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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Apps para ser mejores amantes

Una de las características más inquietantes de nuestro tiempo es la progresiva desaparición del sujeto capaz de decidir por él mismo. De aquel que, en base a su historia y su biografía, era capaz de tomar decisiones por él mismo. Un sujeto que, cuando la nariz le goteaba, podía utilizar el pañuelo sin que tuvieran que aparecerle continuamente trescientas cincuenta y cuatro manos dispuestas a sonarle los mocos de manera conveniente.

Era un sujeto, un hombre o una mujer, que había tenido que aprender las cosas por el mismo; desde atarse los zapatos (cosa de verdad complicada donde las haya), a asumir que él no era el centro del universo (algo todavía más complicado que lo de los cordones) y a aprender a besar convenientemente (y a saber por qué y a quién besa).

Eran tiempos en los que el “experto” era una figura de máxima autoridad y un último recurso reservado exclusivamente para aquellas situaciones en las que, de verdad, nuestras capacidades y nuestros conocimientos se encontraban sobrepasados, porque para el resto de los miles de desafíos, dificultades y problemas diarios de la vida cotidiana, ya había alguien que tomaba las decisiones por nosotros mismos; nosotros mismos.

En esa autonomía para tomar decisiones, y en la capacidad de asumir esa decisión, consistía el devenir un adulto, pues el que necesitaba continua ayuda externa era un niño. Después, hace unas décadas, la cosa empezó a cambiar y empezaron a emerger como las larvas de mosquito en agua estancada, una legión de expertos, asesores, coachs, consejeros y demás ”especialistas”, dispuestos a interferir con sus piadosos consejos y “científicas” recomendaciones en todas y cada una de las que, hasta entonces, eran nuestras soberanas decisiones.

Yo lo veo en consulta; hay personas que no deberían tener necesidad real de venir a verme pero que, por su dependencia del consejo externo, necesitan siempre a alguien que las guíe y sin embargo, hay otras personas que sí necesitan asesoramiento de verdad pero andan distraídas con no sé qué consejero de “feng shui”. Y es que, de un tiempo a esta parte, el más bobo del rebaño se hizo “experto” en algo y hasta el más listo del grupo se hizo dependiente de la supuesta “pericia” del bobo.

Apps para ser un experto en artes amatorias

Antes, cuando éramos sujetos que deveníamos adultos y autónomos, teníamos, por ejemplo, que aprender a seducir por nosotros mismos. Seducir no era sólo llevarse el gato al agua, sino saber qué gato era conveniente sumergir en el líquido elemento. Y, una vez seducido el bicho, teníamos que aprender a saber hacer con más o menos gracia lo que se supone que haga un amante.

Ahora no faltarán las almas caritativas en forma de “experto en artes amatorias”, “bestsellers” del “cómo ser el mejor amante del mundo mundial” y hasta apps para aprender a comerle el “chirri” a la parienta… y todo porque tú eres un poco tonto y además, ¿cómo vas a atreverte a comparar lo que la vida te haya enseñado a ti con lo que el “consejero” sabe?

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Estas apps te van a convertir en alguien radicalmente inseguro y dependiente

Y sí, hay apps que te enseñan a lamer un Smartphone de la manera que los expertos programadores creen que hay que lamer los genitales a una mujer, y hay otras que te miden cuántas embestidas eres capaz de dar o recibir por segundo, cuánto tiempo aguantas con el traqueteo y con qué frecuencia te metes en el “trantran” para, de ahí, deducir qué buen amante eres y cómo puedes mejorar.

Y hay apps que te dicen qué postura te toca emplear en el “folleteo” hasta que completes el cuadro con todas las posturas del “Kamasutra” (síntoma inequívoco de que has alcanzado el pódium de los elegidos) y hay otras que te aconsejan qué música emplearía en cada momento el mejor amante del mundo, para que te enteres… y hay más, muchas más que, tras el simple trámite de descargarlas en el móvil, te van a convertir en el mejor amante que hayan conocido los tiempos.

Cuando, en realidad, en lo que te van a convertir es en alguien tan radicalmente inseguro y dependiente que, en lugar de chupar un pirulí de menta, tiene que chupar la pantalla de su teléfono. Y es que, a este paso, vamos a tener que crear una app que mida lo tonto en que te estás convirtiendo en función de las app que descargues. Una app que, ya lo puedo anticipar, tendría un enorme éxito, pues; ¿quién, hoy en día, quiere tener que pensar en lo tonto que es si hay alguien que lo piense por ti?


Además…

¿Existe la ‘asexualidad’?
El “poliamor” y la testaruda condición humana
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