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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué origen tiene la “luna de miel”?

Conviene recordar que el concepto mismo de civilización y el del coaligado de cultura (nada menos que el paso de la animalidad a la humanidad) se fundamentan en una prohibición social, en un tabú. Esa prohibición, según el antropólogo Levi Strauss, no es otra que la del incesto o, dicho en positivo, el necesario cumplimiento de la ley de la exogamia que garantizaría una cuestión biológica de la especie, la diversidad genética, y otra de tipo cultural; la conformación en sí mismo de cultura y de la diversidad cultural que emana del trato, la relación, la comprensión y la gestión del “otro”, del distinto, del que tiene otros códigos de comportamiento morales y sociales.

Esta ley, la de la exogamia, y esta prohibición, el incesto, devienen universales, por entenderse como preservativas de la especie, y se realizaban a través de unos particulares bienes de “intercambio” entre grupos. Esos bienes no eran abalorios y cuentas de cristal; eran las mujeres. Ésa sería la definición de una sociedad patriarcal, pues son los varones los que aceptan o se apropian de esos “bienes”, entendiendo que la concordia colectiva y la sostenibilidad de la especie sólo están en manos de los hombres, los únicos de nuestra especie que pueden romper o mantener la “paz social”.

El orden moral (la estabilización del conflicto) se consolida a partir de ahí a través de otros mecanismos que garantizan que la mujer de ese hombre es sólo de ese hombre y que la descendencia de ese hombre es sólo de ese hombre. Ese mecanismo es el matrimonio; una garantía de propiedad y exclusividad de uso sobre el principal “bien” del hombre (la mujer) que le hace devenir el dueño del “patrimonio” (lo propio que genera en su condición del “pater familias”) pero que da también nueva garantía y legitimidad jurídica a la mujer (por eso se llama “matrimonio”, en referencia a la condición que esa mujer adquirirá al ser “mater”, es decir “madre”) que garantizaba en Roma unos derechos casi equiparables al varón… salvo en lo que se refiere a su participación política (ni vota ni puede asumir cargos públicos), pues el mantenimiento del orden social y la evitación del conflicto (aunque sea provocando uno) siguen quedando siempre restringidos al hombre (por eso es una sociedad “patriarcal”).  

Y eso no es un capricho sino que son los pies con los que caminan nuestra civilización y las diversas culturas que la conforman (desde China hasta Móstoles), en sus exclusivas particularidades. Así, el matrimonio como institución social que distribuye funciones, derechos y posesiones en la conformación de grupo (familiar) que devendrá a su vez exógeno (la descendencia se emparejará con la descendencia de otro grupo familiar), es uno de los pilares de lo que entendemos por civilización.

 

Prácticas y rituales

Todo esto puede sonar, hoy en día, a chino mandarín, pero haríamos muy mal en despreciarlo porque nos impedirá comprender prácticas y rituales culturales dentro del matrimonio que realizamos, creyéndonos que somos muy liberales y “modernos”. Uno de ellos es la “luna de miel”.

Después del matrimonio, cuando una mujer es “entregada” a un varón por su tutor masculino (recuérdese que todavía es el padre, el hermano mayor o el varón responsable, el que acompaña y “entrega” en el altar su hija al “extranjero” que no pertenece al clan familiar), comienza la “luna de miel”. Esta práctica suele comprender en sí misma otras dos curiosidades culturales; “la noche de bodas” (que asegura el primer “tiro” por parte de ese varón, suponiendo además la “virginidad” de la hembra), y el “viaje de novios” (estrechar más la dependencia de la mujer al varón y alejarla del grupo de origen). Ambos cumplen el propio objetivo genérico de la “luna de miel”; como decíamos antes, el garantizar que la mujer “adquirida” se fideliza al varón (será suya y no de otro) y que la descendencia tendrá la “denominación de origen” de ese varón y no de otro.

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Luna y miel…

¿Por qué la llamamos “luna” y por qué la llamamos de “miel”? “Luna” porque se intenta que los contrayentes permanezcan lo más juntos posible y sin interferencia externa todo un ciclo lunar. Y eso no es casual o meramente romántico; es que, en algún momento de esos 28 días que dura ese ciclo, la hembra será fértil (si nosotras como especie tuviéramos un “celo”, esa cohabitación privativa se hubiera podido restringir al día o los días visibles de fertilidad).

Lo de la miel, pues parece que es una costumbre de origen posiblemente escandinavo que consistía en que los contrayentes tomaran en abundancia “hidromiel”, una bebida alcohólica que proviene de la fermentación del agua y la miel, y que se decía era afrodisíaca (en cualquier caso, narcótica). Y es una práctica antiquísima con diversas variantes según el lugar (en lugares como la India y la China, lo que se tomaba era azúcar y parece ser que, en el Antiguo Egipto, con propóleo), y según las épocas, pero enormemente extendida por múltiples de culturas y que fundamentó eso que hoy llamamos orden social. Hasta el cristianismo acogió este “arcaísmo” pagano con entusiasmo (incluso lo de la miel le pareció bien pues esta ejemplificaba – recuérdese que la miel no se deteriora y aumenta con el tiempo su dulcificación – la incorrupción de la unión matrimonial).
El que en nuestros días preservemos estas formas asociativas y sus ritos consecuentes con todas las variaciones que los distintos estratos ideológicos les han imprimido (por ejemplo, el capitalismo o la Convención de las Naciones Unidas en asunto de igualdad de género) hace que, hoy en día, esas formas asociativas y ritos no tengan nada que ver con su función original. Hoy en día, cuando dos personas pactan un acuerdo de asociación sentimental y se van de viaje de novios a las Seychelles y brindan con champán francés antes o después de follar, no están en absoluto imbuidos de esas obligaciones, restricciones y desequilibrios que conforman y preservan un patriarcal modelo social. No están en absoluto haciendo eso con dicho fin… ¿o tal vez algo sí?  


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