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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Aceptar las carencias

Desde que eran muy pequeños, mis hijos me convirtieron en su oráculo, preguntándome todo tipo de cosas de ciencia, de biología, de religión o humanidad.

Gracias a esa curiosidad, tenemos incisivas conversaciones, a veces disparatadas, a veces profundas, casi siempre, tiernas. Pero al principio, no eran conversaciones. No podían serlo. Eran niños muy pequeños y para ellos, conversar era practicar un interrogatorio. Su atención no era suficientemente estable aún, debida a la falta de madurez y vocabulario, para mantener un diálogo.

De la pregunta “¿Por qué el botón de autodestrucción siempre es rojo?” pasábamos a “¿Por qué lleva capa Supermán?” o “¿Por qué le aprieta el traje”? o “¿Por qué hace más calor en Venus que en Mercurio si Venus está más lejos del sol?”. Era un bombardeo. La tentación de decir: “no sé” “o cielo, ponte a jugar” es grande. El incesante interrogatorio en el que vivía sumergida, en ocasiones, era una forma de tortura, algo así como pasar día tras día tirándole el palo a un perro entusiasta que jamás se cansa.

Pero con sus preguntas intensas y continuas, me conquistaron. Me llevaron a todos los rincones de mi ignorancia. Eran tan fascinantes, que juntos aprendimos, al fin, una forma de conversación holística, surrealista a veces, en la que todo cabe, los conocimientos más complejos con los intereses más infantiles: los superhéroes y su relación con la fuerza de la gravedad, la química y su relación con el pastel de chocolate, la física de las películas de Starwars, el amor y su relación con la sociedad.

Yo no nací sabiendo cómo tener hijos, cómo criarlos y cómo hablar con ellos para que desarrollen todo su potencial. Nadie nace sabiendo de forma teórica cómo debe de hacer feliz a los demás. Es la convivencia la que te enseña a convivir.

Como todas las madres, he tocado de oído. Sigo tocando de oído y como todas las madres, creo que me dejo mucho, mucho por hacer y que debo mejorar. Simplemente, he tomado unas decisiones a largo plazo, como buscarles el colegio que mejor les va, y otras más rápidas, con el instinto, como eliminar aquello que les disgusta, confiando en que irían madurando en unas cosas, saliendo de otras, escogiendo ellos mismos, ya de adultos, aquello que ahora no tienen tiempo de aprender.

Hay que aceptar que no podemos darles todo aquello que la sociedad marca como necesario, o importante, aunque a veces nos resulte muy difícil entender que lo que no les damos ahora, no son, necesariamente, puertas que les estamos cerrando para su futuro.


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