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Si yo hubiera estado allí

El blog de Espido Freire

Ofelia, la gata de Espido Freire

Lo sé

No sé cómo lo sé, pero lo sé.  A veces me basta con escuchar cómo apaga el despertador, la manera en la que la mano sale por debajo de las sábanas y acaba con la música. Sé si inicia el día de buen humor, o con una desgana enorme, o si disimula y saca fuerzas para levantarse. Sé, antes de que entre por la puerta, si lo que ha ocurrido cuando se ha encerrado allí ha sido divertido o si le ha agotado y lo sé mejor que si yo hubiera estado allí.
Los humanos que tenemos a nuestro cuidado son manojos inestables con emociones cambiantes, un poco desconcertantes. Recuerdo con sorpresa el día en que descubrí que les salía agua salada por la piel y por los ojos. Como nos gusta el sabor salado, Rusia suele aprovechar para lamerles, lo que si están llorando causa más lágrimas, al gemido de Sólo me entienden mis gatas y si es sudor no suele provocar demasiada reacción. El sudor es lo más confuso de todo: sudan con frío y con calor, si les asaltan los nervios, si tienen miedo o si han subido las escaleras con demasiado brío. He aprendido a no hacer caso a ese tipo de agua. Lo preocupante son las lágrimas, y no siempre.
Por ejemplo, las lágrimas que asoman cuando mamá está leyendo, o cuando se encuentra absorta en cualquier pantalla, tapada con una manta y con palomitas cerca, no tienen la menor relevancia. En cualquier momento pueden dar paso a una risita o a una carcajada. El corazón late a velocidad normal, la respiración no se altera. Puedo continuar atendiendo mis obligaciones, e incluso exigir que ella continúe con las suyas, como abrirme puertas, o darme agua fresca, o prestarme atención o alcanzarme una palomita que oleré con sumo cuidado para luego desechar.
Las otras lágrimas, las que provocan que la habitación baje bruscamente varios grados de felicidad, las que dejan en el aire un regusto amargo, las que provocan manchas rojas y un silencio que puede atravesarse con las uñas son las importantes. No sé cómo lo he descubierto, pero lo sé. Esas son las que exigen atención y trabajo. Son las que nos llevan a acercarnos con suavidad, y a mirarla con mucho cuidado, parpadeando de vez en cuando con nuestras pupilas verticales. Son las que nos mantienen cerca, para que cuando necesite acariciarnos nos encuentre allí, pero no encima de ella. Esas, las que andan cerca de ella cuando el despertador se ha apagado de determinada manera, o cuando regresa del otro lado del recibidor con cara larga, son las que debemos combatir. Y lo hacemos, claro, cada una a nuestra manera. No seríamos buenas gatas si no hubiéramos declarado la guerra a las lágrimas.

Ofelia

 


 

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