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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Por qué desaparecen los juguetes eróticos con forma de falo?

Falocracia” es un término que pretende designar el dominio de lo masculino sobre lo femenino en la vida pública y por tanto, la superioridad de aquello sobre esto. En realidad, podría perfectamente designar el gobierno de los “falos”…algo así como un régimen político en el que manda el falo y en el que se le hace lo que a uno (a un hombre) le sale de sálvese la parte.

 Como vemos, se emplea una metonimia para designar al hombre o a lo masculino que gobierna, pues no empleamos el término, por ejemplo, “andro” (hombre) para hablar de “androcracia” sino directamente el de su miembro viril que, aun siendo sólo una parte de él, lo sustituye por completo.

Pero el término “falo”, que representa al pene en erección, no sólo se refiere al falo en sí sino también a su representación, con lo que, en buena ley, hablar de “falocracia” es hablar del predomino aplastante de representaciones de falos (algo así como si habláramos de la “falografia”) Y es que, y aquí es donde quiero llegar, en nuestra cultura desde el tiempo de Matusalén o antes, vemos pollas por todas partes.

Cada vez que vemos un objeto triangular no pensamos indefectiblemente en un pubis femenino ni decimos que tiene forma “pubiánica”. Del mismo modo, si vemos un montículo sabemos que es un montículo y no una teta. Pero en cuanto algo es cilíndrico y tiende al cono en su parte superior decimos que tiene forma fálica; desde un edificio de Norman Foster hasta un supositorio, pasando por un plátano, un pepino o un percebe. Y si bien el culto al falo ha sido posiblemente el más antiguo de la humanidad y ha generado posiblemente la mayor cantidad de representaciones que hemos conocido, lo tenemos ya tan metido en la cabeza que una no puede ir, por ejemplo, al supermercado, sin ver falos en todas las estanterías y secciones del colmado.

Y si eso pasa en el “súper” de  la esquina, qué no decir de un “sex shop” (o de lo que pudiera quedar de ese negocio traspasado  las actuales y más políticamente correctas “tiendas eróticas”) Ahí sí que ha habido tradicionalmente representaciones de pollas a mansalva con la excusa espuria de otorgar supuestamente placer sexual a las mujeres.

Que si de diversos tamaños (siempre dentro de la franja de muy grande a enorme pasando por el tamaño “esto no me cabe”) que si con diversos grados de realismo, desde algunas que solos le faltaba hablar (para decir bobadas, me temo) hasta otras con un estética neo “tech/punk”, que si diversos colores y texturas, desde el color “carne” (ese color que siempre faltaba en las cajas de lápices cuando éramos niños) hasta el irisado psicodélico… una oferta ingente de pollas fruto de la “creatividad” de la industria del juguete erótico destinado mayoritariamente al público femenino y a sus irrefrenables ansias de ser empalado. La misma industria que hasta las últimas décadas del siglo XX insistía en el mismo error conceptual de base; las mujeres para gozar necesitamos un falo que meternos entre pecho y espalda.

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Pero la cosa fue progresivamente cambiando. Algunas firmas, por ejemplo la sueca Lelo, empezaron a preocuparse más de lo que se sabía del placer femenino que de los abalorios fálicos y empezaron a crear artilugios de estimulación genital femenina que cumplieran otros requisitos que el de “ser la polla”.

Y crearon artilugios que se caracterizaran por otras virtudes; muchísima más eficacia en la estimulación genital femenina, que fueran estéticamente bellos evitando la chabacanería y la ordinariez de tener la casa llena de exvotos de miembros viriles y que se presentaran como objetos de lujo que añadían un valor sofisticado a la mujer que los poseyera.

La estética del estimulador genital (dudosamente llamado “juguete erótico”) pasó de ser algo agresivo y naturalista a devenir un aparato de sofisticada tecnología, formas suaves y diseños exquisitos propios de las artes plásticas y el diseño más elaborado. Y con este sustancial cambio, no sólo cambiaron los objetos en sí, sino hasta los propios establecimientos donde se comercializaban.

Fue el cambio progresivo, hace apenas una veintena de años, entre las sórdidas “sex-shops” de vendedor con cara de perpetua sospecha a las recientes “boutiques eróticas” con hermosas dependientas y dependientes de amplia sonrisa, “buenrollismo” y naturalidad a tope en la que podías entrar como si lo hicieras en “Louis Vuitton” en lugar de en la taberna de las tres puñaladas.  

Y mucho de ese cambio se debió a que las mujeres pasamos a tener un trascendental peso para la industria en lugar de ser elementos subsidiarios que, como las aceitunas para el Martini, sólo estaban allí para darle algo de sabor (tras ser insertadas por el palillo). Y eso es un interesante avance que solo tiene como ligera contrapartida el que se haya perdido algo del morbo de la sordidez que para nosotras las mujeres tenía el comprarnos un dildo hace unas décadas.

Y también es una forma de sanación para todas aquellas, más de las que lo confesamos, que cuando nos ponen delante el Test de Rorschach, no vemos un corazón o una mariposita o dos negritas cocinando en la marmita sino falos y más falos (y es que nos tenéis hasta el occipucio de imponernos el cimbrel sólo por tener el propio mástil por bandera).


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