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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

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Un respiro

Estos días centenares de hogares vivirán escenas desgarradoras: los humanos dejan sus hogares para marcharse de vacaciones, y los gatos nos despedimos de ellos con distintos grados de chantaje emocional. Algunos se plantan frente a la pared, una evidente muestra de indiferencia hacia los preparativos.

– Mira, me está castigando. Ya sabe que me marcho… ¿Y si nos quedamos?

Mi especialidad es seguir a mi madre hasta la puerta. Rusia estará pegando brincos en algún lugar de la casa, y Ofelia, plácidamente instalada en su atalaya de gata alfa, no dará guerra ninguna. Yo miraré con ojos infinitos y lastimeros a mi alrededor, y fijaré luego mis verticales pupilas en mi madre. Si logro que las orejitas tiemblen un poco, mejor. Mi madre se derrumba, el sentimiento de culpa salta por los aires, y sé que tendré ración doble de mimos y de consuelos, pobre gatita que se queda sola. Cierto que nunca he conseguido que pierda el tren por prestarme la atención que merezco: pero todo se andará.

Cuando la puerta se vuelve a abrir 30 segundos más tarde y mi madre entra angustiada para comprobar en una última revisión que Rusia siga viva y no se haya quedado encerrada en un cajón, la lavadora, o se haya fugado escalera arriba a la azotea, yo sigo allí, ojiplática y conmovedora, fiel a mi rol de gatita desolada por el abandono. Entonces sí, en el tiempo límite, mi madre sale, la maleta se arrastra, el ascensor chirría y llega la paz.

Yo me estiro, primero una pata, luego la otra, meneo mi casi inexistente cola y comienzo mis vacaciones. Hasta que mi madre regrese, las gatitas nos dedicamos a nuestras aficiones y labores sin interrupción, sin tener que disimular porque alguien nos esté observando. Rusia reanuda su estrategia bélica contra los enemigos invisibles, y de vez en cuando asiste a conferencias telepáticas con líderes felinos mundiales para la propagación del caos.

Ofelia estudia sus libros de arte, sanación por ronroneo y sabiduría ancestral; ahora está atravesando una etapa mística que vamos a ver si no le dura mucho, porque nos lleva dando la tabarra con nuestra misión como líderes de luz como tres vidas. Y yo me dedico a hacerme las uñas, perfeccionar el arte de rodar sobre mí misma, y en general, ahondo durante largas horas en todo aquello que me hace adorable.

Como el tiempo vuela cuando te estás divirtiendo, de pronto escuchamos la polea del ascensor, el familiar ñic de la maleta y el chasquido de las llaves en la puerta. A toda velocidad Rusia interrumpe la conferencia sideral, Ofelia oculta sus libros bajo la manta y yo corro hacia la entrada para recibir a esa madre desnaturalizada con ojos enormes, como si no me hubiera movido de allí en ningún momento.

-Oh, pobrecita, pobrecita. ¿Me has echado de menos? ¿Qué habéis estado haciendo mientras he estado fuera?

Y ¿qué le voy a decir? Me froto contra ella y la distraigo, mientras Rusia, con la pata, le hace señales al ectoplasma que se ha colado por las invocaciones de Ofelia de que tiene que irse.


Además…

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