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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

Tenemos que responder

Nuestro trabajo es responder

A veces me dicen que lo hago muy bien, que soy una madre estupenda porque respondo a todas sus preguntas. Me incomodan estos elogios. Igual que la madera no tiene mérito por saber flotar en el agua, una madre no tiene mérito por saber responder a las necesidades de sus hijos. Son los hijos los que construyen a la madre, no al revés. Son ellos los que nos dan densidad o nos obligan a hundirnos y no existe maternidad exenta de los hijos, pues ellos la construyen.

Eran apenas unos bebés, pero llegaron a mi vida con una curiosidad innata. Son, desde que viajaban en su carrito, un dedo que apunta, una mirada que traspasa, un llanto con una necesidad concreta.

He contado muchas veces cómo mi hijo de siete meses se ponía en pie junto a las estanterías, agarrado a ellas, y comenzaba a derribar los libros y a destrozarlos para que yo acudiera a regañarlo. Un día descubrí el patrón. Lo hacía sólo cuando necesitaba un cambio de pañal. Así, cuando le veía caminar hacia la estantería, ya no necesitaba regañarle, solo le cogía en brazos y le cambiaba. Esto hizo que se fuera formando entre nosotros un lenguaje sin palabras, una educación mutua. Si sus “actividades delictivas”, como romperme los libros, hubieran quedado sin la respuesta adecuada (castigado en su cuna, por ejemplo) yo nunca habría entendido el motivo de su disgusto.

Si ya más mayores, sus llamadas de atención o sus preguntas hubieran quedado sin reflexión por mi parte y sin respuesta, seguramente esa “llamada” se habría vuelto, con el tiempo, silencio frustrado, y con más tiempo aún calma y resignación o peor: una escalada de aterrador vandalismo bibliotecario.

Por suerte, mis hijos nunca me permitieron escaparme con un “cállate” un “duérmete” o un “no lo sé”. Son terriblemente exigentes. Me hicieron ver que toda pregunta y respuesta tenía un porqué sencillo, una necesidad de amor y un momento de hambre o de pena o de dolor. La pasión de su intriga, de su necesidad de saber por qué existe la Luna o cómo llegó el hombre a la tierra, o cómo funciona el ojo o el oído o por qué hay arcoíris en las pompas de jabón… me obligaron a ser la madre que soy ahora, porque ellos son mi medio ambiente y una madre, o se adapta, o acaba sufriendo cada día de su vida con niños encerrados en su frustración.

Yo no creo que todo el mundo sepa hablar con los hijos porque el mundo se encarga de hacernos creer que los niños lloran por nada y que debemos educarlos para que se callen. La sociedad, más adelante, se empeña en que los niños solo quieren jugar y no tienen interés por la ciencia o el conocimiento. Esto es falso y cualquier padre inexperto lo necesita saber. Claro, son niños, y el inicio de una conversación entre alguien tan pequeño y un adulto tan lleno de prejuicios, como lo era yo, como lo somos todos cuando comenzamos este camino fascinador, puede ser difícil.

Los intereses no coinciden, sus superhéroes no eran, necesariamente, de mi interés, pero cuando hay pasión y amor, se llega a una sincronía absoluta. El tiempo te enseña a entender las capas bajo las capas de sus necesidades. El tiempo y el amor, porque hablar de cualquier cosa, es un acto de amor que se fija en el placer del que hace la pregunta y del que se toma la larga molestia en responder, sabiendo que abre una conversación infinita. Ahí, creo, yace la clave del conocimiento y de una de las formas de la felicidad.

Por eso pienso que un niño que llora, no está llorando. Un niño que llora, está haciendo una pregunta o reclamándonos una acción concreta. Se aburre, está cansado, quiere palabras, quiere pasear, quiere dormir y no puede, quiere que le pongan esa música de Bach que escuchó por la mañana. El hijo que confía en que la madre entienda la pregunta, es un niño feliz. El llanto y la risa son el lenguaje de los niños muy pequeños. Un lenguaje que solo se puede descifrar si sabemos que no es aleatorio. Aunque la pregunta de un niño solo sea un grito en la noche, nuestro trabajo es responder.


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