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San Valentín: el amor está en la red

Prepárense para San Valentín. Tomen aire, relájense y no entren en pánico cuando crean que ya no son capaces de soportar ni una gota más de almíbar. Si han sobrevivido a todos los “sanvalentines” desde que las redes sociales irrumpieron en nuestras vidas, allá por 2004, podrán hacerlo una vez más. Y que conste que no es fácil, porque los mensajes acaramelados (y rebosantes de emoticonos) traspasan generaciones y fronteras.

Desde Madonna y Michelle Obama a Sara Carbonero, Cristina Pedroche y todos los futbolistas imaginables, son pocos los que se resisten a declarar su amor a los cuatro vientos. “Cuidemos esos corazones que palpitan al unísono”, “28 años contigo y me siento como el primer día”, “Vivir a tu lado hace que todos los días tengan algo especial”, “El mejor regalo de San Valentín es tenerte al lado”, “Mientras te abrazaba supe que el mejor lugar en el mundo es contigo, siempre contigo”, “Hoy y siempre, enamorado de ti no, lo siguiente”, “No suelo creer en un día sino en todos los que pasaremos juntos”… Y así, hasta el infinito y más allá.

En esto de San Valentín, no suele haber medias tintas. O entras por el aro o haces como si no existiera. Ocurre lo mismo con el día del padre o de la madre. O, si rizamos el rizo, con el de los vuelos espaciales tripulados o el de las aves migratorias, que aunque parezcan de broma también existen. Sus defensores están tan abducidos por el amor que lo celebran con ramos de flores y cenas románticas o les da por hacer partícipes de sus sentimientos al resto de la humanidad (literal). Sus detractores aducen que es una cursilada, un invento de los grandes almacenes –y, de paso, no se rascan el bolsillo– o que por qué festejarlo el 14 de febrero cuando puede hacerse los 365 días del año. Unos y otros son respetables, ¿no?

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Personalmente yo estoy más cerca del grupo de los escépticos (o cascarrabias, según se mire) pero confieso que cuando algún enamorado me ha sorprendido con un ramo de flores que no cabía por la puerta me he emocionado como una quinceañera. Pero de ahí a hacerme una foto y subirla a Instagram con cara de cordero degollado hay un abismo. Se qué mis amigas enfermas de desamor o, directamente, ignoradas por Cupido, no me lo perdonarían nunca. Y cuando digo nunca es nunca.


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