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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El sexo y sus estúpidas medidas

Lo que tienen, o lo que creemos que tienen, un “dato” o una “cifra”, es que son “indiscutibles”. Cuando el dato aparece, todo lo demás parece confinado a aquello que los griegos llamaban “doxa”, es decir, a una mera opinión especulativa. El dominio del dato es la palabra de Dios o, en su sustitución, la “episteme”, es decir (aunque no quiera decir exactamente esto), la ciencia.

Y ahí, chitón y a asumirlo, pues, si antes podíamos decir que con la iglesia hemos topado, ahora podríamos apuntillar que con la cifra hemos topado. El dato, frente al decir y por muy amparado que esté por el conocimiento o la autoridad, tiene un no sé qué de más que lo hace irrebatible, que anula cualquier discusión posterior, que hace agachar la cabeza al más bien plantado. El dato es la realidad y lo demás son “interpretaciones”. Así, al menos, nos lo suelen presentar. Su aplomo es que dato y ciencia parecen ser hermanos de leche… pero en verdad sólo son, y ocasionalmente, primos lejanos.

Hay cosas que no se pueden medir

En la realidad, todos sabemos que, con los datos, cada uno hace lo que le da la gana. Si los de Villarriba del Membrillo quieren demostrar que son más felices que los de Villabajo del Membrillo, podrán aportar toda una serie de datos… la misma cantidad más o menos que podrán aportar los de Villabajo del Membrillo para demostrar exactamente lo contrario.

Y es que el dato derivado de una medición cualquiera es, por mal que le pese y en multitud de ocasiones, dependiente del discurso donde este dato se inserte. Basta que el discurso se empecine en demostrar algo para que, inmediatamente, empiecen a surgir, como las florecillas en primavera, los oportunos datos que pretendan hacer indiscutible ese algo.

Lo cierto es que esta obsesión por los resultados de las mediciones, así como el afán por convertir en ciencia cualquier mandanga, nos hace hacer en muchas ocasiones el ridículo ¿Qué dato refleja el amor que siento por alguien?, ¿qué dato mide mi entereza?, ¿qué dato determina la felicidad que pudiera sentir ahora mismo? Ninguno.

Y eso es, sencillamente, porque hay cosas que no se pueden medir. Pero tanto es el afán por obtener el dato y ponerse el marchamo de “científico” y, desde allí, manipular a todo quisqui, que hasta las más exigentes disciplinas de eso que llamamos “humanidades” y que se encargan, precisamente, de esas cuestiones no medibles, se empeñan en encontrar el dato y en darle la oportuna significación. Y ahí es donde hacemos el imbécil.

Ridículo es no saber para qué se miden las cosas

La sexología, como disciplina que se encarga del conocimiento del ser en cuanto sexuado, anda un poco entre las dos aguas de la ciencia y el humanismo. Por un lado necesitó, sobre todo en su principio, establecer una serie de parámetros de tipo médico (“científico”) para valorar cuestiones funcionales de la maquinaria sexuada, pero por otro y de manera muy significativa, necesita manejar y aplicar sus conocimientos humanistas.

De la primera cuestión se ocuparon especialmente los sexólogos Masters y Johnson que partían de cero, pues la ciencia médica de aquel momento no aportaba información alguna ni sobre la respuesta sexual ni sobre lo que ocurría en un organismo humano durante un acercamiento erótico. Y tuvieron que medir y medir; tamaños de penes, tiempos para alcanzar el orgasmo, frecuencias de relaciones…

Todo ello con el objetivo de establecer unas medias y unas clasificaciones que, hasta entonces, no existían. A partir de ahí, el trabajo de un sexólogo es, nada más y nada menos, que intentar explorar cómo afecta la condición sexuada a la psique humana y a sus procesos de subjetivación sexuales, comprenderlos e intentar solventar las complejidades que comporta dicha condición.
Y una de las primeras cosas que aprende el sexólogo es que los datos le sirven de muy poco, en todo caso de cómo afecta al sujeto la cantidad ingente de datos estúpidos que sobre el sexo circulan en lo público y que lo controlan, lo “patologizan” y lo presionan. Si estúpido es continuar con mediciones relativas al tamaño del pene (la inmensa mayoría de penes son perfectamente funcionales independientemente de ese dato), al número de veces que hay que follar al mes (cada uno folla lo que quiere o lo que puede sin que ese dato indique en ningún caso un déficit patológico) o lo que dura un machote aguantando el coito (ni siquiera sirve ese dato para determinar una eyaculación precoz, pues ésta depende del sentimiento subjetivo del paciente), ridículo es no saber para qué se miden las cosas.

Sí, lo sé, los datos sexuales venden información. Pero, de verdad, ¿tiene algún sentido el medir si follan más o la tienen más larga los mencionados de Villarriba del Membrillo que los de Villabajo? Ninguno, ni para nosotros los sexólogos ni para la humanidad ni siquiera para los de estos pueblos… entre otras cosas porque habrá datos irrefutables que defiendan que, entrar en esa competición, es “científicamente” gilipollas.


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