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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Desde que soy mamá, soy una mala pareja…

Pocas cosas, además de un terremoto de magnitud 8, pueden remover tanto el suelo de una pareja como la llegada de un bebé. Esta circunstancia, normalmente feliz y deseada, exige un reajuste de todas las soluciones, acuerdos e identificaciones que la pareja había ido consolidando en su trayecto común. Ya he dicho en varias ocasiones que una pareja es un prodigio de ingeniería social, pues imaginemos que a esa obra de filigrana (ríase Vd. de montar la Torre Eiffel con palillos) se la somete a una serie de tensiones súbitas (súbitas, pues, si como dice el tango: “veinte años nos es nada”, no digo yo lo repentino de nueve meses…) que ponen en cuestión todos sus enlaces, sus juntas de dilatación, sus amarres a la realidad y hasta el propio sentido de su existencia. Y no de una manera coyuntural (como podría ser el caso de una infidelidad) sino como una nueva resignificacción que va a prolongarse en el tiempo y que exige una reconstrucción completa de la asociación que, además, va a perder la bilateralidad que, hasta entonces, tenía (la llegada de un tercero exige unas nuevas componendas hasta ahora imprevistas). Si la pareja era un milagro, el reponerse de semejante viento es equiparable a lo de Lázaro y su andar.

Plantilla-fotogalería

Después del nacimiento de un bebé, es perfectamente comprensible tener la sensación de que se esté deteriorando la pareja

No nos extenderemos en los desajustes de cambios de horarios, renuncias afectivas y profesionales, reconsideraciones de su propio cuerpo o de la maternidad, así como nuevas obligaciones que emergen como del cielo (o del infierno) con la llegada del bebé, porque es absolutamente evidente. Tampoco es muy necesario señalar el cómo ha cambiado en el último siglo la “lectura” social y privada, de lo que es la maternidad en nuestras sociedades, pasando de ser entendida como una vía mayoritaria, sino la única, de “realización” de la mujer (lo de ser amante y luego esposa era en muchas ocasiones entendido como un simple preámbulo) a ahora que es entendida, en numerosos casos, como precisamente un impedimento o una dificultad para esa “realización” (los tiempos nos quieren ahora libres de compromisos y si algo ejemplifica a la perfección lo que es un compromiso, eso es tener un bebé).

Pero sí me gustaría recalcar que, no por ser conocidas todas esas dificultades, dejan de afectar severamente a nuestra vinculación relacional con el mundo y muy específicamente a la más cercana; la que mantenemos con nuestra pareja. Así, la percepción de un deterioro de pareja y hasta la provocación de ese deterioro es perfectamente comprensible (y esto es aplicable a parejas heterosexuales y homosexuales, haya sido cual haya sido el método conceptivo). Y lo malo es que para esa situación de deterioro no podemos prepararnos, pues la maternidad es el cuestionamiento (y con él, el miedo y la incertidumbre) por excelencia y el dominio de lo imprevisible (pues hasta imprevisible va a ser el temperamento de ese nuevo sujeto que llega a lo doméstico)… Y es igual que una no haya sido madre nunca o que lo haya sido varias veces. Siempre habrá que improvisar, y querer prepararlo todo, reglarlo, pautarlo de forma anticipada sólo va a coartar nuestra capacidad de improvisación.

El único consejo que vale en esa situación de dominio del cuerpo y de sus emociones que suelen cristalizar en el reproche como forma de comunicación, es el diálogo; intentar mantener siempre una apertura a lo dialógico en todas sus manifestaciones dentro de la pareja. Sabiendo, eso sí, que dos seres humanos desconcertados suelen establecer diálogos muy por debajo del que mantienen los besugos… En ese deterioro, dos suelen ser los temas de reconstrucción de la pareja que acumulan la mayoría de reproches: la implicación en el acontecimiento y la educación. Y el terreno, de todos los múltiples en los que se coordina una pareja, que más padece, suele ser, obviamente, la sexualidad en común.

 

Ser comprensible con una misma y con el otro

Con todo, si la impresión que tenemos es que somos peores parejas después de dar a luz, pues muy probablemente estemos en lo cierto, lo que no significa que la situación no se pueda recomponer y hasta reforzarla con talento y esfuerzo. Pero hay que intentar ante todo ser comprensible y tolerante con una misma y con el otro. Y es que el que acaba de nacer no es sólo el bebé… nuestra pareja también lo ha hecho.


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