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Tú y el sexo

El blog de Valérie Tasso

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Reflexiones sobre la postura sexual más conocida: el “misionero”

Siempre resulta curioso observar cómo determinados usos y prácticas se hacen hegemónicos en nosotros, los humanos, y lo hacen, además, de una manera prácticamente universal (se dan del mismo modo en Mongolia que en Alcorcón). Uno de estos casos de “éxito” frente a otras alternativas es la postura coital conocida con el nombre del “misionero”. En ella, y como es sabido, uno de los amantes se recuesta sobre la espalda, abre las piernas y el otro amante se coloca sobre el primero en contacto ventral a fin de facilitar la penetración.

Es la postura con la que la inmensa mayoría de las personas realizamos nuestra iniciación coital, la más practicada en todo el mundo y, sin embargo, es una posición que no deja de entrañar inconvenientes susceptibles de mejora. Por ejemplo, el que la persona que está recostada debe soportar regularmente parte del peso del otro (lo cual puede ser, a veces, un verdadero inconveniente) o que la estimulación clitoridiana en la penetración, si es una mujer la que está decúbito supino, resulta prácticamente inexistente si no hay una “ayuda” complementaria. También es un inconveniente, en este caso para la persona que se coloca de frente a la anterior, el que sus manos suelen estar inhabilitadas pues deben sostener el peso del cuerpo para evitar sobrecargar al otro y pierden su funcionalidad estimulatoria, deviniendo meros puntos de sujeción. Además, para éste, es una postura un tanto esforzada mientras que para su pareja, resulta bastante inmovilizadora pero, pese a que todos esos inconvenientes son resueltos por otras posiciones eróticas, sin embargo ninguna de éstas ha conseguido la difusión y la frecuencia con la que se realiza el “misionero”.

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¿Por qué hay tanta aceptación y primacía de esta postura?

Diversas teorías, desde diversos ámbitos, han intentado explicar la común aceptación y primacía de esta postura. Para algunos etnólogos y antropólogos, el “misionero” es, ni más ni menos, que un primer síntoma de civilización entre los humanos; el cambio de una posición coital “a tergo” (desde atrás) como la que realizan la mayoría de las especies animales (primates incluidos con la excepción del bonobo), a una frontal significaría un mayor grado de sociabilización y empatía. Así, el hecho de que los amantes se vean las caras, en esta explicación filogenética, sería un primer rasgo distintivo de humanidad. La explicación puede resultar, además de verídica, algo romántica; los amantes así colocados pueden contemplar sus rostros, disfrutar de los gestos de placer del otro, afianzar el vínculo empático… Pero también vigilarse y analizarse. Sea por uno o por lo otro, el “misionero”  ha sido tradicionalmente la única posición para realizar el coito que ha aceptado la cristiandad (de ahí se creía que podía provenir tan singular nombre), pues a esa vigilancia del otro (si en lugar de un amante tienes a dos centímetros de tu rostro a un censor, pues cualquiera muestra hedónica vehemencia), se unía el que es una posición que favorece, y esto parece ser cierto, la reproducción por la posición que mantienen los genitales femeninos tras la eyaculación.

 

¿Cuál es el origen del nombre “misionero”?

Sobre el origen del nombre, hay cierta controversia. A la teoría que enunciábamos de que se llama así por el “placet” que obtuvo en la cristiandad y la consecuente expansión de su recomendación por los misioneros, se añadieron otras relativas a los procesos colonizadores europeos de finales del XV hasta el XVIII (en los que, como se sabe, no sólo se “colonizaron” tierras) y que habrían establecido entre los indígenas ese nombre para distinguir esa práctica “bárbara” de las suyas más habituales. Sin embargo, esas teorías parecen perder validez frente a la más reciente que establece en Alfred Kinsey y su célebre informe sobre la sexualidad humana, el origen del término. Según se relata, el bueno de Kinsey, siguiendo un tratado del antropólogo Malinowski, mezcló churras con merinas y, confundiendo varios conceptos, creó involuntariamente el neologismo “postura del misionero” para algo que, nunca antes, se había designado así. Si esto fuera cierto, nadie, antes de finales de la década de los sesenta del siglo XX, hubiera empleado ese término… Para comprobar la veracidad de esto, bastaría con preguntarle a alguna de nuestras abuelas. Sea como sea, su popularidad no debe impedirnos la variabilidad y el ajuste a las propias preferencias de goce… Además, hay mujeres que la aprecian muy poco, cosa a veces comprensible (y es que aguantar encima a según quién, por muy dada a las misiones que una sea, es a veces una auténtica “misión imposible”…)


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