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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

ofelia-gata

Del cielo

-Ahí sí que estáis bien, con la que está cayendo -suspira mamá, y después de hacerme cosquillas en la manchita blanca que tengo en el pecho sale por la puerta de casa, de mala gana, arrastrando el paraguas– Me voy a desafiar los elementos, sed buenas.

Esto se repite todos los días de mal tiempo. Yo me quedo unos instantes en mi cama, para disimular, por si acaso, por si se ha olvidado algo, o si quiere comprobar que ninguna de nosotras (es decir, Rusia), se ha quedado encerrada en un armario, y entonces salgo disparada hacia la ventana. Si llueve, es una bendición. Si nieva, es una aventura.

Al otro lado del cristal, las gotas de agua caen con un patrón siempre diferente. A veces, diluvia, y todos los paraguas, en la calle, allí abajo, se mueven como grandes escarabajos lentos. Solo los niños humanos parecen disfrutar de la lluvia, y no digamos de la nieve: la intentan recoger con la boca abierta y la lengua fuera, esos copos que yo quiero cazar mientras se derriten en la repisa. Nunca he tocado la nieve. Soy, al fin y al cabo, una gatita casera.

Si yo hubiera estado allí fuera, cualquiera de esos días, hubiera chapoteado en cada charco, primero con precaución, luego, ya mojada, de cualquier manera. Como cuando me coloco debajo del grifo del lavabo para que el agua me caiga por la nariz, y luego por los bigotes. Hubiera acechado los goterones de las esquinas, esos que cuando estallan contra la cabeza hacen que los humanos maldigan, para ser más rápidos que ellos.

Pondría la patita sobre la nieve, en los escasos días en los que ha cuajado, y me quedaría contemplando si se derrite o si permanece. Los humanos, en cuanto crecen, no tienen paciencia con la lluvia, ni admiración por la nieve. Pero el estampado de gotas que se marca en el cristal es tan bonito, tan fascinante…

Ofelia -me dicen mis hermanas- no deberías ver ventana durante tanto tiempo. No es bueno para las gatitas, nos impide que desarrollemos nuestra imaginación. Además, tenemos trabajo que hacer.

Tienen razón, y me aparto de la ventana y las persigo un rato por la casa, o afilo las uñas en el sofá, como es mi obligación. Soy particularmente minuciosa con mi uso de las uñas, y me enorgullezco del resultado.

Entonces, cuando sospecho que el ruido de la puerta es el de mamá, corro de nuevo a mi cama, y me enrosco. Levanto la cabeza con aire somnoliento cuando se acerca, me rasca la manchita y repite, con envidia.

– Ahí sí que estás bien, con la que está cayendo…

Y yo me froto contra ella e intento mojarme la nariz con la lluvia que aún trae prendida en el abrigo.


Además…

Cosas y cosas 

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