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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

asexualidad

¿Existe la ‘asexualidad’?

Cuando se determinó el término “automóvil”, hubo varias cosas que no se tuvieron en cuenta a la hora de designar “algo que se mueve por sí mismo”. Por ejemplo, que se emplee, para designar un vehículo que, en realidad, no se mueve por sí mismo; prueben a dejar a un Audi A 3 aparcado, sin nadie dentro que lo arranque y le ponga la primera y verán que el coche no se mueve… sin embargo decimos que es un automóvil.

También resulta curioso que quien fuera que creara el neologismo “automóvil” no tuviera en cuenta que empleaba dos términos de distintos idiomas en su composición; “auto”, que significa “por sí mismo”, proviene del griego y “móvil” (“que se mueve”) proviene del latín. Quizá hubiera sido más sensato llamar a la nueva máquina o bien “ipsomóvil”, usando el latín, o “autocinético”, usando el griego. Sucede lo mismo con un neologismo del XIX de carácter originariamente clínico y que afecta a las orientaciones sexuales: “homosexual”.

Homo” está tomado del griego y significa “lo mismo, lo semejante”, mientas que “sexo” es un término latino. Esta confusión de idiomas hace que, todavía, mucha gente crea que “homosexual” es exclusivamente el hombre que tiene una preferencia sexual por desear a hombres, con lo que quedan excluidas las mujeres en esa caracterización, pues “homo” en latín sí significa hombre, pero en griego, como hemos dicho, no, con lo que una mujer lesbiana puede perfectamente ser “homosexual” (es decir, que se orienta sexualmente hacia lo semejante)

Un neologismo incorrecto

Un neologismo todavía más reciente y todavía mucho más incorrecto es el de “asexualidad” o el derivado “asexual”. En este término ni siquiera el significante (la palabra) guarda relación con el significado (el concepto que designa esta palabra) Así, en su literalidad, “asexual” sería “el que no tiene sexo”, mientras que lo que intenta definir es a “alguien que no interactúa sexualmente con los demás”, vamos, que es un abstinente sexual.

“Asexual” no hay un solo ser humano, o si lo prefieren, sería más probable encontrar a un unicornio blanco y volador que a un “asexual”. Y eso es simplemente así porque no se puede ser humano y no ser sexuado. Es más, la “decisión” de no interactuar sexualmente con otro ser humano, no estimular su imaginario erótico, etcétera, que pretende designarse como “asexual”, es el resultado del desarrollo de la propia sexualidad inherente a la condición de ser sexuado. O dicho de otra manera; sin ser sexuado, uno no podría nunca ser “asexual”… Es algo así como declarar que uno es un ser humano “no pensante” sin tener en cuenta que, si ha decidido no pensar es, precisamente, porque piensa, porque es pensante.

Este error concreto es debido a que confundimos “sexo” con “follar”

Así, tenemos un término de categorización, el de “asexual”, que usamos cada vez más en el lenguaje común y que, lo único que demuestra es que no sabemos ni siquiera lo que significa “sexual”, con lo que cuando alguien se declara ”asexual” lo primero que podemos determinar es que no sabe ni lo que dice. El motivo de esta empanada no es otro que una sinécdoque, es decir, el confundir la parte por el todo. El creerse o el creernos, la mayoría, que sexo y follar son sinónimos, cuando en realidad el follar es sólo una parte (mínima, por cierto) de lo que significa ser sexuado.

No se puede ser “asexual” pero se puede vivir sin interactuar sexualmente

Por otro lado, está la actitud que intenta, erróneamente, designar ese término; el no querer saber nada de su condición de ser sexuado, el intentar no poner en práctica esa condición irrenunciable, por ejemplo, no interactuando sexualmente con los demás. Como actitud es perfectamente lícita, más que discutible tal vez, pero lícita y más antigua que el andar de pie. Sucede que, en nuestros tiempos de querer presentar, cada cinco minutos, “sorprendentes” novedades que afectan a todo lo que nos rodea, hay que mostrar lo viejo con un nuevo envoltorio para dar la sensación de que hay algo novedoso en lo mismo de siempre (un poco como pasa con los jabones de lavar la ropa).

Siempre ha habido personas que han intentado bloquear el desarrollo de su ser sexuado e incluso renunciar a él (cosa imposible como decíamos). Las causas son múltiples; que si dogmas abstinentes de tipo religioso basados en la castidad como purificación, que si planteamientos morales de tipo estoicistas y del control del deseo, que si hartazgo por entender que se vive en una cultura “hipersexualizada”…

En cualquier caso, propósitos que suelen emanar de un cierto tipo de “conversión” obsesiva, cuando no fanatizada, un tanto narcisista (pues tienden a cerrarse sobre el “uno mismo”, bloqueando la entrada erótica del otro) y que suele acompañarse de encubiertos componentes neuróticos. Y es que luchar contra el erotismo, con el establecer vínculos con el otro en sus infinitas modalidades no suele comportar nada bueno.

Pero es una decisión personal al fin y al cabo que merece ser respetada. Del mismo modo que uno puede decidir en vida, por mil causas (todas dignas de examen), el no volver a mencionar palabra, el hacer voto de silencio. Lo que no impedirá, en ningún caso, que siga hablándose a él mismo, pues el querer no volver a mentar palabra y el intentar mantenerlo reprimiéndose sólo se puede hacer hablándose, y hablándose continuamente. En cualquier caso, si la pregunta es si alguien puede ser literalmente “asexual”, la respuesta rotunda es que no.

Ahora bien, si lo que se pretende es preguntar si es posible que alguien pueda vivir sin follar, la respuesta es que , que es perfectamente posible, aunque no pudiéramos evitar el responder, con el mismo aire de sorpresa de aquel torero, cuando Ortega y Gasset le explicó a lo que se dedicaba y se nos escapara entre los dientes un; “¡si es que hay gente pa tó!” (aunque “toos” por particulares que sean, sexuados…).


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