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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La caída del deseo en las parejas de largo recorrido

Cuando dos personas se conocen y surge entre ellas lo que llamamos un “flechazo”, o una atracción o un simple interés particular, solemos recurrir a muchos medios ridículos para medir nuestras posibles compatibilidades. Astrología, numerología, que te eche las cartas un adivino y hasta burdas coincidencias biográficas (“¿Que tú también tenías un chupete colorado?… ¡nuestro encuentro es un milagro!”) que permitan escribir el relato del enamoramiento o el de, en su caso, el deseo.

Pero mucho más allá de la sandez de que si los piscis son compatibles con los capricornio (o no) o que si la cifra de tu nacimiento da un siete y la del otro un 3 tenéis el éxito más que asegurado, hay un método infalible para medir afinidades que, de verdad, sí funciona; follar. Follar con el otro que se ha cruzado en nuestro camino a mansalva y como si el mundo se acabara mañana. Y eso es, más o menos, lo que hacemos todos nosotros cuando le servimos de diana a las flechas del angelote o al tridente de los diablos. Y justo antes de follar, en ocasiones solo unos segundos antes, lo que hacemos es besarnos, pero no besarnos como lo hacen dos personas cercanas, no, besarnos como si el otro fuese un pirulí que hay que llevárselo directamente al intestino grueso…Y es que el acto de besar así tiene mucho más que ver con el comer de lo que imaginamos. Así, los recién amantes se están besando cuando están follando y cuando no; en el metro, en la parada del autobús, en el parque, en el bar, etc.

Toda esta manifestación pública de afecto (afortunadamente, en nuestra cultura, dos personas se pueden besar públicamente sin levantar excesivas iras y miradas) pudiera parecer que esconde una voluntad de proclamar urbi et orbe la inmensa, y un tanto narcotizada, felicidad que sienten por su particular “milagro”. También habrá algunos que opinen que es una manifestación pública de privatización del otro o de propiedad compartida, algo así como el rótulo o la luz roja del taxi que nos indica que está ocupado y que, por más que levantes la mano, no se va a parar.

Otros dirán que el amor es así y lo que buscamos es la completa fusión con el otro para recobrar no se sabe qué unidad perdida. Pero, más allá de estas explicaciones, hay otra mucho más contundente aunque quizá menos literaria e imaginativa; los nuevos amantes se besan y follan sin parar porque se están probando. Están analizando, a través de todos los mecanismos de análisis sensoriales y cognitivos que tenemos a nuestra disposición, sus niveles comunes de compatibilidad. Cuando interactuamos sexualmente, exploramos de nuestro “partner” sus olores y sabores y hasta, sin darnos cuenta, factores bioquímicos derivados de estos y que no sabemos ni cómo se llaman, exploramos y ponemos a prueba sus códigos éticos, valoramos sus preferencias y restricciones, analizamos todas y cada una de sus expresiones de goce, violencia o sumisión. Interactuar sexualmente es un juicio. Un juicio eficaz, rotundo y contundente de compatibilidades por lo que pudiera venir.

La caída del deseo no es necesariamente sinónimo de una pérdida del amor

Pero, y aquí viene el punto más gris, llega un momento en la vida en común de una pareja de largo recorrido en el que ya no hace falta ver el horóscopo, echar unos números o contratar una pitonisa para saber si somos o no compatibles con el otro. Y, desgraciadamente, tampoco nos hace falta follar tanto. Este hecho, comúnmente conocido como la caída del deseo por la pareja,suele ser visto por muchas de estas asociaciones sentimentales que llamamos parejas como un drama y como una consecuente pérdida del amor. Y no debería ser así. Sí es cierto que puede entreabrir con más facilidad la búsqueda de nuevos “pastos” frescos por parte de cada uno de los miembros,pues el deseo es caprichoso y ávido de novedades, pero esa mayor avidez por mirar hacia afuera no implica necesariamente una caída del amor, solo una, posiblemente transitoria, redirección del deseo.

Del mismo modo, también pudiera darse, y en eso el terapeuta tiene que andar listo, que el sexo haya recogido, como hacen los bivalvos con la porquería del mar, todas las fricciones y traumatismos con los que ha tenido que enfrentarse la pareja a lo largo de su recorrido y esa caída del deseo mutuo se acreciente. Pero, insisto, la causa principal y la que indefectiblemente se da en este tipo de parejas es que ya no tienen que “medir” sus afinidades. Entonces, si interactuar sexualmente es un juicio de compatibilidades y llega un momento en la vida de una pareja en el que ya no es necesario seguir evaluándose, ¿significa eso que va a dejar de interactuar sexualmente? No, porque afortunadamente, establecer interacciones eróticas no se hace solo por esa causa sino también, y esto, en las parejas maduras, cobra un valor capital, por su función hedónica. Porque suministra a ambos miembros placer corporal y afectivo.

De modo que, si el encuentro entre los cuerpos de los dos amantes viejos se fundamenta en el placer compartido, ello también significa que el interactuar sexualmente deviene un acto marcadamente cultural sobre el que se puede pactar y acordar (algo que los recién encontrados en el lecho no pueden hacer con excesiva facilidad porque establecer cualquier regla sería visto por ellos como una pérdida de su justificación pasional). Así, en una pareja consolidada, el sexo deviene un placer y un acuerdo, como ir al teatro o a pescar truchas (si es que los dos fueran apasionados de la pesca de la trucha). Es decir, algo profundamente compartido y que no sólo obedece a pulsaciones pasionales.


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