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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El mito de la “media naranja”

Hablar de encontrar a nuestra “media naranja” es referirse, se sepa o no, a la obra ‘El banquete’ de Platón. En realidad, la obra se titula ‘Sympósion’ y haría referencia a un simposio pero no en la acepción que tenemos hoy en día de encuentro de expertos para tratar de una materia, sino a un encuentro entre amigos en el que éstos departen sobre algún asunto que le convoca (en este caso, el amor), con lo que el título de “El banquete” ha sido aceptado como una traducción más efectiva del término original y, por tanto, asumida como canónica.

Platón (que, puestos a hablar de realidad, tampoco se llamaba Platón sino Aristocles, siendo Platón un apodo que hacía referencia a su corpulencia y más concretamente a sus anchas espaldas) la escribió en algún momento entre el 385 y el 370 a.C., siguiendo su forma habitual de unos diálogos en los que su maestro Sócrates es la figura central. Hay que saber que la obra escrita de Platón que nos ha llegado es sólo una manera didáctica y amena (una especie de folletos promocionales que él redactaba) de acercarse a la profundidad de su pensamiento que desarrollaba en los jardines de Academos (la “Academia”). De la verdadera doctrina que allí impartía Platón como maestro, así como de los ejercicios físicos, meditativos y purificadores que empleaba a tal fin, sólo podemos tener algunas suposiciones.

Eso no ha impedido que el pensamiento de Platón, pasado por el filtro de la cristiandad, sea posiblemente el que más ha influido y condicionado nuestra actual comprensión del sexo… Se dice pronto. Mi fervorosa recomendación es que lo lean (es una literatura exquisita, amena, extraordinariamente inteligente y de asequible comprensión) y que lean especialmente estos diálogos de ‘El banquete’ y ‘Fedro’, pues les permitirán, además de gozar más que un pato en el agua, comprender quizá no lo que es el amor y el sexo pero el por qué concebimos hoy el amor y el sexo como lo hacemos.

 

La pequeña historia sobre el mito (no tiene desperdicio…)

Pues bien, tenemos entonces a un grupo de amigos (ahora tengo que decir aquello de “cuidado: contiene spoilers”) que van a comer, beber vino y a charlar sobre el qué pudiera ser eso del amor. El anfitrión es Agatón, y los reúne para celebrar el haber ganado un concurso de tragedias. El narrador de lo que allí sucede es un tal Apolodoro y entre los invitados, además de otros, están el médico Erixímaco, que es quien propone a los postres el hablar del amor, alguien de nombre Pausanias, el recurrente filósofo Sócrates, el espíritu de Diotima (una especia de maestra en esto del amor del propio Sócrates) y un cachondo, Aristófanes (un celebrado comediógrafo que, en la vida real, no sentía grandes simpatías por Sócrates).

Todos los allí congregados, en total nueve incluyendo la aparición estelar de Alcibíades, parecen ser, pues de muchos de ellos tenemos testimonio de su existencia, personas reales que, de una manera u otra, tuvieron que ver con Platón. Como les gustaba hacer a los griegos, que basaban su educación en el diálogo abierto sobre determinado concepto, uno tras otro de los participantes va exponiendo, bajo las sarcásticas e inteligentes matizaciones de Sócrates y la lucidez del vino, lo que consideran que es el amor. Le toca el turno a Aristófanes, que intervendrá dos veces, pero como tiene hipo, le cede el turno a Erixímaco.

Cuando se le pasa el hipo tras estornudar, Aristófanes, que es una especie de “troll” simpático en aquel encuentro, explica, se inventa y se ríe con un mito sobre el origen del amor. Conviene aclarar que, ni Aristófanes se cree lo que está diciendo pues es una exposición metafórica ni tampoco, y por supuesto, Platón (que no debía sentir en realidad una especial simpatía por el cómico), al exponerlo, cree que “de verdad” lo que relata Aristófanes fuera el origen de nuestra especie.

Y cuenta Aristófanes que, en origen, existían tres sexos; masculino, femenino y andrógino. Los humanos, con esa conformación, éramos perfectamente esféricos y de un enorme vigor y fortaleza. Todos éramos una especie de pelota perfectamente simétrica; teníamos dos rostros que miraban en dirección opuesta sobre una cabeza, cuatro brazos, manos y piernas y podíamos ir hacia delante o hacia atrás.

Para correr, rodábamos apoyándonos alternativamente en brazos y piernas… y corríamos que nos pelábamos. En cuanto a nuestros genitales, si éramos hombres teníamos dos penes, uno a cada lado de nuestra redondez, si éramos mujeres, dos vulvas y si éramos andróginos, una vulva y un pene. Además, éramos criaturas que nos sentíamos completas, felices y realizadas. Pero sucedió que nos vinimos arriba y quisimos desafiar a los mismísimos dioses y, tras fracasar, nos cayó el castigo de Zeus. Vamos, que nos dieron la del pulpo.

A Zeus, no se le ocurrió otra cosa que cortarnos (“sexarnos”) justo por la mitad, girar nuestras cabezas para poder ver el corte y recosernos (el ombligo y las arrugas en el vientre son, todavía hoy en día, la cicatriz de esa recomposición tras ser cortados) pero mantuvo los genitales en la misma parte que ahora era la trasera. Con semejante castigo, las medias mitades se sentían infelices, sometidas y anhelaban encontrar su otra mitad, de forma que, cuando creían encontrarla, se abrazaban a ella, se paralizaban y ambas partes morían de inanición.

Debo resaltar aquí que, en ninguna de las tres ediciones traducidas de la obra consultadas, he encontrado que Aristófanes, cuando explica el corte que hizo Zeus, se refiriera a que fuésemos cortados como naranjas. A veces menciona que nos cortó como “serbas” (el fruto del serbal), “huevos” para salarlos o “frutas” para conservar en almíbar, pero nunca como “naranjas”.

Vio Zeus que, con esta idea, la especie humana iba a desaparecer y entonces tuvo otra idea para evitarlo; la de colocar los genitales delante, para que, al abrazarnos, también nos pudiésemos, ocasionalmente, concebir y en cualquier caso, distraernos un rato de la angustia de nuestra búsqueda. Pero, en ningún momento, aquellos tristes seres cortados dejaron nunca de buscar su otra mitad.

Pues bien ése es el mito llamado del Andrógino que se le hace relatar a Aristófanes en el “El Banquete” de Platón y que da lugar a nuestra actual concepción de la “media naranja” (por más que a la naranja ni se la mencione). Un mito y un chiste que nos ha condicionado y nos sigue condicionando en nuestras relaciones con eso de tener que emparejarnos de forma “ideal” (platónica)… sólo contigo… olvidando que, si de verdad existe una “media naranja”, esa no aparece como por arte de “birlibirloque” sino que se construye a base de “sangre, sudor y lágrimas” (y alguna que otra extraordinaria satisfacción) en la cotidiana afección con el otro o la otra que nos acompaña.


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