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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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¿Demasiadas etiquetas?

Cis, trans, hetero, homo, pansexual, demisexual, queer/no binario, etc. ¿No estaremos creando demasiadas etiquetas en un mundo que reivindica vivir sin ellas?

Escribió Borges en un relato que, en “cierta enciclopedia china”, todos los animales del mundo se podían clasificar según los siguientes criterios (lo reproduzco íntegramente porque el texto es fascinante); “(a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.” Esta sorprendente taxonomía le sirvió de introducción a Michel Foucault en su obra “Las palabras y las cosaspara poner en cuestión la relación que establecemos entre las palabras de nuestro lenguaje y las cosas del mundo, la arbitrariedad que siempre subyace en todas las categorías con las que pretendemos ordenar el mundo y las relaciones de poder y control que, sobre las “cosas”, establece cualquier clasificación sobre lo “otro”, sobre lo que no es semejante a mi mismidad.

 

Muchas veces, la “pieza” no entra en el hueco simbólico que le hemos diseñado ni a martillazos…

A lo largo de una vida, y especialmente en el ámbito académico, una va topando, una y otra vez, con este tipo de categorizaciones que establecen taxonomías y catalogaciones que, en ocasiones, resultan tan ridículas (pero muchísimo menos brillantes que las que inventara Borges) y sin otra finalidad que el pretender demostrar que se conocen TODOS los pormenores y diferenciaciones de un asunto (olvidando que, si no se sabe conceptualizar, no se sabe un pimiento de nada) y olvidando que, cuando se pretende encajar una particularidad en una generalidad, hay muchas, en demasiadas ocasiones, en las que la “pieza” no entra en el hueco simbólico que le hemos diseñado ni a martillazos (y no es que falten cajones, es que los que hay no sirven porque están más hechos para demostrar nuestra habilidad para fabricar cajones que nuestra habilidad para comprender). Sea como sea, intelectualmente los humanos no podemos pensar de otra forma que no sea estableciendo características y propiedades que someter a  una categorización y estableciendo relaciones conceptuales (de palabras) entre estas categorizaciones.

 

Una paradoja: todos nos afanamos en mostrar nuestra particularidad, como sujetos no reducibles a una simple etiqueta, pero daríamos la vida porque no se nos deje en el limbo de la “desclasificación”

En el ámbito social, y aquí ya entrarían los sexos y sus sexualidades, si algo no tiene etiquetas, tampoco tiene consideración y derechos. Y es ahí donde se produce una paradoja pues, si bien por un lado, todos nos afanamos en mostrar nuestra particularidad, nuestra condición de “inigualables” (que es “de verdad” cierta y no podría ser de otra forma aunque nos empeñáramos) y, por tanto, de sujetos no reducibles a una simple etiqueta, por otro lado, daríamos la vida porque no se nos deje en el limbo de la “desclasificación”,  pues, ahí, no seríamos nada ni conseguiríamos ningún tipo de amparo. Así, todos necesitamos nuestra etiqueta colgada del cuello, especialmente en estos tiempos en la que la mínima diferencia reclama el derecho a ser considerada, normalizada, integrada, aceptada y tratada en igualdad frente a las generalidades clasificatorias ya asumidas. El inconveniente, que aceptamos gustosos aunque ni lo contemplemos, es que, con esa aceptación, llega también el sometimiento al poder que va a controlar, limitar y regular nuestra diferencia. Pero el problema empieza cuando lo que se pretende es la etiqueta absolutamente personalizada (“mi” etiqueta, la que me caracteriza exclusivamente a mí).

 

Por encima de la inevitable peculiaridad de cada uno, está la universalidad de ser todos humanos

En el ámbito de los sexos y sus sexualidades, todos los términos que se enuncian en el título forman parte de ese necesario “¡eh, estoy aquí con mi particularidad y tengo derecho a ser tratado como tú!” que reclama entrar en la taxonomía, aunque, en ocasiones, olvida (o quizá no) que, por encima de la inevitable peculiaridad, está la universalidad de ser todos, antes que distintos, humanos y que, en cuanto tales, no tenemos otra que asumir, respetar y considerar incluso antes que se manifieste y categorice, la diversidad, nuestra diversidad. Y es que un animal “amaestradotambién puede ser “dibujado con un pincel finísimo de pelo de camello”, “ser fabuloso” y “agitarse como un loco”, además de “que de lejos se parezca a una mosca” y que, casi con toda probabilidad, “pertenezca al Emperador”… cosas de ser antes un animal que un “etcétera”.


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