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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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El porno y las mujeres

El porno y las mujeres

El porno es una representación de nuestro modelo de construcción de la sexualidad y un modelo en sí mismo de cómo nos “afectamos” unos a otros cuando interaccionamos sexualmente. Pero además, es un gran negocio. Esta última característica hace de él que, debido a la altísima difusión que obtiene, devenga por un lado un patrón de conductas, un cierto modelo educativo, y que, por otra parte, sea un pastel demasiado jugoso en términos de beneficio como para que no le quieran meter mano a diestra y siniestra. Pero además de todo eso, es una industria que emplea a un número ingente de mujeres. Todo esto; que devenga un modelo (de la construcción de la sexualidad de las personas y de la forma de interactuar sexualmente), que lo queramos o no, se convierta consecuentemente en una vía “educativa”, que sea un próspera industria que rinde grandiosos beneficios (y por lo tanto se convierta en un ansiado elemento de negocio) y que, además, se sustente mayoritariamente en “actrices” femeninas  (las mujeres quedamos en esta tarta muy restringidas a esta faceta y mucho más apartadas en las de construcción, gestión, organización y dirección del “business”), hace que sea un asunto de orden social y ético. Y esto implica y obliga, como cualquier asunto público en un contexto de igualdad democrática, que indefectiblemente, obligatoriamente,  las mujeres tengamos que intervenir en él. Pero, ¿cómo lo hacemos?

El enfrentamiento

Ahí es donde empieza el follón, pues de partida, debemos decidir una posición frente al porno y esta última está, como tantas otras, enconada en el enfrentamiento pese a partir de planteamientos que todos se proclaman como “feministas”. Por un lado, encontramos las consabidas abolicionistas de todo que tienden a creer que la solución de los males de nuestra sociedad pasan por la extirpación y no precisamente quirúrgica sino con un hacha y sin filo (olvidando, muchas veces, que una extirpación de algo establecido y operativo arrastra con ellas elementos insospechados y de consecuencias imprevisibles). Por otro lado, encontramos las posiciones que podríamos llamar “reformistas” que entienden que la actividad en sí debe continuar pues cumple una función colectiva, pero debe hacerlo de una manera muy distinta, de forma que se regulen mecanismos inclusivos y éticos con vistas a conseguir que el porno sea algo más que un reflejo más o menos camuflado de explotación sexual y afectiva de la mujer, para devenir un respetable modelo de conjunción entre los sexos.

Las primeras, las de la guillotina y el cortar por lo sano, proponen directamente la prohibición del porno. Las segundas buscan fórmulas alternativas de ese porno (por el bien común y también y ¿por qué no?, el propio, pues muchas han hecho de esta floreciente industria su sustento). Con las primeras, no hay gran cosa que hablar ni alternativas que proponerles (¿para qué te vas a preocupar de cómo educar y convivir con el perro si la solución pasa por matar al perro?). A las segundas, conviene escucharlas en sus planteamientos y propuestas para conjugar armoniosamente lo de “mujer” y “porno”. Y por eso, en ellas, nos centramos hoy. El tema da para una tesis (y éste no es el sitio), pero podríamos sintetizar extraordinariamente (quizá demasiado) si apuntamos que, desde los años ochenta del pasado siglo, se tiene conciencia de esa situación que se enunciaba al principio y también de que, tal y como se expone, el porno tradicional sólo consolida un modelo de representación sexual masculinizado y de dominación en el que la mujer deviene mayoritariamente un simple continuo de cavidades que soporta empujones y dice el consabido libreto “Oh yes!” y “Fuck me, fuck me!” y finge (ahí está básicamente la “actuación”). A partir de esa concienciación es cuando se empiezan a proponer modelos alternativos que, siguiendo con la obligada y reduccionista síntesis, se podrían catalogar como de “porno para mujeres”, “porno feminista” y “postporno”. No son tres orientaciones claramente diferenciadas ni cronológicamente consecutivas en el tiempo, pero quizá la diferenciación nos aclare algo.

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Tres modelos alternativos de porno

En el llamado “porno para mujeres”, lo que básicamente impera, sin olvidar que se trata de porno, es una estética “soft” y una línea argumental más desarrollada y “romanticona”. Esto conlleva dos cuestiones fundamentales; el considerar que las mujeres somos animales deseantes “blanditos”, sin sordideces ni transgresiones en sus deseos, y el confrontar un presunto (y erróneo) modelo “femenino” de porno con otro masculino.

El “postporno”, una propuesta feminista muchísimo más radical e intelectualizada con vocación de denuncia, evita el caer en salpimentar a Corín Tellado y realiza propuestas muy atrevidas, sórdidas y que beben no sólo de influencias filosóficas de la posmodernidad sino también de la tradición artística (fundamentalmente, de movimientos como los “happenings” y las “performances” de los años sesenta del siglo XX). Todo eso convierte su propuesta en algo de sumo interés pero minoritaria y, por tanto, voluntariamente alejada de la gran industria y, consecuentemente, del público de masas.

Del “porno feminista” se podría decir (siempre simplificando en exceso) que intenta conjugar todo; cuidado en la estética y en la argumentación, planteamientos duros y consecuentes a las apetencias sexuales femeninas que sobrepasen la manida secuencia imperativa de mamada, coito y eyaculación masculina en el rostro, y todo ello, manteniéndose en los parámetros de la industria, y por tanto de difusión masiva, pero  reestructurando de manera ética y formal esa industria, de forma que las mujeres sean entendidas como elementos primordiales en todos los aspectos bajos los parámetros de ética y dignidad conformes a lo que se espera de nuestras sociedades democráticas. Remodelando, de paso, el que lo que de “educativo” pueda tener el porno (mal vamos si el porno tiene que ser quien imparta a nuestros jóvenes educación sexual) se ajuste mucho más a lo que se espera de una sociedad igualitaria basada en la libertad y la fraternidad. Todo eso, como teoría de principios.

Un porno para humanos

Mi opinión es que, cuando de verdad consigamos un porno que atienda a los deseos de mujeres y hombres, es decir, no un porno de género sino humano, que integre en la igualdad las diferencias, habremos dado un paso significativo… Mientras, como pasa en los columpios, entiendo que habrá que balancear las cosas (eso sí, con la oportuna prudencia que permita que la criaturita disfrute del vaivén sin por ello eyectarla del balancín).


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