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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Deberían las parejas felices ir al sexólogo?

Una reflexión sobre el crecimiento erótico-afectivo para parejas sin dificultades

Parece que es atribuible a Churchill la sentencia según la cual “la salud es un estado precario que no anticipa nada bueno”. Según esto, y valga como “zasca” para los cada vez más imperantes gurús del buen rollo y la felicidad “full time”, un estado de plenitud donde reine la salud, la estabilidad y la ausencia de problemas es, además de una posible distopía en lo social, un estado abocado a la crisis.

Con ello se deduce que la situación aconsejable y la que en definitiva se suele dar, es que siempre hay que estar un poco “tomado” por la enfermedad, la crisis o la inseguridad, que lo recomendable es tener una “mala salud de hierro”, mantenerse en esa frágil línea en la que los problemas no nos desbordan pero nos rondan por ahí.

Igual que la mejor manera para un chiquillo de tener un sistema inmunitario fuerte, es decir, un mecanismo defensivo solvente frente a la enfermedad, es socializarse pronto y tratar con las cepas de virus de otros chiquillos, la mejor manera de prevenir las dificultades sexuales es tener un sistema de comprensión fuerte, es decir, recursos anticipativos sobre las situaciones que nuestra condición de seres sexuados van a tener que afrontar en nuestra existencia.

Dotar a las parejas de recursos comprensivos antes de que se desaten los demonios

En la consulta suele ser costumbre, cuando asisto a una pareja y justo tras el apretón de manos, que uno de los dos miembros me indique que no les pasa nada, que son una pareja ideal y que, sexualmente, funcionan de maravilla. Supongo que se trata de no alarmar y de no diferenciarse (algo así como decirle a la terapeuta que no son ningún bicho raro y que no la van a morder) porque resulta evidente que, si así fuera y la pareja estuviera en óptima armonía, es decir, a punto de que se desatasen los demonios, nos veríamos en una güisquería y no en una consulta sexológica.

Al poco de charlar con ellos, empieza a aparecer el cabo que acaba arrastrando toda la retahíla de dificultades que está desestructurando la pareja y que ha hecho que, finalmente, vayan a consultar a un especialista. Cuando esto sucede, también suelo pensar que es una lástima que no hubieran venido antes, a veces solo cinco minutos antes, en ese momento en que la dificultad amenaza con cuajar y todavía están a tiempo de batirla, cuando tenemos la madeja pero todavía no se ha formado el lío. Pongamos el ejemplo recurrente; la infidelidad.

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Cuando una pareja llega a la consulta por un problema de infidelidad, es siempre demasiado tarde, es decir, ésta, la infidelidad, se ha producido bajo el parámetro en el que los miembros de la pareja entienden eso de “infidelidad” con lo que los implicados se han visto sacudidos por ella y no tienen recursos cognitivos ni capacidad de diálogo porque la infidelidad es el reino de las emociones y el asesino de las palabras.

El que siempre sea demasiado tarde no implica que un buen profesional no pueda hacer nada, significa que la asociación “pareja” ya está dañada (el rencor empezará a aflorar en todas las formas vinculativas de la pareja) y que el proceso solo puede atender a la recuperación y a que la cicatriz no se recrezca y lastime órganos vitales.

El daño, en estos casos que son todos los que llegan a consulta, no ha sido tanto la presunta infidelidad como el no estar preparados para ella, el no tener ni vacuna ni antídoto, el no haberse preparado ni emocional ni comprensivamente para algo que iba a llegar… el no haberlo visto venir y el no entender lo que venía. De eso, y de los tratamientos preventivos que afectan al hecho sexual humano, se ocupa la sexología; de dotar a las personas de recursos comprensivos sobre lo que es la condición de ser sexuado, de posibilitar con ello el relato y la palabra antes del hecho, de anticipar las curvas (vaya lo de “curvas” también con segundas)

Sucede que, en ocasiones, tendemos a creer que el espíritu crítico es algo que tenemos y no algo que se conquista. Del mismo modo que creemos que, por el hecho de ser sexuados, sabemos algo de sexo. Sin embargo, el llamado “sentido común”, el saber enjuiciar los matices o la capacidad de discernir, en situaciones de una extrema complejidad, cómo es la convivencia en pareja, no es algo que forme parte de nuestras inercias racionales, no, eso requiere adiestramiento, valentía, recursos intelectivos y gestión emocional, cuestiones que solo se consiguen con la oportuna formación y en el duro ejercicio de la vida.

Una invitación a reflexionar

Esto ni es una llamada a ponerse la venda antes que la herida, más bien a quitársela de los ojos, ni es una apelación al miedo anticipativo con el que suelen promocionarse los diversos gremios de la “industria del bienestar”, ni siquiera es un reclamo a activar todos los estresantes mecanismos de vigilancia. Es solo una invitación a reflexionar sobre lo que nuestra condición hace de nosotros antes de que esa condición nos atropelle… Bueno, y otra invitación; ¿vive usted felizmente en pareja? Pues, disfrute. Y ya sabe, le espero en la güisquería de la esquina…

Valérie Tasso

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