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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Mi trabajo afecta a mi vida sexual

Desde aquella maldición bíblica de ganarse el pan con lo que nos gotea, lo de tener que trabajar se impone, afecta y condiciona todos los demás ámbitos de nuestra existencia. Y una, pese a no haber vivido cincuenta siglos de la historia de la humanidad sino apenas medio, tiene la sensación de que ahora lo hace de una manera especialmente determinante.

Trabajar, para quien puede hacerlo de manera retribuida (algo hoy en día no asegurado), ha devenido el gran condicionante de nuestras actividades, quizá sólo sobrepasado por el morirse. Así, el decir “ahora estoy trabajando” o “ese día estoy trabajando” es la proposición que anula indefectiblemente cualquier otra posibilidad que la vida nos ofrezca, desde irse a tomar una cerveza con un amigo, tener una cita con un médico o echarse a dormir. Nuestro modo de vida ha colocado en la cúspide de nuestras obligaciones, que siempre se anteponen a nuestras devociones, al trabajo, especialmente en esta casta particularmente precarizada que somos los autónomos.

Y lo que es peor; el acceder a esa condena ha devenido un privilegio y no es algo opcional, pues nuestra particular forma actual de estar en el mundo exige el consumo ingente de bienes y chorradas que sólo se puede abastecer intentando acceder a un nivel cada vez más alto de ingresos y dependencias laborales. En sí mismo, trabajar no tendría que ser una maldición, pues es algo consustancial a la forma que los humanos tenemos de ser nosotros mismos y de poder desarrollar nuestras potencialidades, pero en estas condiciones en las que la mayoría de las personas no encuentra ninguna realización personal en lo que hace, sus retribuciones laborales son escasas y esta actividad ocupa un tiempo ingente de sus vidas, no se puede esperar nada bueno.

Vamos que para muchas personas, trabajar resulta más insatisfactorio que sacarse dos muelas y más estresante que desayunar una tortilla de anfetaminas… y no poder acceder a eso que viene en llamarse el “mercado laboral” todavía es peor (cosa que sabe y gestiona perversamente dicho mercado).  Y eso, insatisfacción, falta de tiempo y estrés, son para el desarrollo de nuestra sexualidad lo que tres clavos del doce en el camino para la suela de un zapato.

Así, en la consulta, el terapeuta ya parte de la base de que la mayoría de las personas que vienen a verlo padecen este síndrome derivado de su condición de trabajadores hastiados, pero al contrario que en un centro de asistencia primaria, nosotros no podemos recetar pastillas o dar una baja. No porque no forme parte de nuestras atribuciones, sino porque en las dificultades sexuales ni lo uno ni lo otro soluciona nada, con lo que muchas veces nos enfrentamos, como otros profesionales, con la necesidad de recuperar el aire a un paciente que está en plena ascensión del Tourmalet y todavía le quedan treinta años para concluir el Tour de Francia.

Pero pese a todo lo dicho, y este sería el mensaje que me gustaría que quedara de este breve escrito, se puede. La sexología tiene herramientas, métodos y procedimientos que pese a las problemáticas añadidas de nuestras infinitas exigencias laborales permiten corregir las dificultades y deficiencias y desarrollar  niveles óptimos del despliegue en nuestra sexualidad.

Procedimientos que necesitaran en ocasiones un pequeña reflexión sobre cómo hemos construido la escala de nuestras prioridades, que otras quizá demanden primar un segundo la caricia sobre el rendimiento laboral o volver a hacer, durante un momento, de la sensualidad y el erotismo la forma de comunicarnos entre humanos por encima de las reuniones de trabajo, los emails y los “briefings”. Y conseguir que en algún lugar de nuestro entendimiento siga parpadeando esa tenue luz que nos indica que lo importante de vivir no es hacerlo sino el sentido con el que lo hacemos.

Se habla mucho en nuestros días, especialmente entre las mujeres, de revolución y de liberación en nuestras sexualidades, pero, y de esto estoy convencida, la única revolución que verdaderamente valdrá la pena no será aquella que acumule en nuestra mesilla de noches artilugios genitales o manuales de mejora del rendimiento sexual, sino aquella que despeje en nuestra conciencia las banalidades que nos impiden ver que nosotras somos y nos engrandecemos en la medida que le damos sentido y plenitud a nuestro ser sexuado. Eso sí que es, como todas las revoluciones, un trabajo, pero joder, ¡ese sí que es un extraordinario trabajo!


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