminar por el filo de las tapias sin caernos. Los humanos os habéis olvidado de ello, pero no hay un solo gato que cada mañana, al despertarse (más bien, cada mediodía), no tenga presente que no hace mucho, en Egipto, nos adoraban como a dioses. Y como una pequeña diosecilla peluda y doméstica, voy a cuidar de vosotros, a enseñaros a recuperar la alegría, y explicaros esas buenas noticias como si yo hubiera estado allí. 

Espido Freire

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