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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Tengo que contar mi pasado sexual a mi pareja actual?

Con el pasado, pasa un poco como con la sabiduría; conviene tenerlo pero nunca hacer ostentación gratuita de él. Con aquellas personas que se pasan el día haciéndonos revisitar las fotos de cuando viajaron a Tonga o que nos relatan una y otra vez la respuesta que dieron cuando les ofrecieron la presidencia de la escalera de vecinos o que nos vuelven a referir las causas del por qué, teniendo un talento mayúsculo para la escritura,nunca llegaron a publicar un libro, una llega a la conclusión de que, lo que de verdad les pasa,es que tienen poco pasado.

Y eso es porque el pasado, como la sabiduría, se imprime y lo conforma a una, de manera que, en cuanto una se empeña en demostrarlos a todas horas, despierta en los demás el efecto contrario. Y es que hay cosas que, cuando se tienen,o resultan evidentes que se tienen o es que no se tienen. Y Lo evidente pierde evidencia cuando se quiere demostrar continuamente su evidencia.

Nuestra experiencia sexual

En nuestra biografía sexual, todos tenemos una pluralidad de sucesos que la han forjado. Bien integrados, asumidos y evaluados, nos confieren una comprensión de nosotros mismos y de los otros que incrementan el afecto que, en estos terrenos, podamos despertar. No se trata de un asunto de cantidad (el número o la variedad de encuentros sexuales que hayamos experimentado) sino de calidad en la evaluación de esos encuentros; lo que de ellos hayamos aprendido de nosotros mismos y de los demás.

El resultado de esa calidad evaluativa, mucho más que de la cantidad vivida, nos confiere eso que, por entendernos,  llamamos “experiencia sexual”. Y dentro de ella, y quizá como su más eficiente demostración, está el saber qué contar a nuestra pareja, cuándo y por qué.

Contar demasiadas cosas del pasado es arriesgado

Sucede que hay un momento, particularmente al inicio de una nueva relación, que los amantes quieren dar y recibir a destajo. Es ese momento que ya hemos mencionado en alguna ocasión en el que el desnudo propio y el del otro adquieren una amplitud mayúscula que linda con lo narcotizado. No basta con mostrar nuestra piel sino que hay que mostrar eso nunca sujeto a muestra que esnuestra intimidad.

Y hacerlo deprisa, pues ya se sabe que el tiempo para los amantes es otro. Es ese esfuerzo por decirlo todo y oírlo todo, por darlo todo y recibir lo mismo, un intento desmedido, pueril (aunque excusable) y radicalmente condenado al fracaso (afortunadamente) en el que, no sólo relataremos lo que “de verdad” somos sino que lo magnificaremos y nos engrandaremos hasta intentar conseguir ser, no lo que somos sino lo que creemos que el otro quiere que seamos. El cortejo es un momento más de plumas que de verdades.

Y es ahí donde haremos biográficos alardes de nuestra sabiduría, nuestra belleza y lo que es más arriesgado, de nuestra experiencia sexual. Arriesgado, porque una cosa es contar que estuvimos en Kiribati y, otra muy distinta, que estuvimos en Kiribati follando como una ñu en celo con un apuesto príncipe balinés directamente salido de las mil y una noches (todo ello, para demostrar nuestra “experiencia sexual”).

Y es arriesgado porque si esa persona que yace a nuestro lado se convierte un día en nuestra pareja, es posible que,en un futuro,podamos volver juntos allí donde da la vuelta el tiempo, pero lo que nunca podremos hacer es que él se sienta como el príncipe que nos embistió… Y en cuanto el zumo de naranja no esté lo suficiente fresco o dulce, inmediatamente surgirá en él el agravio comparativo (“seguro que cuando estuviste con ese cretino, os servían en lugar de esta mierda de zumo, néctar de ambrosía”).

Y es que eso es lo que tiene contar (y querer oír) demasiadas cosas del pasado; se instala en el otro un marco comparativo que lo acompañará mientras sea él quien nos acompañe. El pasado es un boomerang que nunca sabemos cuándo se va a volver hacia nosotros.

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Tu pareja querrá saberlo todo, hasta el más mínimo matiz

Pero, puestos a ser perversos, todavía hay un momento más delicado en la vida en pareja en el que contar según qué cosas, en nombre de la absoluta sinceridad, deviene un desastre; después de que le hayas puesto los cuernos con aquel agente comercial. Si, en ese preciso momento, no te sabes callar, es decir, no sabes ocultar la infidelidad o negarla y quieres recoser tu relación a golpe de sinceridad con tu pareja, lo único que vas a conseguir es descoserla a machetazos.

Y aunque creas que, en el relato y justificación del salto de cama, podrás evitar los más truculentos detalles, lo cierto es que no podrás; tu pareja querrá saberlo todo, hasta el más mínimo matiz, gesto y aullido en nombre de la presunta confianza perdida. Eso lo reclamará con la insistencia de un paranoico en nombre de la sinceridad y la complicidad puesta en cuestión y porque, aunque suene raro decirlo, el imaginarte con otro le duele casi tanto como le pone y ese ponerle todavía le duele más y le pone más…hasta que deje de ponerle posiblemente para siempre.

Así que reivindiquemos la plena comunicación, sinceridad y complicidad con la pareja. Preservemos la ética que implica el amor y seamos leales a nuestra compañía y abramos, si nos parece conveniente, las puertas hacia lo que en materia sexual nos ha sucedido y conforma nuestra biográfica sexualidad, pero primemos siempre en la selección de lo contado y en nuestra franqueza del relato la sabiduría de nuestra experiencia sexual a la propia experiencia sexual…sabiduría de la que forma parte el saber cosas como que el pez no es el único bicho lúbrico que muere por la boca.


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