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El blog de Inés Sáinz

Un poco de cocina para el Día de la Madre

Mancha, hijo, mancha

Siempre he pensado que el Día de la Madre nos lo deberíamos coger libre. ¡Ése sería un gran regalo! No perseguir a nadie para que acabe de comer, para que se siente bien, para que no se manche, para que pida las cosas por favor, etc, etc, etc. Pesadas que “no” somos las madres… Pero es que no queda otra, no tenemos muchas opciones para que los niños estén entretenidos siendo tal y como son, burrotes que ponen todo perdido y patas arriba en un suspiro.

Así que, mamis, estamos de enhorabuena, porque he conocido un maravilloso lugar donde pueden manchar, jugar y cocinar a la vez, ahora que tan de moda están los chefs junior. Hace unos días me escapé con los tres enanos de la familia a un showcooking organizado por Hofmann en Cocinea. ‘The Hofmann Cooking Challenge’ lo llamaron. ¡Madrecita!

Lo de challenge lo decían por si éramos capaces de salir de allí sin manchas, imagino. Mi primer error de novata en estas lides fue llevar a los niños impecables, “de domingo” como decíamos antes, con su pelo engominado, sus camisas impolutas… Inesada, Inesada, vamos. Cuando vi el despliegue de toppings, chocolates, biberones de mermelada y azúcares de colores varios, lo único que pasó por mi mente fue que sería capaz en ese momento de vender mi reino por cuatro escafandras con traje completo. También pensé en lo bien que vendría allí un psicólogo que me ayudara a hacerles entender que si la piruleta de Oreo se rompe o las palmeritas se chamuscan un poco pues no pasa nada, se vuelve a intentar y no se agarra uno el mayor mosqueo del mundo.

Piruletas de Oreo que no nos quedaron ni tan mal

A mi hijo de casi cuatro años el interés en la cocina se le evaporó cuando vio que ya había metido las manos en todos los recipientes, probado todos los ingredientes y manchado todo lo manchable, y hasta lo que NO era manchable… Así que nos abandonó por la plastilina, y al rato le siguió Guillermo.

Nos quedamos Alejandra y yo luchando contra los elementos, que eran muchos. Conseguimos hacer algún chupa chups redondo y unas micro palmeritas sin chamuscar, pero porque Alejandra es muy habilidosa, que si es por mí salimos de allí ardiendo, seguro. Las mujeres demostramos más interés y paciencia en estas cosas del cocineo, por lo que allí vi.

¡Como nos manchamos en la cocina!

Definitivamente, he comprobado que el mejor regalo que se le puede hacer a una madre es pasar tiempo con sus hijos y que nos dejen ser lo más pesadas posibles, también. Por lo que rectifico mi primera frase del post y renuncio a mi día libre de regalo. Hacer cosas con ellos es el gran regalo. Así que, manchados pero felices, conseguimos acabar la jornada culinaria y poner rumbo a Alcalá de Henares para respirar el ambiente en torno al 400 aniversario de Cervantes y comer rico rico en la Hostería del Estudiante, donde nuestro querido Iker Martín Muela nos hizo un cochinillo digno de varias estrellas Michelin.

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