mujerHoy

Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

fobias-sexuales

Las fobias sexuales

Fobo o Fobos era, en la mitología griega, una manifestación (un “daimon”, una presencia entre divina y humana) del miedo. Engendrado por Ares, el Dios de la guerra, se presentaba junto a él en los campos de batalla, infundiendo a los combatientes, un miedo atroz que les inducía a la huida (Homero, en la “Iliada”, lo describe como “quien pone en fuga al belicoso más resistente”).

A Fobos no se le atribuye ni culto ni leyendas particulares, aunque parece existir alguna referencia relativa a que Alejandro Magno solía invocarlo antes de la batalla para congraciarse con él y conjurarlo. La figura de este elemento espiritual y conceptual que, según el contexto en el que se menciona, tanto representa el destino como el genio protector o uno diabólico, es el que da nombre a un neologismo clínico entre el XIX y el principio del XX; la “fobia”.

La caracterización más común de ese estado de fobia es la de un estado de pánico o temor absoluto de carácter irracional desencadenado por un elemento concreto (que puede ser cualquiera y variado), por un estado situacional (como, por ejemplo, volar o tener que exponerse ante los demás) o ambiental (estar a campo abierto, en determinada altura…) y que produce, por ser excesivo, un efecto inhabilitante en quien lo padece. El componente de angustia anticipativa tendente a la evitación de ese desencadenante suele condicionar en gran medida la normal actividad del fóbico.

Irracionalidad, intensidad desmedida en el sentimiento de miedo, evitación anticipativa y huida son, quizá, los caracteres más definitorios de una fobia, siendo el primero el más importante y los otros consecuentes. Son irracionales, algo que sabe y reconoce el propio paciente, porque operan de forma que, entre la causa y el efecto, no se produce un proceso deductivo, no pasa por mínimo un discurrir racional que evalúa y somete a juicio la causa desencadenante sino que “directamente” activa el efecto, con lo que, para bloquearlo, no vale para nada ningún tipo de argumentario (“no te preocupes, si es una arañita muy pequeña y no te puede hacer nada”) sino únicamente la supresión del estímulo fóbico.

Y son irracionales porque, al ser “absurdo” el desencadenante, no tiene fundamento racional para producir el efecto de pánico que resulta; si te encuentras, a las tres de la mañana con el de la “matanza de Texas” con su sierra a toda máquina, en una calle oscura (de Texas), mirándote fijamente a los ojos y te cagas encima y te faltan piernas para salir corriendo, eso no es fobia, es un miedo fundamentado. La psiquiatría o la psicología clínica suelen tratarlas con éxito, especialmente en el caso de las fobias llamadas “simples” a un estímulo.

Las herramientas que se utilizan en su resolución suelen pasar, hoy en día, por la terapia cognitiva/conductual, terapias de exposición progresiva con técnicas de relajación y gratificación y, en cualquier caso, hacer que el sujeto se enfrente, debidamente asesorado y acompañado, al desencadenante con vistas a que este proceso fóbico pueda paulatinamente racionalizarse de alguna manera y someterse a control. Cuando la fobia es parte de un cuadro de desequilibrio psíquico más amplio (no es “simple”), estas técnicas no suelen funcionar (quizá se elimine una fobia simple y concreta pero suelen aparecer otras) y hay que recurrir a terapias más complejas y dilatadas en el tiempo (incluidas aquí las de corte psicoanalítico) así como a la farmacología.

 

Las fobias en el terreno de la sexualidad

El terreno de la sexualidad humana es un valor y no un problema, pero eso no significa que no sea un ámbito de desarrollo plagado (como todos los ámbitos de desarrollo de lo humano) de complejidades, posibilidades de traumatismos y dificultades específicas que derivan del encuentro con uno mismo y con el otro. Así, si se presenta en el hecho sexual humano un proceso fóbico, éste puede tener como elementos desencadenantes cualquier cosa… hasta el propio sexo en sí.

Existen catalogaciones supuestamente diagnósticas basadas en la particularidad de esos elementos que, la verdad, funcionan más como un “divertimento” informativo que como una herramienta clínica de utilidad. Desde la “blenofobia” que se caracteriza por la fobia en general a lo viscoso y en particular a los fluidos orgánicos (sudoración, semen, lubricación vaginal o peneana), la “eurotofobia” o el pavor hacia los genitales, particularmente a los femeninos, la “gimnofobia” o miedo a la desnudez propia o ajena, la “cipridofobia” o pánico irracional a contraer una enfermedad de transmisión genital, la “venustrafobia”, el horror paralizador que se puede manifestar ante una mujer hermosa… y así, enumerando y distraídos, nos podíamos llevar hasta que las ranas críen pelo.

Evidentemente, lo que de verdad importa, como en todas las fobias, no es tanto el elemento desencadenante como al lugar oculto e ingestionable al que remiten al sujeto. En sexología, lo primero que debemos intentar averiguar es si nos enfrentamos a una fobia simple sexual (en realidad, el proceso de una fobia nunca es “simple” sino que denominamos simple en cuanto que sólo tiene un identificado factor desencadenante aislado)  o si se trata de una persona que se ha desestructurado sexualmente o hace aguas en sus procesos de sexuación o de sexualidad y se manifiesta en un “estar fóbico” frente al sexo.

A partir de allí, actuamos y acompañamos con diversos métodos y herramientas educativas y conductuales que suelen arreglar o estabilizar al paciente, siempre, claro está, que el/la sexólogo/a no padezca “antropofobia” o fobia a tratar con los demás y a la compañía humana (es broma… aunque de todo hay).


Además…

¿Qué es la endometriosis?
¿Qué es el vaginismo?
¿Qué origen tiene la “luna de miel”?

 

|

Comentarios