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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué pasa si mi niño ve porno?

Lo he dicho ya en alguna ocasión; a los niños no hay que protegerlos del sexo, hay que protegerlos de la concepción que del sexo tenemos los adultos. Y el porno es un magnífico ejemplo de esa concepción. Esta realidad, lo de que el porno es solo una representación de la “concepción” que tenemos del sexo es algo que a muchos y muchas no les cabe en la cabeza. Lo que nos muestra el porno, de manera hiperbólica y hasta ridícula en ocasiones, no es el sexo en sí, ni tan siquiera la manera de interactuar sexualmente que tenemos en cuanto a seres sexuados, es sólo una manera de concebirlo. Y como sólo es una concepción del hecho y no el hecho en sí, hay que “aprendérsela” pues no se desarrolla de “natural” en nosotros.

Se aprende a creer que el sexo es eso que nos muestran ese continuo de imágenes igual que aprendemos a beber coñac, inhalar humo o deshuesar un pollo. Lo que sucede es que es una representación del sexo que viene de muy antiguo y sucede también que todas las eróticas que muestran concepciones distintas a esa puesta en acto de nuestra sexualidad, han sido, también de muy antiguo, catalogadas casi todas y sin matices, de depravadas, desviadas o parafílicas. Una particularidad erótica deviene fundamentalmente un problema porque cuestiona esa hegemónica visión del “sexo entre adultos”.

Además, el porno cumple una función; ser un modelo y estandarizar, por ello, las secuencias de una interacción sexual. Es decir, cumple la función de decirnos cómo, en qué orden y con qué intensidad debemos hacer las cosas (la recurrente línea que va de la felación al coito), cuál es la finalidad (en este caso una apoteósica eyaculación masculina) y qué rendimientos se esperan de los amantes (músculo, sudor, depósitos de semen como para llenar un pantano, capacidad para taladrar una pared y flexibilidad gimnástica) Con lo que no sólo es una concepción sino la perpetuación de un modelo “coitocéntrico”, “falocéntrico” y de exclusiva orientación masculina (por mucho que exista ahora el “porno para mujeres”)

Si un niño ve porno es como si le hubiesen dado aguardiente en lugar de zumo de naranja

Frente a la visión de este teatrillo de falos dispuestos a empalar a una manada de búfalos y suntuosas mujeres receptivas dispuestas a comérselo todo, un niño se sobrecoge porque su sexualidad no es esa. Su sensibilidad y su capacidad cognitiva se colapsan. No detecta ni pizca de ternura, ni de amor, ni de cariño. Se le hace inconcebible pensar que papá y mamá puedan agredirse de esa manera y que, además, él haya sido engendrado en semejante acto bárbaro… cuando a él le habían dicho que nació porque su papá y su mamá se amaron.

Así, la visión del porno en un niño que no haya alcanzado un mínimo de desarrollo físico y mental, es decir, de un niño que no esté preparado para empezar a “aprender” lo que los adultos creen que es el sexo, es, para él, una situación traumática. Tan traumática como darle aguardiente en lugar de zumo de naranja u obligarle a aprenderse de memoria “La fenomenología del espíritu” en lugar de leerle un cuento. Y todo eso no pasa, y esto es importante recalcarlo, porque el niño no tenga sexualidad, ¡claro que la tiene!, del mismo modo que tiene capacidad para sintetizar líquidos y capacidad para asimilar un texto.

Llegado a un determinado desarrollo físico y cognitivo, el niño querrá integrarse en la adultez. Y topará inevitablemente con el porno

Cuando nuestro hijo o nuestra hija alcanzan determinado desarrollo físico y cognitivo, se activarán en ellos resortes poderosos para interactuar con el otro. Es decir, se activarán mecanismos de amplitud de su marco erótico (hasta ahora sólo restringidos a papá, mamá, hermanos y algún que otro amiguito o amiguita de la escuela) y esa fuerza libidinal, absolutamente normal y necesaria para su existencia, le llevará a buscar el modelo establecido de interacción sexual. Y topará, inevitable y directamente, con el porno.

Y canalizará en él, con gran esfuerzo por su parte al principio y teniendo que tragarse más de un traumatismo, su deseo y su excitabilidad erótica, porque a determinada edad, lo que el niño quiere por encima de todo es integrarse en la adultez, ver las cosas como las ven los adultos y hacer las cosas que hacen los adultos….y en materia sexual, desgraciadamente, no parece que exista otra exposición que ese parcialismo erótico, ese otro “des-trozo”, que venimos en llamar “porno”. Y por ahí hemos pasado, con mayor o menor dificultad todos los que hemos acabado siendo adultos.

Sucede que, quizá antes, y por lo que una es capaz de recordar, las vías de acceso a estas representaciones estaban más restringidas, exigían un mayor ritual aproximativo, había una mayor progresividad. Ahora, con la ideológica imposición del “imperativo de gozo”, con la posiblemente bienintencionada gana de “desacralizar” todo lo que hace referencia a la sexualidad humana, y con la cada vez mayor exigencia de rendimiento a los chavales (en el terreno académico, profesional, afectivo…y sexual), la cosa se complica un poco. Y es que normalizar ciertas cosas está muy bien, pero no hay que olvidar aquello que ya detectó Michel Foucault hace cincuenta años; normalizar es, ante todo, permitir que el poder actúe en nosotros con mayor eficacia. Y a servidora, determinadas formas de poder de hoy en día no le gustan nada.


 

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