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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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La etapa de la doble fila

Todas las mañanas veo a dos o tres padres, muy pocos, la verdad, pero demasiados, que paran en doble fila en la puritita puerta del colegio para que en un supuesto pis-pas, se bajen del coche sus hijos adolescentes. Esto, que hasta podría entenderlo si no hay manera humana de aparcar, se convierte en una conducta fascinante para mí porque sucede en una calle con cientos de huecos a ambos lados. Por no ser, no es ni necesario hacer maniobra, pues la hilera entera de aparcamiento está vacía a esas horas. Así que los observo. Me dejan hechizada.

Los demás padres también se fascinan como yo, y los miran sin pitar o protestar, esperando detrás, aguantando a que los chavalotes se bajen, saquen las mochilas del maletero y el coche de su madre o de su padre, vuelva a arrancar. Todos los días me fijo en este extraño comportamiento y miro los rostros de algunas de estas madres preguntándome cómo han llegado a esta rutina escolar tan cómoda y eficaz. Yo también quiero ser una madre en doble fila, sin sentirme culpable por el que espera detrás para hacerle la vida cómoda a los hijos y que no tengan que caminar veinte metros de más por si se cansan, o cosas de ese estilo.

¿Qué proceso psicológico las lleva a no necesitar apartarse, a obliganos a esperar en el carril taponado cuando hay un mar de huecos a diestro y siniestro? Reflexioné y me dije… Esto es eso que dicen de que la maternidad tiene etapas.

Sí, en la maternidad es cierto que vas pasando por etapas. Unas más largas, otras más cortas. Esto de las etapas era una frase que me decían otras madres cuando mis hijos eran muy pequeños y que yo, que solo estaba en la primera pantalla del videojuego materno-filial, no comprendía, porque claro, hasta que no acumulas experiencia, no ves que la maternidad es como una escalera, un videojuego difícil, un ranking.

En esas edades baby de los niños, y siendo madre monoparental, a veces se me iba la pinza por no tener otro adulto con quien compartir decisiones o con quien hablar de cine, de literatura, de lo que fuera. Aún recuerdo cuando íbamos a un parque y ansiosa por tener conversación, recibía feliz la cháchara amigable de quien fuera.

Recuerdo también cómo me veía reflejada en aquellas mujeres muy mayores, que también se sientan en los bancos al sol, y que probablemente no tenían a nadie en su casa. Parecían sentir la misma necesidad de compañía. La soledad de la palabra. Desde entonces, hablo con las señoras mayores de los parques -aunque ya casi nunca los frecuento- porque hay un hambre ahí que es bien fácil de saciar. Sí, a veces hablo con la gente por pura misericordia.

Muchas de aquellas madres con hijos más mayores que me decían lo de las etapas, no me animaban nada, porque a mi estrés de querer hacerlo todo bien, de no equivocarme con los niños, de darles la mejor alimentación o escoger la mejor forma de amar, muy pocas me calmaban con frases menos crípticas como: tranquila, la experiencia te dará libertad. Llegarás a sentirte muy suelta, a desatarte de lo que dirán los demás, de la mirada de un maestro, de llevarlos vestidos como un pincel… y cada vez estarás más feliz.

Por eso, hoy quiero decirle yo esto a las madres más novatas, con hijos muy pequeños, que requieren de parafernalia, de cuidados médicos cada dos por tres, de atención constante: se pasa. Esa etapa se pasa y luego, todo va siendo mejor, porque las madres también nos institucionalizamos. Nos amoldamos al rol. Nos doblegamos a muchas cosas de forma imperceptible. Hay momentos malos, hay el colegio, hay el acostumbrarse a los libros de texto de primaria, que comienza con un shock espeluznante y que una querría quemarlos en aquelarre, pero te acostumbras. A todo te acostumbras.

Hay el aburrimiento de los pobres hijos con ciertas materias que te hacen regresar a tu aburrimiento infantil y al sufrimiento escolar de tu propia infancia, y hay el espanto, a veces, de tratar con un sistema monolítico contra el que empiezas resistiéndote a contrapelo, por absurdo, y que acabas negociando a favor de veta, para sobrevivir en el día a día. Esta etapa también tiene lo suyo, todas las etapas tienen sus cosas, pero una madre va aprendiendo a no ponerse tensa, a llorar lo justo, a llegar a todo, a abandonar lo que no tiene solución a manejar la culpa o a asumirla.

Esa culpa constante en la que somos expertas yo creo que también se pasa. Se pasa y el día menos pensado, te encuentras aparcada en doble fila, dejando a tu hijo adolescente en la mismitísima puerta del colegio, jorobando a todas las demás, con toda la cachaza del mundo y una gran sonrisa maternal.

 

 

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