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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Los pies: una maravillosa zona erógena olvidada

Las interacciones sexuales siempre tienen algo de cuento fantástico. De la nada sale un conejo, con chistera y reloj de bolsillo, que tiene prisa, de besar a una rana aparece un interesante príncipe y hasta lo feo, como por arte de encantamiento, deviene hermoso (que se lo digan al patito aquel). En el culmen de la erótica todo esto sucede, por ejemplo, con los pies.

De natural despreciados por sus deformaciones, callos, juanetes y demás, por su sudoración (un pie es capaz por sí mismo de emitir casi medio litro de humedad al día), por su olor dependiente del encierro y la sudoración, o simplemente por la estética de su propia forma, extraña, poco armoniosa, pueden remitir, cuando tendemos a compararlos con la mano, a una especie de malformación o a una mano simiesca.

Así que, de ordinario y salvo en eróticas perfectamente respetables, si algo queremos ver, descubrir o desnudar de alguien que nos atrae, casi nunca serán sus pies. Pero hete aquí que aparece el sexo como uno de esos cuentos felices y en ocasiones nos trae un hada buena que les da con una varita mágica y los transforma, como los ratones en corceles y la calabaza en calesa, en una especie de octava maravilla erótica. Cuando eso sucede y los pies topan con el amante, la varita y el cuento, una no puede más que exclamar extasiada: ¡¿Así que para eso servían los pies?!

 

Los pies son la puerta de entrada de la erotización y excitabilidad de todo nuestro cuerpo

Y es que los pies son la puerta de la erotización y excitabilidad de todo nuestro cuerpo. No en vano es la parte, si exceptuamos el clítoris, que más terminaciones nerviosas por centímetro cuadrado tiene de toda nuestra geografía carnal. Más que los glúteos, los senos o el cuello.

La única diferencia con relación a otras partes es que hay que saber escribir el cuento, pues los pies no atienden a relatos torpes, tratados de principiantes o chistes sin gracia que nos obliguen a la risa forzada cuando lo que queremos es otra cosa. En ellos se da, como en ninguna otra parte de nuestra anatomía del goce, esa máxima por la que una caricia inoportuna, un roce a destiempo o un mal gesto con la varita, revierte la carroza en calabaza y convierte esa extraordinaria zona erógena en histérica.

 

¿Cómo acercarse a los pies?

A los pies hay que acercarse sin miedo y sin exceso de mimo. Su primera reacción, si uno se anda con demasiado tiento o flojera, va a ser el rechazo, la risa inoportuna, el “poner pies en polvorosa”. Así que hay que ser atrevido y oportuno; abordarlos cuando ya no hay duda que lo que vamos a leer es un relato sicalíptico y sujetarlos con firmeza, aunque sin violencia, para darles una sensibilidad distinta que anule los iniciales momentos de huida y bloqueo.

Primero con los dedos pulgares de la mano y la presión y luego ya vendrá sin prisa la lengua y sus húmedos deslizamientos. Cuando esa reticencia inicial se ha vencido, hay que descubrirlos como el niño que descubre el universo tras la portada del cuento. Leyendo con detención y deleite cada uno de los capítulos; la planta del pie, especialmente allí donde el pie se dobla, los dedos (el grueso menos sensible es magnífico para introducirlo en la boca, chuparlo y juguetear con él), la unión entre dedos (especialmente entre el dedo más pequeño y el que le precede) que permite no sólo unos efectos particularmente placenteros sino, además, apreciar con detalle el olor del pies por ser en estas zonas donde más se concentra…

Y es que, por cierto, con el olor del pie pasará lo mismo que con el propio pie; el aroma mutará milagrosamente de ser un olor de dudosa calidad a devenir el más sofisticado y estimulante perfume.

Y por último; ¿habéis visto cómo se mueve el pie cuando se va a alcanzar el orgasmo? Se contrae, se retuerce, se expande, se acalambra… y es que éste, el orgasmo, parece que nos entra por el mismo sitio que el duende de la inspiración. Por los pies. Y después de alcanzado lo pretendido y cuando de nosotras sólo quede la sonrisa del gato de Cheshire, aquel que nadie sabe de dónde ha salido, seremos capaces de intuirlo; la sonrisa no ha salido del gato, ha salido de los pies (y nosotras, como el gato, hemos sabido caer de pie…).


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