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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

Juguetes eróticos

¿Por qué a los juguetes eróticos les llamamos así?

Un juguete es un objeto que sirve para entretenerse (en la segunda acepción de la RAE). “Entretener” es, etimológicamente, tener a alguien mantenido o suspendido entre dos situaciones; distraerlo (en sentido positivo o negativo), divertirlo, ayudarle a pasar el tiempo del intersticio. Con lo que el sustantivo “juguete”, que califica a estos aparatitos mayoritariamente de estimulación genital (en realidad estimulan, cuando lo hacen, zonas parciales), podría valer si se enfoca a lo que es el mayor activo de su estrategia de marketing; la diversión y por extensión el placer. Si en lugar de juguetes, los llamásemos aparatos, artilugios, ingenios o algo similar, no cabe duda de que esa prioridad hedónica con la que se publicitan, perdería gran parte de su eficacia en nombre de un término mucho más tecnificado que siempre echa más para atrás en eso de entretenerse (un “acelerador de partículas” suena a eficacia pero no a divertido). Sucede, sin embargo, que todo sustantivo que categoriza necesita una adjetivación, especialmente un término como “juguete” muy asociado a niños (primera acepción de la RAE) o a mascotas, con lo que a “juguete”, hay que darle un tono de adultez pero sin que adquiera demasiada seriedad o trascendencia, sino conservando (o magnificando) incluso su carácter lúdico. Así que le colocamos “erótico”.

Juguetes sexuales o eróticos tan elegantes que parecen otra cosa

Pero, ¿por qué no, por ejemplo, “pornográfico”? Bueno, pues evidentemente porque “erótico” suena más fino, más educado y más elegante.

En realidad, y hablando estrictamente, estos aparatitos no están ideados, aunque puedan cumplir esa función, para el erotismo. El carácter “solipsista” o, cuanto menos, “egoísta” (en el buen sentido) de estos cacharritos que buscan, preferentemente, incrementar el “amor propio”, no concuerda mucho con esa inclinación irrenunciable que nos define en cuanto humanos que se vinculan con los demás y que llamamos erotismo. Si a “juguete” le añadimos “sexual” (la segunda calificación más vista tras “erótico”, y la que utiliza Wikipedia) es que no sabemos lo que significa “sexual” como adjetivo (sería algo así como llamarlos juguetes “ontológicos“). Un segundo punto a favor, y visto lo visto, de la categorización “juguete erótico”, es que estos elementos están mayoritariamente destinados a ser comercializados para nosotras, para un público esencialmente femenino. Y ya se sabe, con nosotras, el mercado tiene, si quiere tener éxito, que andar muy fino (en la más amplia acepción de “fino”). Quizá, si el “target” principal del mercado fuera los hombres, le habrían aplicado otra denominación (vaya Vd. a saber cuál), pero a nosotras, parece que eso de jugar y de erotismo nos suena la mar de bien. Junto al nombre, y ahí ya no anda tan fina la mercadotecnia a las mujeres, se nos vende (pues de vender es de lo que se trata), una supuesta reivindicación de liberar nuestra sexualidad y un reprimido derecho a lo que podríamos llamar el “hiper gozo”… Y si lo de “juguete erótico” pasa, lo otro no cuela ni con vaselina.

Juguetes eróticos inspirados en Juego de Tronos

Una industria que maneja un volumen de negocio de quince mil millones de dólares al año

Así que quien designó y puso nombre a estos útiles fue el mercado y la mercadotecnia de una poderosa y floreciente industria que ha creído oportuno (y visto el éxito, ha acertado) llamar al genérico que designa a estos hedónicos estimuladores, “juguetes eróticos”. Una industria que, según algunas estimaciones, maneja un volumen de negocio que ronda los quince mil millones de dólares al año y que crece más que una mala hierba en primavera. Con todo, si un sexólogo, en una charla de sexología o en el ámbito académico, me hablara de “juguetes eróticos”, quizá le discutiría el término y me enzarzaría con él a disertar sobre, por ejemplo, la genitalización de nuestra condición sexuada y su hedonia, pero al mercado y en un ámbito comercial no se lo discuto (yo misma lo empleo en ese ámbito y en el cotidiano, sin mayores reparos). Sabido es que al mercado le interesa mucho más vender que comprender (salvo el comprender por qué compramos), cosa que me parece discutible en lo intelectual y en los ámbitos de nuestro conocimiento pero que, también, tiene sus cosas positivas…Por ejemplo, el “normalizar” (a veces, a la fuerza) ciertos usos y eróticas (aquí sí vale lo de “erótico”). Dibujaba Forges aquella viñeta de dos ancianas de pueblo caminando, y una de ellas se quejaba amargamente a la otra; “Ahora que sabemos decir ‘pinícula’ resulta que lo llaman ‘flim'”… Y es que, a veces, sólo a veces, no importa tanto el nombre siempre que podamos ver buen cine.

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Además…

 

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