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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Los neologismos en el sexo: ¿algo nuevo bajo el sol?

Cuando Giuseppe Tomasi di Lampedusa escribió “El Gatopardo”, a mediados del siglo pasado, describió una de las claves que explicaría nuestro actual tiempo. En un momento de la obra, Tancredi Falconeri, que representa la adaptabilidad a los nuevos tiempos frente a la melancolía por los tiempos que están dejando de ser y que encarna su tío Don Fabrizio, le indica; “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

A esa circunstancia de generar la sensación de cambio pero con el único objetivo de preservar lo mismo, se le conoce, en honor al autor, como lo “lampedusiano” o el “gatopardismo”. Y es, como decíamos, una de las más definitorias características de nuestro marco ideológico, que, inspirado en estrategias comerciales y tecnológicas, vive de la irrupción seriada de novedades, de eventos, de lo “ultimísimo”, que es, en realidad, lo mismo de siempre; falsos acontecimientos presentados como “revolucionarios” que no son más que reaccionarios movimientos involutivos para dar sensación de desarrollo cuando solo pretenden conservar hasta la parálisis lo ya existente.

Todo lo que se pretende vender, que ya es casi todo, debe someterse a la estrategia de marketing de los continuos “restylings”. Lo establecido, lo que no nos perturba, lo que no varía el concepto,debe empaquetarse de manera novedosa, todo debe re-maquillarse con los colores de moda, todo debe hacerse obsoleto pronto, muy pronto, para que lo ya obsoleto pueda presentarse como novedoso, todo debe renombrarse con neologismos de fácil memoria…y todos nosotros, que tenemos la obligación de estar a la “última” si no queremos quedarnos atrás, preservamos el orden de las cosas aparentando que las cosas ya tienen un nuevo orden, que evolucionan.

De nada sirve nombrar con nuevos términos si no sabemos decir nada nuevo. De nada sirve tener continuas novedades en los aparatos tecnológicos de comunicación si no sabemos comunicarnos mejor entre nosotros. Y esta voluntad claramente ideológica, pues en realidad, bajo el imperio de lo novedoso, lo que de verdad se quiere conservar es la propia ideología que lo genera, inhabilita la verdadera posibilidad de movimiento crítico y reflexivo.

El “gatopardismo” también afecta al sexo

El conocimiento y el discurso del sexo se ven también profundamente afectados por el “gatopardismo”.Las presuntas novedades en forma de neologismos, prácticas y “descubrimientos”, esconden, aquí también, un profundo hacer que todo cambie para que todo siga igual. Nada más que un afán patológico por llamar la atención, por poner bajo los neones el mismo producto, nada más que hacer del sexo el “hombre anuncio” que vende algo. Hablar, por ejemplo, de “slow sex”, es no decir nada, o al menos, no decir nada novedoso, pues siempre se ha podido follar sin prisas, y lo mismo valdría para “sexting” (intercambio de información sicalíptica), “bud sex” (que un hombre mantenga relaciones eróticas con otro sin tener una orientación homosexual), “stealthing” (quitarse el condón en medio del acto sin el consentimiento de la pareja), etcétera, etcétera.

En el ámbito de las relaciones, también sucede lo mismo: presentar como novedad y progreso lo que ya desde que tenemos dos piernas se viene dando. Basta como ejemplo el presentar como novedoso el ahora tan traído y llevado “poliamor”, olvidando que, desde los tiempos de Matusalén, ya se viene intentado en distintas culturas eso de establecer relaciones afectivas y carnales múltiples y simétricas más allá de la asociación pareja… y con parejos resultados de los que se dan hoy en día.

Con todo eso, nuestro conocimiento sexual se paraliza en espera de menos ruido y muchas más nueces

Y quizá, lo que a servidora más le repatea las entrañas, es que detrás de cada una de estas “aportaciones” de “tócame Roque”, siempre emanan los advenedizos de turno que, presentándose como expertos en la ultimísima novedad que llevará tu vida sexual a los límites insospechados,sólo buscan hacer negocio del papanatismo y del afán por estar a la moda del personal. O el grupúsculo fanatizado, proselitista y pelmazo que acaba de descubrir que lo suyo (rascarse la entrepierna con el dedo corazón) es la única causa verdadera que hay que revelar al mundo. Mientras, nuestro conocimiento sexual se paraliza en espera de menos ruido y muchas más nueces.

Forges tiene una viñeta gráfica en la que aparecen dos ancianas campesinas caminando por el campo. Una se dirige a la otra y, con cierto aire de desesperación, le indica; “Ahora que habíamos aprendido a decir pinícula resulta que lo llaman flim”… Y es que una cosa es renombrar y otra resignificar. Y la esclavitud del tener que saber lo que se dice ahora hace que nos perdamos lo que nos cuenta la película.


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