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El blog de Personal Lover

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¿Quién quiere casarse con un príncipe?

Megan Markle me da pena. Mucha pena. Ahora mi amigo Juan Carlos sentenciaría: “a mí me dan pena los obreros que se caen de los andamios”, que es la frase que siempre suelta cuando me pongo empática con las desgracias ajenas. Pero como dudo mucho que él lea este blog porque el romanticismo le repatea, lo repito: ¡qué lástima me da la novia del Príncipe Harry!

Él es atractivo, rico y parece encantador. Tres atributos con los que cualquier madre describiría al yerno ideal pero Harry también es un príncipe y eso anula todo lo anterior. Además, de la familia real inglesa, no uno de esos países que no sabes ni dónde caen pero que probablemente esté forrado y te permita pegarte la vida padre.

Casarte con el príncipe Harry supone pasarte el resto de tu vida en el punta de mira de los paparazzi, inaugurando hospitales y tomando el té con veteranos de guerra. Siendo juzgada por el largo de la falda, cómo mueves la mano al saludar o la naturalidad de tu sonrisa. ¡Con lo bien que vivía Megan! Protagonista de una serie de éxito, podía hacer lo que le diera la (real) gana. Incluso bailar por las calles de Madrid durante las fiestas de la Paloma. Pero eso ya se acabó. Y todo porque un día acudió a una cita a ciegas con un príncipe sin pensar que Cupido haría una de las suyas. La historia podría parecerse a uno de esos cuentos que nos leían de pequeñas si no fuera porque ya no somos una niñas y sabemos que lo de “fueron felices y comieron perdices” es solo una frase hecha.

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Sin embargo Megan puede darse con un canto en los dientes porque, salvo que ocurra una hecatombe, no ascenderá a reina y podrá comportarse de vez en cuando como la californiana que lleva dentro. Peor suerte corrieron Letizia o Máxima, que tenían un brillante futuro por delante como periodista y financiera, y han acabado ciñéndose una corona. Todavía habrá quien piense que son muy afortunadas porque ya no tienen que preocuparse por pagar la hipoteca o conseguir un buen cole para los niños. Que,como reza el dicho, viven como reinas. Pero estoy segura de que si a las humildes mortales nos dieran la oportunidad de cambiarnos por una de ellas, la inmensa mayoría rechazaría la propuesta. A mí los Reyes Magos ya me trajeron un disfraz de princesa, de terciopelo verde y bien de dorado, y con eso he tenido bastante.


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