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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La reconstrucción del himen o la tontería de volver a ser “virgen”

Lo más interesante que tiene la virginidad es que se pierde. Como concepto pretende aludir a determinada situación de la vagina en la que por poseer ésta todavía el himen, permanece intacta (no “tocada”) e inmaculada (sin mácula alguna, es decir, sin manchas) y, por extensión, a que la mujer que posee la anterior característica orgánica de su vagina mantiene o ha sido capaz de mantener la “pureza” y la “inocencia”.

El asociar conceptualmente la “impenetrabilidad” de la vagina por el simple hecho biológico de poseer o no un himen es más que discutible. El himen, que en griego significaba “membrana”, es justo eso; una membrana carnosa en forma de anillo situada en la vulva y que recubre total o parcialmente la entrada de la vagina. No parece que cumpla ninguna función específica más allá de, quizá, servir tímidamente de protección natural contra infecciones bacterianas y parece que su existencia es un simple resto biológico del proceso de formación de los genitales femeninos.

Pero, al ser normalmente muy flexible y tener una extensión variable y por lo general parcial con relación a la entrada de la vagina, no garantiza su citada condición de “intacta”. Como nuestro cuerpo es bastante más sabio que nuestros sistemas morales, en cuanto este himen se molesta, bien porque la mujer realiza actividades físicas, bien porque la regularidad en la menstruación aparece, se suele desprender sin mayores traumatismos y sin que necesariamente se produzca ningún tipo de sangrado perceptible.

Con lo que tener himen no garantiza no haber hurgado por ahí y, sobre todo y más importante; el no tenerlo no significa el que se haya hurgado por ahí. Con relación a lo de la “pureza” e “inocencia”, también se puede desarmar sin tener que darle muchas vueltas a la cabeza; una mujer puede tener más actividad sexual que un conejo en celo y mantener a buen resguardo su vagina. Así que si el concepto es erróneo y se apoya en condiciones físicas más que discutibles, ¿por qué ha tenido tanta importancia en nuestra cultura y la sigue teniendo en otras?, ¿por qué en determinadas concepciones culturales del ser o no virgen depende el futuro cuando no la vida de la mujer?

Básicamente porque viene, de manera nuevamente errónea, asociada a dos cuestiones: coito y matrimonio. Creemos que el coito es la única erótica que determina la inocencia sexual de la mujer y hemos hecho del matrimonio tradicional y represivo una transacción en el que importa más el adquirir (y ofertar) un artículo que viene con precinto de garantía que el propio artículo en sí (la mujer). Si de verdad, en esa concepción moralista del matrimonio, al varón que quiere contraerlo le interesara más su compañera que su “estancabilidad” genital, pondría en valor que si bien la inocencia puede ser muy bonita en los cuentos de hadas, a lo que verdaderamente se asocia es a la ignorancia.

Alguien que nunca ha hecho nada, nada sabe de eso. La “pureza” es, llegada cierta edad, una forma piadosa de poner en valor algo que no lo tiene, pues hay poco valor en la ignorancia, el desconocimiento o la falta de experiencia de un ser humano. Del mismo modo y por lo que hemos dicho, el querer demostrar que se ha conseguido esa “preservación membranil”, es un intento inútil y traumático la mayoría de las veces, cosa que saben perfectamente los encargados de certificar esa sacrosanta preservación.

Lo que de verdad se pretende con eso de mantener la virginidad es que se justifique moralmente y a priori una extrema vigilancia de la chica, una coartación en nombre de que el producto no pierda valor en su puesta en mercado, a base de someter, condicionar y anular la existencia de la mujer.

 

La ciencia se adelanta infinitamente más que nuestra sabiduría

Pero hoy, como dice la copla, las ciencias adelantan que es una barbaridad (infinitamente más que nuestra sabiduría), casi tanto como crecen los productos que se ofertan al consumo, con lo que el recomponer el himen, volver a devolver la “pureza”, la “inocencia” y la “inviolabilidad” del conducto está a la mano de todas aquellas que tengan la suficiente pasta y la suficiente intención… no falta quien justifique esa intervención en nombre de la liberación femenina y no por complacer a mastuerzos “desvirgadores” en serie.

La “himenoplastia”, que las clínicas que las realizan suelen ofertar, a unos 2.000 eurazos de media, como la diferencia entre la vida y la muerte para aquellas mujeres sometidas a la tiranía de la exigencia de virginidad (y en algunos casos puntuales no dudo que pueda ser verdad), ha devenido junto a  otras prácticas quirúrgicas, como la “labioplastia”, el estrechamiento de vagina, la “lipoplastia” vulvar o la liposucción de pubis,  un producto estrella en esa nueva industria de la cirugía genital.

Y a una le da por pensar que lo que de verdad se quiere recuperar no es la virginidad sino la tontería. Y es que lo de recoser la sesera, cuando la tontería se ha empeñado en penetrarla, todavía está lejos, y además es muy posible que en nuestros tiempos no tuviera éxito alguno.


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