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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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La falta de deseo sexual en hombres

El deseo “hipoactivo” en hombres suele ser el gran tapado de las dificultades sexuales. Las complicaciones que presenta estriban en que suele presentarse, especialmente dentro del ámbito de la pareja, de forma enmascarada bajo otros síntomas o dificultades sexuales (como la dificultad en el control de la eyaculación o la disfunción eréctil) además de ser en muchas ocasiones mal comprendido cuando no ocultado por el propio paciente. Y sin  embargo es enormemente recurrente y cada vez más frecuente.

El motivo de la dificultad de que aflore o se haya explícito radica en que todavía hoy en día está mal visto que un hombre tenga poco deseo sexual. El poner en cuestión lo que los latinos (en un romano el horror al fracaso en la interacción sexual sólo era equiparable al que sentía el griego por el exilio) llamaban la “vir” (y que posteriormente derivaría en el más piadoso término de “virtud”), es decir la potencia sexual, el vigor amatorio de un varón, es algo que todavía dispara sobre la línea de flotación de la arcaica concepción que de la masculinidad seguimos manejando.

Así, si hasta hace poco el que una mujer se mostrara deseante o generosa libidinalmente era motivo para que recayera sobre ella una mirada de sospecha, ahora lo es el que el que un hombre titubee o se muestre poco inflamado en sus carnales arrebatos. El creer que los hombres “siempre tienen ganas”, algo de lo que ya nos ocupamos en otro artículo, hace que el entramado social, desde el propio sujeto a la pareja pasando por el colectivo, presione para que ese “siempre” no desfallezca… Y normalmente su presión sólo consigue el efecto contrario.

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Las causas de la pérdida del apetito sexual en varones y mujeres suelen ser parecidas

En general, las causas que pueden hacer perder el apetito sexual a un varón son las mismas que pueden afectar a una mujer. Así, factores de ese orden que suele llamarse psicológico, desde la tristeza al estrés pasando por el cada vez más frecuente síndrome del “burnout” (síndrome del desgaste profesional), u otros de carácter biológico u hormonal (disminución de la testosterona o incremento de la prolactina) y hasta los propios de la concepción del amor en la pareja (esa cuestionable asociación entre amor y deseo sexual) son los más comunes que desencadenan estos episodios más o menos largos (en ocasiones muy largos) de caída del deseo sexual.

Pero también forma parte de esas causas, especialmente entre los chicos más jóvenes, un requerimiento que se ha instalado de manera imperativa y como un mal bicho en nuestras sociedades; la exigencia de rendimiento. La continua apelación a “rendir” (profesionalmente, intelectualmente, deportivamente, sexualmente…) y desterrar, por entenderlos ociosos, los propios tiempos que cada una de nuestras actividades exija, empiezan a hacer estragos.

Así mismo, la ingente cantidad de información sexual y la exigencia de que siempre nos mantengamos “à la page” hace que el mayor enemigo del deseo, la premura, el estrés, el tiempo sin tiempo, se interponga como un muro de hormigón en el deseo. En un deseo que se frenetiza, que desea con una avidez incontrolable seguir deseando, que no permite el natural fluir psíquico que exige detención y en un deseo que nunca es saciable, es el propio deseo el que se desconcierta y se paraliza. Y eso produce inseguridad, falta de autoestima y melancolía.

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El deseo hipoactivo en el hombre suele darse dentro del marco de la pareja

Llegados a este punto, conviene distinguir en el sujeto si esa caída del deseo se produce exclusivamente dentro del marco de la pareja (el varón siente un deseo “externo” que se manifiesta en mantener las ganas de masturbarse o en la atracción erótica por otros individuos) de aquellas situaciones en las que la caída del deseo es radicalmente exógena y no muestra signos de activación alternativos. Esta segunda particularidad es más compleja de tratar porque hunde sus raíces en elementos de más complicada y confusa gestión para el individuo, pero en la inmensa mayoría de casos, se da la primera circunstancia.

Ya lo decía con cierta sorna Karl Kraus, el decimonónico pensador austriaco, “no hay ninguna falta de deseo en un hombre que una nueva mujer no pueda solucionar” (sentencia que es también perfectamente aplicable a nosotras las mujeres)… y esa constatación puede desesperar a más de un/a “legítima/o”. Y sin embargo no debería incitar a la desesperación; si nuestra pareja ha perdido deseo sexual por nosotras o viceversa, cosa perfectamente comprensible y hasta natural en parejas de largo recorrido, hay que saber comprender y actuar con inteligencia, pues en la mayoría de casos el problema no es del amor que sentimos mutuamente, ni de que objetivamente hayamos dejado de ser eróticamente atractivas para los demás.

Sólo se trata de que la pareja recupere, sin agobios, el deseo allá donde se encuentre para revertirlo donde más nos convenga como pareja. Y para eso siempre podemos encontrar a alguien que le eche (y nos eche) una mano. Y es que, muchas veces, bien gestionada, consensuada y comprendida, esa mano “inocente” que viene de fuera es, para el deseo hipoactivo masculino y para el femenino, una auténtica “mano de santo” (y podría poner la mano en el fuego).


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