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Adictas al amor

El blog de Personal Lover

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¡Quién tuviera 18 años y fuera Amaia!

Lo que más me gusta de Operación Triunfo es la pareja Alfred- Amaia. En esto no soy nada original; creo que media España sigue el programa para ver cómo evolucionan los tortolitos. Pero en mi caso no es por su capacidad vocal ni sus dotes para tocar todos los instrumentos que les pongan entre manos, sino por cómo se quieren.

¡Hala, ya lo he dicho! Porque por mucho que algunas presumamos de tener alergia a la ñoñería, hay parejas que te cautivan. Como esas que hace tiempo que celebraron las bodas de oro y van por la calle cogiditos de la mano. Tal vez cuando tenían 40 años y hacían malabarismos para criar a tres hijos se tiraran los trastos a la cabeza, pero han recorrido juntos un camino tan largo que ya no sabrían qué hacer el uno sin el otro. ¡Cómo era Paul Newman mirando con arrobo a Joanne Woodward! Me pondría esa foto de fondo de pantalla…

Y con algunas parejas de posadolescentes me ocurre lo mismo. A otras las mataría, pero en este post hemos sacado nuestra parte más tierna y voy a mantenerme firme hasta el final. Alfred y Amaia son adorables, espontáneos, cariñosos, inteligentes, respetuosos… Y se aman como solo puedes hacerlo cuando tienes toda la existencia por delante y todavía no se te ha retorcido el colmillo a causa de las preocupaciones y las puñaladas traperas.

¡Qué envidia me dan! Pero la mayoría de la gente afirma que no regresaría a sus años de juventud ni loca. O que solo lo haría cargando una mochila con todo lo que la vida les ha ido enseñando. Un disparate. Porque la gracia está, entre otras cosas, en enfrentarse a lo que venga con la inocencia intacta. Y, sobre todo, al amor. De qué les serviría a los “triunfitos” saber que la pasión tiene fecha de caducidad, que amarán a otros, que llorarán lo que no está escrito por un desengaño, que los hay infieles y traicioneros, que no siempre serán correspondidos…

Si todos nos acordamos de nuestro primer amor “adulto” como si fuera ayer es precisamente por eso; porque lo disfrutamos –y sufrimos– como si no hubiera un mañana. Podrá haber pasado una eternidad pero recordamos su nombre, su cara, el primer regalo o el primer beso sin apenas esfuerzo. El mío se llamaba José y lo reconocería en el fin del mundo. No puedo decir lo mismo de otros…


Además…

Cuando él te da vergüenza ajena
¿Eres de Jennifer o de Angelina?
¿Mejor sola o acompañada?

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