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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Reinventar el rol

“La sociedad nos pide que seamos supermujeres”. Esta frase la oigo mucho y no sé si es del todo verdad. A veces lo será, supongo, porque en la sociedad hay una inercia en los roles y al menos, hasta determinada edad, lo que la sociedad le pide a los hijos suele ser un poco como si la sociedad se lo pidiera a las madres. Por ejemplo, esa frase de la profesora de Lengua: “necesitan ayuda en casa”.

Bueno, pues ¿Quién va a ayudarlos en casa más que su madre? Claro, también los puede ayudar el padre, pero los hombres, desde antiguo, son mucho más escapistas y realistas, no por machismo, sino porque llevan más años dedicando todo el tiempo a otras tareas “más importantes”, como salir de casa a ganarse el pan. Así, durante miles de años, la ayuda a los hijos ha caído sobre las mujeres, porque de las mujeres era la responsabilidad de la logística filial; la compra ha caído sobre las mujeres, porque ellas controlan lo que falta y lo que se necesita; la limpieza ha caído sobre las mujeres, porque pasaban, tradicionalmente, más tiempo en el hogar y las cosas le caen al que está, supuestamente “desocupado”.

A nadie se le escapa que la mentalidad ha cambiado y también los roles, pero creo que a muchas personas sí que se les escapa que cuando éramos niñas vimos a nuestras madres planchar, guisar y comprar y todas tenemos metido a fuego un rol doméstico con el que no podemos si, como buenas mujeres modernas de hoy, también trabajamos todas las horas del día. Casi siempre culpamos a los hombres de no ceder tiempo a estas tareas, de no compartirlas como es debido, pero como me puede el pensamiento paralelo, voy a proponer que veamos las cosas con los ojos del subconsciente masculino.

Y es que si nosotras vivimos el rol doméstico, ellos no sólo vivieron en su infancia el rol contrario, el del hombre que salía de casa y llegaba a mesa puesta, sino que los siglos de mantener ese rol volvieron a los hombres expertos en no darle importancia a lo que poco importa: como que la casa esté impoluta, las sábanas estén planchadas con el embozo perfecto, la despensa rebose abarrotada con todas las variedades de frutas y hortalizas y los hijos vayan igual de planchados, alimentados y aseados, a ser posible, con los deberes hechos y revisados. El hombre lleva siglos usando su tiempo para “lo de fuera del hogar” sin dedicarle un solo pensamiento a lo “molesto” y desandar este camino no es la cosa más fácil del mundo.

Por eso creo que repartirse los nuevos roles que han surgido de la vida moderna no solo pasa por dividirse igualitariamente las tareas del hogar o la educación de los hijos, o las tutorías escolares o quién los trae y los lleva del colegio. Pasa también por reinventar las tareas del hogar. Pasa por cuestionar muchas cosas que generaciones anteriores hacían de una manera y nosotros damos por hecho “porque nos educaron así”. Yo creo que no solo hay que relajarse con todo esto, sino buscar, deliberadamente, la imperfección.

Ser un equipo es la única forma de sobrevivir a los tiempos. Ser un equipo y quererse y darse la libertad de eliminar todo aquello que no merece nuestro tiempo. Ni el tiempo del hombre, ni el tiempo de la mujer. Así, quizá no sea tanto una cuestión de conseguir que los hombres hagan la mitad de las tareas domésticas, como de eliminar de la ecuación ciertas tareas domésticas o sociales, para que ambos sexos podamos dedicarnos a lo que verdaderamente importa y no a lo que le importaba a nuestras madres y a nuestros padres o a una mentalidad que ya ha dejado de existir.


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