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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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Mentes criminales

El otro día vi un documental sobre los asesinos que me dejó fascinada. No iba de crímenes, sino de cómo tienen estructurado el cerebro. A lo largo de los últimos cien años se han llevado a cabo diferentes estudios que nos explican cómo es la mente criminal, el origen biológico de la violencia, el origen social del desprecio por otras vidas, si los hombres ya traemos de serie algún defecto, alguna tara, algún gen de nacimiento más o menos culpable de la agresividad exacerbada.

El psicólogo Adrian Raine se dedicó a escanear cerebros criminales. Asegura que en la mayoría de los cerebros de los hombres más violentos encontró una muy baja actividad del córtex prefrontal, la zona encargada de ponerle filtro a los comportamientos impulsivos o agresivos que parten de la amígdala. ¿Significaba esto que los asesinos venían ya con la violencia de serie y un cerebro destinado a matar? Ni mucho menos. Estudios sucesivos y complementarios demuestran que aunque es habitual esta baja actividad del córtex prefrontal en los criminales, no es que ellos nazcan con esta zona del cerebro defectuosa. Lo que ocurre es que una infancia violenta, el abuso y la falta de socialización correcta, forjan el cerebro, por decirlo de alguna manera, haciendo que el córtex prefrontal tenga menos conexiones neuronales con la amígdala, que es el centro de los impulsos agresivos.

En otro de los estudios que mostraba el documental, los psicólogos hacían un experimento con niños pequeños, de entre 2 y 4 años. Niños que aún no tienen formadas las suficientes conexiones entre la amígdala, responsable de la agresividad, y el córtex prefrontal (el filtro racional, por así decirlo). Los ponían a todos a jugar en una gran habitación con un solo patinete. Quince niños y un patinete, imagine usted. Allí se liaba la de San Quintín, porque todos querían el único patinete y la cosa acababa en golpetazos, rabia y lloros. Ahora, cuando ponían a estos niños muy pequeños en compañía de otros niños algo más mayores, a los que se les había enseñado a compartir por turnos, los mayores les enseñaban lo que había que hacer para poder disfrutar todos del patinete y los pequeños rápidamente aprendían a negociar y a no usar la violencia. Lo que descubrían los científicos y que es lo valioso aquí, es que los niños que son “entrenados” para compartir desarrollan más conexiones neuronales entre la amígdala y el córtex prefrontal. Es decir: su cerebro cambia físicamente y la agresividad procedente de la amígdala se equilibra con la prudencia procedente del córtex prefrontal. El cambio de comportamiento es fisiológico.

Todo esto, además de entretenerme mucho, me hizo pensar lo obvio. Eso que las madres sabemos por instinto y sentido común: que los niños criados en el amor y en el respeto a los demás van cambiando y convirtiéndose en personas más tranquilas, menos agresivas, más felices. De ahí pasé a pensar: mis hijos rara vez se pelean. Siempre he tenido tolerancia cero a las peleas entre hermanos y desde muy pequeños les he dicho a mis hijos que esta es la casa de las bromas, del amor, de la risa y de los achuchones. Tras una fraternal pelea siempre había una sesión de “miniterapia”, de razonar y explicar, de pedirles que expresaran sus miedos y de explicarles el verdadero motivo de la rivalidad entre hermanos. La cosa siempre acababa con bromas y yo les obligaba a besarse, aunque costase sacar de ellos un beso sincero. Nunca lo dejé pasar.  Ahora ya no tengo que decirles que se abracen o se besen. Solo basta con “pídele perdón a tu hermano” para que el agresor abrace y bese con sentimiento de culpa y reciba la recompensa de ser perdonado con amor. Tanto he insistido en esto, que mis hijos, para llamar mi atención, ahora no se pelean, sino que se besan, se abrazan, se dan cariños haciendo “la montaña del amor” hasta el hartazgo empalagoso y la risa familiar.

Un día fui a casa de una amiga que tenía dos niños. Eran mellizos y competían con virulencia por el amor de sus padres. Ya sabemos que a más rivalidad más agresividad cuando son muy pequeños. Me llamó la atención que en aquella casa había dos de todo: dos bicicletas exactamente iguales, dos peluches de Micky Mouse, dos patinetes rojos, dos motos idénticas, dos balones de reglamento, dos coches de batería de esos ultracaros, exactamente iguales. Aunque entendí perfectamente lo de los dos patinetes, cuando vi aquellos dos coches carísimos que solo se pueden usar por el jardín, le dije: “¿Caray, también de esto le has comprado dos exactamente iguales? ¡Qué ruina!”.

Me respondió que si no les compraba dos juguetes idénticos siempre, se iban a pelear a muerte.  Yo pensé: “hombre, pues enséñales a que conduzcan por turnos, si el coche tiene dos asientos”, pero claro, me lo callé. Cada uno educa como puede, como le conviene o como le sale de las narices y además, yo no tengo datos suficientes para ponerme en el pellejo de esa madre. De todas formas, el instinto me dijo algo y desde aquel día, cuando me veía obligada a comprarles dos juguetes a mis hijos, procuraba que fueran siempre muy distintos. Mi lógica era que su mal comportamiento nunca tuviera recompensas indirectas. Comprándoles juguetes distintos, un día una cosa a uno y otro día una cosa al otro, se acostumbraron a compartir y a que no siempre llueven regalos para los dos. La vida es justa a la larga, por acumulación, no en el instante concreto.

Enseñar a compartir, a hacer las cosas por turnos, evitando caer en la dictadura del griterío infantil es bastante duro. Desde fuera puede parecer chupado, pero no lo es, no. Los niños pueden ser terriblemente violentos, indomables, cuando son muy pequeños, y a veces, las madres encontramos atajos para no sufrir que nos meten en verdaderas ratoneras a largo plazo. Si bien no juzgo a nadie, solo faltaba, yo siempre he sido partidaria de coger el toro por los cuernos, de tirarme por los rápidos, de enfrentarme a ese caballo bronco hasta acostumbrarlo a lo que es aceptable. No siempre lo he conseguido, pero siempre lo he intentado. Esto, creo, es la educación. Poner a los hijos en dicotomías, hacer que se vean obligados a resolver problemas y a negociar. Acostumbrar al cerebro al amor como solución a los conflictos, en lugar de a la confrontación.


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