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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué significa que mi pareja no quiera acostarse conmigo?

Al mismo nivel de inquietud se sitúan, en una pareja, el tan temido “tenemos que hablar” como el silencioso “no tenemos nada que hablar”. Cuando, en la pareja, una de las fórmulas aparece, el miembro de la pareja que recibe el mensaje no puede menos que echarse a temblar.

Y es que se le está pidiendo, nada menos, que un esfuerzo de comprensión para lo que viene unilateralmente decidido por parte del otro. Sucede que, en ocasiones, somos como los viejos augures y nigromantes que intentaban adivinar el porvenir en las tripas o el vuelo de las aves y aunque ninguna de estas dos advertencias se estén en verdad produciendo, los “signos” nos parecen indicar que se están produciendo.

Esta propensión a interpretar la realidad, no tanto por lo evidente sino por lo sugerido, es no sólo necesaria sino profundamente humana, lo cual no evita que podamos cometer errores interpretativos en la trayectoria del vuelo del pichón. Entre las manifestaciones implícitas que nos suelen hacer explícito el “no tenemos nada que hablar”, hay una que suele ser interpretada como inequívoca; mi pareja no quiere ya mantener relaciones sexuales conmigo.

La situación se agrava si, además, se produce una asimetría en el deseo. Es decir, si el que no quiere no quiere pero el que quiere quiere (y en ocasiones quiere más que antes… nada nos apetece más comer que lo que no tenemos en la nevera). En este caso, la negación carnal será indefectiblemente entendida como una privación del consenso, como una renuncia al compartir. Y no sólo porque se vea al que niega como a alguien que no quiere dar, sino, y lo cual es todavía más inquietante, porque se vea como la persona amada que no quiere recibir.

Una situación inquietante que nos lleva a interpretar lo que sucede

Cuando llega esta situación, como cuando levantaba el vuelo la lechuza, hay que ponerse a interpretar. La tendencia interpretativa común es que, o bien me engaña o bien algo que entendemos por subsecuente; ha dejado de quererme. Y no digo yo que una cosa, la otra o ambas puedan darse ante la renuncia de nuestra pareja a seguir cohabitando carnalmente con nosotros, pero sí puedo afirmar con seguridad que en la mayoría de casos, una cosa no implica la otra.

Si se trata de una infidelidad, los signos suelen ser muchos más y de mayor facilidad de lectura que una renuncia deseante al otro. Es más, en eso que solemos llamar la infidelidad, el sujeto que la comete tiende a disfrazar el caso y a amortiguar su culpabilizador malestar incrementando el número de las interacciones sexuales, con lo que más sospechoso que un desliz es que a mi pareja le entren unos súbitos ardores guerreros que el que suelte la lanza.

Existen muchas causas

En realidad, el deseo “hipoactivo” por la pareja puede tener tantas causas como datos biográficos tiene la asociación pareja (desde agentes estresantes y rutinarios pasando por cuestiones afectivas de mayor duración y envergadura) y ser además, si la caída es progresiva y compartida por ambos miembros, un proceso que podríamos decir “no sintomático” ni problemático sino consustancial al hecho de convivir durante muchos años con alguien. Si no se da este último caso, en su evaluación hay que considerar factores como la duración o frecuencia de las interrupciones así como algo que, no por evidente, tiende a ser tenido suficientemente en cuenta; lo que se dice.

Lo que dice el que experimenta una caída libidinal por su pareja y lo que relata su pareja. Interactuar sexualmente, contrariamente a lo que pueda creerse, es algo enormemente frágil y que puede verse sacudido por multitud de asuntos a los que el común de las personas no presta atención.Además, el sexo en pareja, recoge, como los mejillones en la roca, todo lo que flota en el mar, con lo que en su composición hay y se manifiesta de todo; desde nutritivas algas hasta residuos industriales.

Si a eso le unimos que es una manera más efectiva incluso que el grito o el llanto para llamar la atención, tenemos una poderosísima herramienta sintomática. Con ello, queremos decir que,en los casos que decíamos “sintomáticos”, si bien detrás de ese síntoma que es dejar de interactuar sexualmente con nuestra pareja siempre hay algo, casi nunca hay lo que creemos que hay.

De hecho, muchas veces hay más un “tenemos que hablar” que un “no tenemos nada que hablar”. Un “tenemos que hablar” que el que muestra la sintomatología no sabe nombrar, no es capaz de ponerle palabra, pero que requiere un hablar que se muestra de manera melancólica (apatía en la avidez) o coercitiva (el celebérrimo “chantaje emocional”).

En cualquier caso y de entrada, si esta situación sucede en nuestra pareja, tranquilidad, paciencia y buena lectura de este hecho. No nos vaya a suceder como a aquel general romano que, como era costumbre, consultó el augur antes del combate y cuando éste le vaticinó que, al cruzar el campo e iniciar la batalla, destruiría un ejército, salió envalentonado al enfrentamiento. Y así sucedió, pues al cabo de muy poco tiempo, aniquiló un ejército; el suyo propio… Y es que hay que saber ver las cosas, pero lo más difícil del mundo es interpretarlas.


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