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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

poliamor

El “poliamor” y la testaruda condición humana

Amar es establecer jerarquías. Cuando decimos “te quiero mucho”, no solemos decir “con relación a qué”, sin embargo ese “con relación a qué” siempre está implícito, porque si no no podríamos decir “mucho”. Pero tampoco podríamos decir “te quiero”. Querer es establecer comparativas y, a partir de ellas, unas jerarquías. Yo quiero extraordinariamente a mi perro, sin embargo, quizá, quiera algo más a mis gatos, y dentro de mis gatos, especialmente a uno. Eso no quiere decir que no los quiera a todos y esté siempre dispuesta a hacer cualquier cosa por cualquiera de ellos… pero si uno me tiene que faltar, por favor, que no sea ése gato.

El que yo tenga una jerarquía en mis amores no significa ni que sea una perversa o una persona injusta o caprichosa, quiere decir fundamentalmente que quiero, porque querer es establecer un involuntario orden de preferencias dentro de un subconjunto específico de “amantes” (mascotas, hijos, amigos…) y que pertenece a todo el conjunto de lo que se ama. El psicópata de novela negra debe tener ese problema de la igualdad en los amores; quiere literalmente a todos por igual (lo mismo quiere a su madre que a la primera que pase por ahí).

O, dicho de otra manera, no quiere a nadie. Tampoco el psicópata establece compromiso con nadie, al menos no establece con nadie más compromiso que con cualquier otro. Y es que amar y comprometerse son un binomio sellado con cinta americana.  

Siempre hay, en el amor, alguien en la cúspide

Así, a mi amiga Juana, la quiero mucho, pero quiero más a mi pareja. A Andrés lo quiero y follo con él de maravilla, pero quiero más a mi pareja… Siempre hay, en la cúspide alguien, no quizá para toda la vida, pero en el momento que determino mi amor, porque lo amo más en relación a todos los que amo y que están por detrás de él. Yo puedo querer (o creer que quiero) a un número ingente de personas pero siempre habrá una que quiera más (y la querré más porque la pondré con relación a las otras). Eso lo sabemos todos, aunque algunos se empeñen en intentar (teóricamente) negarlo; cuando digo “Pedro es un gran amigo”, estoy diciendo que mis sentimientos de amor hacia él son poderosos (quizá más incluso y de otra manera que hacia mi perro) pero menores que si digo “Juan es mi pareja”.

Decimos “pareja”, pero podría ser “marido” o “amor de mi vida” o “coles de Bruselas”, lo que fuera con tal de señalar, de indicar cualitativamente que ese amor es distinto, que está en el “top”, en el vértice de la cúspide de amores. Perder a Andrés me sabrá fatal y será un duro golpe del que me costará recuperarme pero perder a mi pareja hará que no me recupere (en cualquier caso que tarde mucho más en recuperarme que por la pérdida de Andrés). Todos los planteamientos del amor universal y del “quiere a tu prójimo como a ti mismo”, tienen buena intención y tratan de establecer los fundamentos de una ética de la fraternidad.

Una ética que lo que dice es “comprométete (o intenta comprometerte) con todos por igual”.  Un magnífico y necesario propósito que deviene una pesadilla si somos tan ingenuos de tomar lo de “igual” al pie de la letra y pretendemos comprometernos con todos por igual y amar a todos por igual… Si literalmente hiciéramos eso (afortunadamente, cosa imposible para un humano) lo que de verdad conseguiríamos es que ni nadie quiera a nadie ni nadie se comprometa con nadie. Y es que no hay peor pesadilla que una utopía hecha realidad.

Lo “igual” está muy de moda, el compromiso, poco

Sucede que, hoy en día, y eso es caldo fértil para todo tipo de ingenuos planteamientos, lo “igual” está de moda y el “compromiso” lo está muy poco. Así que, ahora es “in” y “posh” y hasta “trendy”, a poco que enredes a dos o tres más, el declararse abiertamente y con el corazón henchido de alegría, “poliamoroso”. Y lo que es más sospecho: hacer proselitismo de su reciente descubrimiento (aunque ese tipo de intentos ya se debió descubrir a la vez que el calentar el agua… Lo mismo que tardó en descubrirse lo rápido que se enfría) y, además,  tenernos a los que tenemos que lidiar a diario en quirófano con la condición humana por retrógrados e ignorantes (no hemos sido iluminados por la “gracia” de este planteamiento).

Si en consulta tuviera que hacer un ranking de las personas que más me visitan, no diría yo que son mujeres o hombres o parejas sino posiblemente “poliamorosos” (o “ex poliamorosos” escaldados). Porque pretender establecer una completa equiparidad y simetría en el sentimiento amoroso hacia los otros con el fin de erradicar de uno los sentimientos de competencia y de celos siempre tiene, a medio plazo, un doble resultado; el fracaso en el intento y el malestar sobrevenido por ese fracaso.

Y es que hay un dicho japonés que, si no recuerdo mal, dice algo así como “el codo no se puede doblar hacia atrás”, y uno puede ponerle toda la buena voluntad por ampliar los horizontes de la motricidad humana y romper con esa injusta discriminación de sólo poder doblar el codo hacia adelante, pero lo cierto es que el dicho siempre acaba cumpliéndose. Salvo que te fractures, en el “liberador” intento, el codo…


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