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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

la primera vez

Que la “primera vez” no sea la última…

Somos animales biográficos. Somos el resultado de las “cosas que nos pasan” y las relaciones con el mundo que vamos estableciendo a lo largo de nuestra existencia. Es decir, somos, en cuanto sujetos y hasta en cuanto a género, productos de la cultura. Nada hay ya en nosotros predeterminado, dado y trascendente que nos condicione para ser lo que somos. Cuando “pelamos la cebolla” de nosotros mismos no encontraremos ningún núcleo duro, nada esencial, nada trascendente que nos explique a nosotros mismos lo que somos, solo capas y más capas de cebolla… Al menos, eso propugnan ciertos planteamientos sobre lo que es un “sujeto”, desde mediados del siglo pasado (del existencialismo, por ejemplo, hasta la “Teoría Queer”, pasando por el posthumanismo de la posmodernidad)

Asociar “la primera vez” con el primer coito es perverso en sí mismo

Pues bien, sin entrar a confrontar esas tesis con las opuestas, una de esas “cosas que nos pasan” es la “primera vez”; algo así como el pistoletazo de salida de nuestra sexualidad, del proceso por el que, desde nuestra condición de seres sexuados, adquirimos, construimos y desarrollamos nuestra sexualidad.

Una especie de rito iniciático en lo sexual que hace un pase de niña a mujer y que va mucho más allá de ciertas manifestaciones orgánicas (una primera regla o aparición de vello en el pubis, por ejemplo) afecta a nuestra conformación en cuanto personas sexuadas, es decir, a nuestra sexualidad.

¿Y qué acontecimiento podríamos marcar que determinara “el antes y el después”? Sin duda tendrá que ser algo relativo a nuestra conformación erótica, a nuestra manera de vincularnos con los otros. ¿Podría ser nuestro primer beso?, ¿nuestra primera caricia?, ¿nuestra primera palabra diferenciable del balbuceo?, ¿nuestro primer signo de amistad? Sí, claro que podrían ser, pues todas ellas son manifestaciones “eróticas” en el sentido más amplio y estricto del término, todas ellas son manifestaciones de relación con el “otro” que no soy yo.

Sin embargo, nuestro marco de comprensión sexual ha preferido marcar otro momento culmen que podamos catalogar de mi “primera vez”. ¿Saben ustedes cuál es? Pues sí, naturalmente, porque a ustedes también les consta como su primera vez; es, nada más y nada menos, que el primer coito.

Es difícil que ninguna de nosotras haya olvidado el más mínimo detalle de ese encuentro; desde la persona, el lugar, el día… ¿Es eso porque realmente fue algo trascendente en nuestras biografía? No, en absoluto. Es así porque todo el marco de explicación de la sexualidad humana quiso que prestáramos especial interés en ese momento, que lo entendiéramos como algo capital que cambiaría nuestras vidas para siempre. Es así porque nuestro modelo de comprensión del hecho sexual humano es “coitocéntrico”, patriarcal y ligado a la reproducción.

Y es que un coito es solo una manera entre muchas de interactuar sexualmente e interactuar sexualmente es solo uno de los infinitos componentes de la sexualidad humana. Por tanto, no solo nuestros ojos estaban fijados en ese momento, sino los ojos, todos los ojos, de eso que venimos en llamar sociedad, la misma que nos atribuye el inicio con este “mefistofélico” acto de inicio de las “pérdidas”; la pérdida de la ingenuidad, la pérdida de la inocencia… la pérdida de la “virginidad”.

Peliculas-romanticas

Eso (y no lamer un pie) sí que tiene algo de perverso. Lo tiene porque esa excesiva toma de conciencia, ese “fijarse en exceso”, hace que ese encuentro esté abocado en la mayoría de los casos al fracaso. Si le añadimos nuestra lógica incompetencia en esos momentos para mantener, y muchísimo menos para disfrutar, una interacción sexual, la posibilidad de tener una sensación de “fracaso” se sigue incrementando. Eso, en sí mismo, podría no tener ninguna importancia; una puede rascar al embragar la primera vez que conduce un coche y acabar venciendo las 24 horas de Le Mans, pero el tema se complica cuando la exigencia de ese primer embragado puede condicionar toda nuestra futura capacidad de conducción. Y decíamos que es perverso porque, además, hace que consideremos que, previamente a ese encuentro coital, no teníamos sexualidad, lo cual es una burrada descomunal, pues ¿qué, si no el desarrollo previo de nuestra sexualidad, nos posibilitó ese primer encuentro? La primera vez que nos comemos un filete es “solo” la primera vez que comemos un filete, pero no la primera vez que comemos (y es comiendo previamente que hemos tenido que desarrollar el gusto por comer carne además de haber desarrollado nuestros molares y aprendido a distinguir lo crudo de lo cocido) Del mismo modo, cuando dejemos de “coitear” porque ya las fuerzas no nos alcancen o nuestros gustos se hayan desplazado, tampoco será el fin de nuestra sexualidad, pues ésta abarca lo que abarca la existencia de una persona.

El interés por el consumo de experiencias ligeras y secuenciales está a la orden del día

Hoy en día, digamos que desde que irrumpe en nuestro marco de comprensión del mundo el fenómeno neoliberal hace unas cuatro décadas, esa “primera vez” está perdiendo importancia en la biografía de las mujeres, y eso es bueno, pero lo que no lo es tanto es el motivo: ahora nos interesa mucho más el consumo de experiencias ligeras y secuenciales que el compromiso que implica el experimentar una situación. Aun así y pese a ese cambio, sigue siendo muy frecuente encontrarnos en consulta con mujeres que sufren de diversas dificultades sexuales derivadas de una maldita “primera vez” y no siempre porque fuera ocasionada por abusos sino simplemente porque no salió como les habían hecho creer que debía salir. Y algunos de estos casos son verdaderamente difíciles de resolver: requieren de esfuerzo y paciencia para resituar las cosas, aniquilar ese principio y conseguir que la primera vez no se transforme en la última.

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