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Sí nos da la vida

El blog de Lea Vélez

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La felicidad está en los márgenes

Hoy les dije a mis hijos, “yo os cuido, pero crecéis solos”. Esto es así y está bien que así sea. Con mi ejemplo y mis explicaciones les doy modelos de cordura, con mi amor y mi -muy imperfecto- sentido de la justicia, les ayudo a que sus conexiones cerebrales formen lazos entre la amígdala y el córtex prefrontal, poniendo filtros a la irracionalidad, el instinto y la furia. Con los lácteos que les compro, les doy más o menos calcio y con los bollos que me piden, más o menos veneno (mejor no pensarlo), pero es la naturaleza, es el milagro de la biología, quien los construye de verdad.

Ahora bien, la biología se modela. El cerebro, que lo guarda todo, puede traumatizarse, puede regocijarse, puede volverse adicto, puede tener una estructura tendente a la violencia o a la bondad según el medio ambiente. Esto es así y debemos tenerlo en cuenta y por eso, la maternidad es una fascinación constante.

Yo he aprendido a relajarme, a tener una seguridad en mi forma de educar, a mantener una estructura simple de premios sin castigos (nunca los he necesitado) para conseguir hijos responsables. He logrado no tener que hacer mucho más que lo imprescindible y he conseguido contenerme a la hora de cargarlos de actividades u obligaciones, para dejar que su mente se salga de la norma, si lo desea, pero con los límites necesarios para ajustarse a la sociedad.

Ahora mis hijos están en una edad en la que ya puedo mirar hacia atrás y ver un cierto recorrido, diez años, en el caso del mayor. Así, comprendo que he hecho mucho por ellos, por formarlos y educarlos, pero sobre todo, por consolarlos y apoyarlos, quitarles el miedo y darles seguridad. Darles la seguridad de que son niños y pueden seguir siendo niños hasta que ellos quieran.

He comprobado que cuanto más segura estoy yo, menos miedo tienen. Cuanto más relajada, más sensatos y mayores y felices.

No somos libres nunca, no estamos exentos de nuestra biología y de nuestra genética o del hogar en el que hemos nacido, claro que no, pero la vida es mucho más justa de lo que pensamos porque el amor es universal y al final, todo se reduce a que nos quieran y a saber querer.

Me va a quedar cursi lo que digo, pero como madre, veo que me pasa igual que con el jardín, con los macizos que planté hace dieciocho años, con mis árboles frutales y mis arbustos de flor. Tengo cada día menos que hacer.

Los niños nos piden el agua que necesitan, como las plantas, pero crecen y maduran solos. A más libertad, más sensatez, más creatividad, más facilidad para florecer, mas variedad de ideas y conexiones mentales. Solo hay que observar los campos de trigo que crecen junto a mi casa. Solo hay que ver ese mar de uniformidad, todas esas plantas iguales que parecen competir por ser iguales, con ese verde que empieza a volverse dorado. Solo hay que mirar los campos de trigo estos días, para darse cuenta de que, estos días, las flores más bellas están ahí donde no entra el tractor: en los márgenes libres de la carretera.

 


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