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Carlota, Dimitri y las consuegras

Corren rumores de que Carlota Casiraghi, de 31 años, se ha comprometido con Dimitri Rassam, productor de cine de 36 e hijo de Carole Bouquet, mítica actriz de cine francesa e íntima amiga de Carolina de Mónaco. Han posado los dos juntos en la última entrega de los premios César y ya se han disparado todas las alarmas, aunque sabiendo que la monegasca tiene tirón a dar la espantada si yo fuera el novio no me fiaría ni un pelo.

Carlota también ha demostrado cierta querencia por los hombres de origen árabe; en su curriculum, breve pero intenso, se le conocen tres: el millonario Alex Dellal, el actor Gad Elmaleh –padre de su hijo Raphaël– y su actual pareja, Dimitri Rassam. Un comportamiento de lo más común por mucha realeza que corra por sus venas. Hay quien está poseída por el espíritu de Liz Taylor y se casa las veces que haga falta y a la primera de cambio, quien solo tiene ojos para los calvos, las modelos –léase Leonardo DiCaprio–, los ratones de biblioteca o los casados.

Y esto no es que sea ni bueno ni malo pero si uno repite muchas veces el mismo patrón es porque hay algo que no acaba de funcionar y tal vez habría que prescribirle un cambio de aires… 

Pero a mí lo que más gusta de la historia de amor de Carlota y Dimitri es que sus respectivas madres sean íntimas. Ya me estoy imaginando a la princesa Carolina dándole toda la vida la tabarra a su hija con el bueno de Dimitri: “¿no te has fijado en el hijo de Carole? Es guapo, listo, trabajador…”. Y Carlota, en plena “aborrescencia”, contestándole cualquier exabrupto, hasta que un buen día descubre que su madre no estaba tan descaminada. Probablemente, todas hemos pasado por un trance similar pero sin la recompensa del final feliz.

Yo recuerdo como una auténtica pesadilla un verano con unos amigos de mis padres en que unos y otros se empeñaban en que lo mío con Luisito podría ser el inicio de una buena amistad, pero él prefería congraciarse con los videojuegos y yo con los italianos. Muchos años después acudí a la boda de José, el hijo de la “tía” Maritere y, entre el vals y el pasodoble, le confesé que lo mejor de la catequesis era observarle ejerciendo de monaguillo. Por su cara de estupor deduje que no era el mejor momento para una sesión de psicoanálisis pero es que los que tendemos a lanzamos a destiempo también somos multitud.


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