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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué hay detrás de la moda del “Tantra”?

En estos lares, lo que de verdad nos gustan son los buñuelos de bacalao. Es decir, que a partir de un pez migratorio como el bacalao construimos algo, un buñuelo, de fácil consumo, digestivo, que no nos mira y que al final, de bacalao tiene poco más que el aroma.

Esa “buñuelización”del bacalao es el equivalente a lo que podríamos llamar el proceso de “capitalización” de todo lo que pudiera salirse del marco ideológico neoliberal que nos conforma, y que, básicamente, consiste en convertir toda la exterioridad, todo lo que no está de partida integrado en el sistema, en algo perfectamente integrado en él.

En algo para todos los públicos a lo que se le hayan quitado las espinas que pudieran poner en peligro o en cuestión lo que, por aquí, hacemos con nuestra vida y que sea de fácil consumo y rápida digestión. Y ese proceso de “integración” (en realidad es de desnaturalización, banalización y parasitación) es aplicable a todo aquello que pueda hacer temblar nuestro “way of life”; desde el “punk” originario hasta la filosofía de Nietzsche, pasando naturalmente por todos los “orientalismos” que de algún lejano templo en las montañas nos llegue.

Es, desde luego, una táctica curiosa, pues, muy al contrario de rechazar lo que nos amenaza, lo ensalzamos a fin de convertirlo en una apetecible mercancía. Así, mientras elaboramos el buñuelo, decimos que el bacalao es lo mejor del mundo, libre de PFOA, de parabenos y de rastros de gluten, aunque cargado de colesterol del bueno con lo que nuestra vida será mucho mejor y más gratificante consumiendo bacalao que en la etapa oscura en la que no sabíamos ni lo que era el bacalao… Sólo que lo que se nos ofrece no es bacalao, sino buñuelos de bacalao.

El Tantra de verdad es de una complejidad y de una dificultad no aptas para nuestras acomodadas seseras

En el sexo, este proceso alcanza su paroxismo. Basta ver cómo se integran, desnaturalizando, las eróticas que pudieran tener un puntito de inquietante, como, por ejemplo, el sadomasoquismo que acaba siendo “las sombras de Grey”. Con el tan traído y llevado “Tantra”, sucede tres cuartos de lo mismo.

En realidad, el “Tantra”, como el bacalao cuando está libre en el mar y no en la sección de congelados, es de una complejidad y de una dificultad no aptas para nuestros delicados estómagos (entiéndase, nuestras acomodadas seseras). Como mística y tratado doctrinal, recorre y centraliza aspectos esenciales de religiones tan extrañas a nosotros, por más que no lo sepamos, como el hinduismo o el budismo tibetano.

En sí mismo, el “Tantra” intenta ser una cosmogonía (un origen del todo) y una escatología (una disolución del todo) que pretende realizarse a través del culto a ciertas divinidades en su aspecto masculino o femenino, con unas técnicas de “iluminación” meditativas muy exigentes, específicas y esotéricas y que tiene su fundamento en la energía libidinal (la “Sakti”) de los opuestos que permite la generación y el sostenimiento de la realidad.

Y ahí es donde entra el sexo, pues, entre esas prácticas introspectivas, la interacción sexual junto, principalmente, al Kundalini yoga, es un símbolo de la transformación interior que se produce en el iniciado después de muy exigentes y arriesgados procesos de disociación que buscan la superación de las dualidades a través de la unión mística de los opuestos (léase masculino/femenino).

Naturalmente, el “Tantra” no es una “cosa” única y unificada sino que, en las dos religiones, existen multitud de escuelas, prácticas y finalidades que exigen algo más que un par de “sesiones” al mes, después de la oficina y del chocolate con churros. Por si la infinita complejidad y la exigencia que requiere una mínima aproximación al “Tantra”, tal y como es, no hubiera quedado clara, conviene recordar que se trata de un culto esotérico, es decir, que al contrario de, por ejemplo, el cristianismo, que es exotérico y por tanto busca su expansión y el proselitismo para todo el mundo, las enseñanzas tántricas sólo se imparten, allí donde se hagan, entre los iniciados y tras largos años de formación y sumisión a la causa, con lo que deviene una formación “secreta”.

Lo que equivale a decir que, de sus enseñanzas, aquí, no sabemos nada. Con lo que, cuando en Occidente, nos aparece un presunto “maestro tántrico”, lo que debemos saber es que, lo más probable, por no decir, lo cierto, es que es alguien que, todo lo más se ha comido algún que otro buñuelo de bacalao en su vida, y en ningún caso un bacalao que nada en las aguas del Mar del Norte.

¿Queremos decir con todo esto que lo que aquí se ofrece y se vende como “Tantra” es algo perjudicial o poco recomendable? No, en absoluto. Es agradable y normalmente relaja un ratito, pues básicamente los componentes del buñuelo que se comercializa y se vende son la tranquilidad, un poco de incienso, unas caricias agradables, dos gotas de música de sitar, algunos mantras, campanitas tibetanas y mucha jerga descafeinada y liofilizada en sanscrito. En cualquier caso algo más recomendable, menos sometido a rendimiento, genitalización y a claudicación que el traqueteo de tener que abrirse de piernas, el sábado por la noche que toca,y acabar invocando a todos los diablos.


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