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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El orgasmo: esa experiencia tan compleja y tan sencilla, tan cercana y tan lejana…

Os propongo un ejercicio; una pareja de amantes se encuentra y, desde el deseo, comienzan a mantener una interacción sexual. Se activan sus excitaciones. Suben las intensidades de gozo en la fase de la meseta y, de repente, uno de los dos alcanza el orgasmo. ¿Podríais relatarme literariamente esa situación?, ¿podríais describir con palabras lo que le pasa a esa persona en ese preciso momento del orgasmo? Difícil, ¿verdad? Si alguna/o de vosotras/os consigue no caer en cursilerías, en hiperbólicas metáforas trilladísimas o en fuegos artificiales literarios huecos, mandadme vuestros relatos y recibiréis mi máximo respeto.

El orgasmo: una experiencia inefable

Esa enorme dificultad de ponerle palabras a lo que sucede en el orgasmo se debe a una causa principal; el orgasmo no tiene palabras, es el gran “comedor de palabras”, es inefable. En él, no hay nada trasladable a lenguaje, el orgasmo es la visita efímera a lo no asumible racionalmente, a la suspensión de todas las descripciones. Lo antecede o lo acompaña el rugido, el sonido gutural, la expresión pre lingüística, el chorro fónico que no ha sido aún capaz de generar sentido, el aullido que no pudo cristalizarse en palabras. Y lo hace, además, de manera taxativa, indiscutible, personal e intransferible.

Cuando, en mi consulta, me encuentro a alguien que duda si ha tenido alguna vez un orgasmo o no, esa duda se disuelve por ella misma; la experiencia del orgasmo, la de habitar ese lugar en el que no tenemos dominio alguno, es, sencillamente, incuestionable porque no hay cuestión alguna que acepte (cuestionar es ya poner palabras en proceso) Así, cuando alguien me dice, “Valérie, vengo a verte porque no sé si he tenido un orgasmo o no”, sé perfectamente que no ha experimentado un orgasmo.

Una experiencia problemática a la par de fascinante

Su condición de no poder ser llevada a simbolización, de habitar un lugar donde la racionalidad es más inútil que una llave inglesa en la pezuña de un camello y la situación que comporta de habitar una experiencia inmediata sin la posibilidad de generar conciencia de ella (algo imposible en los seres humanos que, para existir, necesitamos generar conciencia aplazada de lo que experimentamos) es lo que ha hecho del orgasmo el problema y la fascinación que han organizado casi toda la estructura comprensiva de algunas disciplinas humanistas como el psicoanálisis (somos lo que hacemos con el enfrentarnos a lo “innombrable” que nos rodea, nos domina y nos trasciende, y el orgasmo es un ejemplo, una sinécdoque de ese tránsito a lo innombrable)

Y lo es porque, en el orgasmo, como en la muerte, hay un ir hacia un “no se sabe dónde”, hacia un “más allá” que nos trasciende (hacia un “lo Real” lacaniano, hacia lo “dionisiaco” nietzscheano…) Pero, a diferencia de la muerte, el orgasmo exige un regreso, un tener que lidiar, ya en el mundo racional de las representaciones, con lo experimentado. Por eso, quizá, Georges Bataille define al orgasmo como “la petite mort”, la pequeña muerte, la muerte que dura un ratito y que nos exige, como a Orfeo, el regresar de ella.

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El orgasmo y la imposibilidad de compartirlo

Pero además, el orgasmo tiene un componente exquisitamente cruel; es el fracaso de los amantes. El orgasmo, nuevamente al igual que la muerte, es radicalmente incompartible. Todos morimos solos, por más personas que nos acompañen en ese tránsito, todos tenemos un orgasmo solos, por más amantes que nos rodeen. Y eso, para dos amantes que buscan desesperadamente, violentamente, perder su principio de individuación para integrarse en una “unidad trascendente” (la del yo y mi amante), para alcanzar, disolviéndose el uno en el otro, anulando la tragedia de los “egos”, la “esfera” perdida, la originaria unidad “cortada” (“seccionada”, “sexuada”… pues el término “sexo” significa etimológicamente eso; “cortado”, “seccionado”), el orgasmo es un fracaso que vuelve a remitir a los amantes a ese “mi” orgasmo, a ese yo, que al regresar, debe tener conciencia de lo que ha pasado.

Y una cosa más que sirva de cierre; además de todo lo dicho, el orgasmo contiene otra característica más. Es diabólicamente fascinante. Fascinante cuando se experimenta y fascinante, también, si no se experimenta. El orgasmo, disgregando lo humano cuando acontece, conforma radicalmente lo humano cuando acontece.

Valérie Tasso

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