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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El “sexting”, una práctica antigua con pros y contras

“Compra bragas de puta, amor, y trata de perfumarlas con algunos de tus agradables aromas…”. Este mensaje, insertado dentro de una comunicación con otros mensajes de muy marcado carácter erótico, es “sexting”. Solo que este mensaje no es un SMS enviado desde un Smartphone sino del extracto de unas cartas de amor que James Joyce le escribió a su esposa y a las que ella respondía con igual descaro durante los meses de noviembre y diciembre de 1909.

En ese epistolario erótico, descubrimos un Joyce inimaginable para todos aquellos que del autor más vanguardista y genial del siglo XX solo conocen el “Ulises”. Las cartas podían, además, estar ilustradas con algunos dibujitos eróticos de falos, nalgas o soberbias eyaculaciones y, junto a lo escrito, serían el resultado del mostrarse de dos personas, Joyce y Nora. Pero no un mostrarse cualquiera. Éste es un mostrarse que no es simplemente un dejar asomar por un resquicio aquello libidinal que afecta nuestra sexualidad y que oculta y reprime nuestras reglas sociales. No, esto es un mostrarse a borbotones, un sacar para afuera todo el fondo de armario, un “exhibir” lo que está oculto y formalizarlo en una “desnudez” que se entrega. Exhibicionismo y desnudez son conceptos claves para entender esto que ahora llamamos “sexting” pero que es tan antiguo como el relacionarse dos individuos de nuestra especie.

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El “sexting” tiene riesgos porque muestra un “secreto” que puede llegar a ser ofensivo, erróneo y ridículo cuando se hace público

El neologismo anglosajón de “sexting” es propio de nuestro tiempo tan dado a las falsas novedades y se compone, como muchos habrán deducido, del prefijo “sex” y del apócope de “texting” (escribir) y hace referencia, naturalmente, a la correspondencia sicalíptica. En un principio, cuando se implanta el término, se trataban de mensajes del tipo SMS pero posteriormente y por los avances de la digitalización, remite al envío no solo de texto de finalidad erótica sino también de cualquier material (imágenes, videos, etcétera) que pudiera establecer esa relación erótica. Si a alguno no le gustan los anglicismos, puede emplear con toda la corrección gramatical el término “sexteo”.

La diferencia entre lo que hizo Joyce, que en este terreno no descubrió nada, y lo que hacemos ahora es el marco tecnológico de intercambio de información. Así, hoy en día, las posibilidades, la cantidad de información, los canales y las facilidades de acceso (antes, para escribir una comunicación erótica, había, al menos, que saber escribir) hacen que cualquiera, no importa su edad, con sólo estar un poco “encendido” pueda “sextear” con cualquiera y que además esa comunicación pueda ser vista, manipulada y difundida hasta al último individuo del mundo en la más remota isla del mismo mundo. Y eso, qué duda cabe, es un riesgo. Y lo es porque está a libre disposición de todos, más allá incluso de la posible malvada intención del destinatario de nuestra misiva, y es un riesgo porque no se trata depoder dar urbi et orbe una conferencia magistral en una prestigiosa universidad o un paseo por el campo con nuestro perro sino de nuestra desnudez, y no sólo la de nuestro cuerpo sino nuestra desnudez en el sentido más amplio del término.

Es decir, aquello que precisamente mantenemos oculto al ojo público porque muestra, mucho más allá de si preferimos rasurarnos el pubis o no, un “secreto”; eso que sólo tú y yo sabemos, como sólo Nora sabía que a Joyce le gustaban las bragas de meretrices sucias. Un secreto que es el punto de partida de la complicidad entre amantes y que, por tanto, y por lo general, sólo queremos mostrar al otro en circunstancias muy particulares de cercanía. Un secreto, el de la propia desnudez, que si se hace público deviene, además de ofensivo, erróneo y ridículo: mostrar públicamente el desnudo de una mujer que no quiere ser mostrada así, por ejemplo, acariciándose para un amante, es hacer de ella no sólo una perpetua reclamante de sexo sino además algo ridiculizable por estar fuera del contexto concreto en el que se produjo… prueben a felicitar a los novios en un entierro y verán a lo que me refiero.

Una magnífica erótica entre adultos que saben lo que hacen pero también una ventana para nuestro miserable entretenimiento

El “sexting”, por lo que venimos diciendo, puede ser una magnífica erótica entre adultos que consienten, confían y tienen pleno conocimiento de lo que comunican y a quién, pero también es una de las múltiples ventanas que tenemos hoy en día para marcar a alguien como centro de nuestro más miserable entretenimiento… y marcarlo para mucho tiempo pues, aunque el ojo público olvida pronto, la mirada interna tarda en sanar. Y es que en cuestión de entretenimientos, “todo es demasiado caro cuando no se necesita”… Por cierto, ¿saben de quién es esa reflexión?Pues de un autor irlandés al que le gustaba que su mujer se pusiera determinado tipo de braguitas. Cruel, ¿no?


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