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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Qué son los “vegasexuales”?

La noche se nos ha dado bien. Hemos conocido a un apuesto mozo (o moza) y lo invitamos a cenar. Tú pides un “steak tartar” de buey, de primero, y un pescadito a la plancha de segundo. Has notado un cierto recelo en su cara a lo largo de toda la velada, pero la noche aún no ha acabado. En el portal de tu casa, te dispones a besarlo como preludio de lo que está por venir, pero, apartando su rostro, te lo cuenta: no puede besar ni mantener relaciones sexuales con alguien que come carne.

Ante tu asombro (“si sólo ha sido un poquito de nada…”), te explica su teoría de que un carnívoro es, para él, algo así como un cuerpo que está compuesto de los restos en descomposición de animales muertos, que besar a alguien que se alimenta de un amasijo de vísceras y músculos triturados es algo que le produce la lógica repugnancia y que tú eres, para él, algo así como un cementerio viviente de animales. Ante la perspectiva de que seas un campo santo al que sólo le faltan las violetas y los misereres, le observas atónita, y antes de preguntarte por qué a ti sola te pasan estas cosas, te preguntas otra cosa: “¿he topado con uno de la quinta galaxia de Orión?”.  No, querida amiga, has topado con un “vegasexual”. Y tú que te creías que lo de comer carne iba a empezar tras cruzar el portal…

 

Una buena causa fanatizada es SIEMPRE una mala causa

Debo confesar que, hasta hace no mucho, yo nunca había oído hablar de esta, digámoslo así, particularidad erótica, por lo que he tenido que ojear y consultar algunos artículos y testimonios de primera mano. Y si bien parece que el Yeti sigue sin tener ratificada su existencia, la de los “vegasexuales” sí está confirmada. Algo que, en los tiempos que corren, tampoco es muy de extrañar, porque si al radicalismo por una buena causa (una buena causa fanatizada es siempre una mala causa) le unes el creciente auge del pensamiento mágico (ese que, sin fundamento racional alguno, te hace creer firmemente en la veracidad de algo), pues ahí tenemos los particulares resultados.

Debo decir también que adoro los animales casi tanto como me fascinan los seres humanos, que en mi ámbito alimentario soy omnívora (también en mi ámbito erótico), pero tiendo a evitar las carnes procesadas (casi tanto como evito a los tontos del haba), que pertenezco a varias asociaciones en defensa de los animales, que me he manifestado, ya desde estudiante, contra los métodos asesinos y cosificadores de determinadas empresas cárnicas, y que si me dieran una escopeta de caza, antes me dispararía en un pie que apuntaría a un gorrión. Con ello, se puede deducir que, si a mi amor por los animales se le une mi comprensión, respeto y apoyo a las diversidades eróticas, lo de ser o devenir “vegasexual” no tiene para mí mayor trascendencia que cruzar un semáforo en verde… Pero sí hay alguna cosa que me gustaría matizar.

 

Las afinidades electivas son PERFECTAMENTE comprensibles hasta que aparece la endogamia física y doctrinaria que NUNCA augura nada bueno

Las afinidades electivas (eso de “Dios los cría y ellos se juntan”) son perfectamente comprensibles y se justifican por ellas mismas. Así que un vegano se encuentre con otro y prefieran cohabitar de todas las maneras posibles entre ellos antes que con un gentil, no tiene mayor dificultad de comprensión, pero si el argumentario que se esgrime para descartar al “impuro” es de orden bioquímico (su cuerpo está “contaminado” de proteínas de animales muertos y son ellos mismos contaminantes) o espiritualista (su alma “acumula” el dolor de miles de animales muertos), entonces apaga y vámonos. Vamos, mejor que se queden entre ellos, y no porque no valgan en general argumentos de orden científico o espirituales, sino porque ambos, en este caso, son simples prejuicios (y supersticiones) falsos e infantiles (y para argumentar con sandeces, mejor no argumentar y tirar “palante”). Y una segunda cosa a señalar: la endogamia física o doctrinaria nunca augura nada bueno, ni en lo colectivo ni en lo erótico; si sólo aceptáramos a lo semejante (a lo que consideramos “puro” por nuestra similitud y afinidad), tiraríamos por tierra, sin justificación alguna, desde la diversidad cultural hasta los sistemas políticos de protección social. Debo decir, también, que, afortunadamente  no todos los veganos son así.

 

El “vegasexual” no sabe convivir con los que no son como él

Así que tranquila, amiga, al fin y al cabo, la noche no se nos ha dado tan mal; te has metido una buena cena y has podido darle puerta en el mismísimo portal a uno, no por ser vegano, ni siquiera “vegasexual”,  sino por no saber convivir con los que no son como él (y es que quien no se sabe contradecir, sólo sabe contradecir a los demás).


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